El viejo nacionalismo amenaza a Europa

Aleardo Laría.

El inesperado resultado del referéndum en el Reino Unido ha provocado una conmoción enorme en la Unión Europea y en el resto del mundo. Es muy pronto para anticipar cuáles serán las consecuencias finales. Pero la impresión más inmediata es la sensación de que ese extraordinario proyecto utópico de unidad entre naciones alrededor de la paz se encuentra amenazado por la resistencia que ofrecen los viejos nacionalismos identitarios.

La primera duda que ha generado el ajustado resultado del referéndum es si una mayoría del 50% más uno es un umbral suficiente para tomar decisiones tan relevantes e irreversibles como la separación de un Estado de la Unión Europea, (o la eventual secesión de una región, como podría ser el caso de Cataluña en España). El tema ya fue abordado por la Corte Suprema de Canadá a raíz del referéndum de separación de Quebec que se produjo en 1995. En aquella ocasión el pueblo de Quebec votó en contra de la secesión pero por un estrecho margen (50,58% a 49,42%) y en base a una controvertida pregunta de ambigua redacción.

La respuesta que dio la Corte canadiense señalaba que “el Gobierno de Canadá tendría que entrar en negociaciones con el gobierno de Quebec si los quebequenses expresasen una clara voluntad de separarse”. Este pronunciamiento dio lugar al dictado de la Ley de Claridad por el Parlamento de Canadá. En esta ley se establecen las condiciones para que el Gobierno de Canadá pueda sentirse constreñido por el resultado de una referéndum de secesión. La ley señala que será la Cámara de los Comunes quien tendrá la facultad de determinar si una clara mayoría se ha producido en un referéndum de secesión. Es decir que, si bien no se ha especificado cual es la mayoría necesaria, algún tipo de mayoría reforzada sería necesaria para considerar que el resultado del referéndum habría sido favorable a la secesión. Se trata de un criterio acertado, similar a las mayorías reforzadas que se requieren en los estados para reformar una Constitución.

En cuanto a la cuestión de fondo, debe señalarse que el proceso de unidad de 28 países de la Unión Europea –ahora 27-, con todas las dificultades que entraña un proyecto de semejante envergadura, se ha ido desenvolviendo en el marco de un proceso internacional de reestructuración del capitalismo que ha generado innumerables tensiones. La globalización ha supuesto, entre otras cosas, la incorporación al mercado capitalista de millones de nuevos trabajadores aportados por China y el resto de países del área comunista. La introducción en Europa de estas mercancías baratas, fabricadas en esos países de bajos salarios, ha provocado crisis de empleo en numerosos sectores económicos, sobre todo en aquellos estados que carecen de sectores productivos de tecnología avanzada. El desempleo creciente se ha visto acompañado de un retroceso relativo de las remuneraciones de los que tienen empleo.

Si al fenómeno anterior le sumamos la presencia de corrientes migratorias provocada por las guerras en Medio Oriente o la pobreza estructural de África, se puede entender que millones de trabajadores europeos se sientan amenazados por fenómenos que escapan a su control. En ese caldo de cultivo han venido prosperando los movimientos populistas que desafían al establishment, cuestionan la libre circulación de trabajadores y agitan las banderas emocionales del nacionalismo.

Los votantes en el Reino Unido, indudablemente, han sido influidos por la prédica de estos nuevos partidos que aspiran a desplazar a los partidos tradicionales ofreciendo soluciones sencillas a problemas complejos, y apelando en ocasiones al temor legítimo de las poblaciones que afrontan un futuro incierto. Esto explica que estas nuevas fuerzas políticas en Europa cuestionen desde la izquierda a la socialdemocracia –como el caso de Podemos en España- o que fuerzas políticas de ultra derecha compitan con los tradicionales partidos socialcristianos o conservadores de centro derecha europeos. En ambos casos, los nuevos partidos acuden al consabido arsenal de retóricas populistas, explicando la crisis como el resultado de la acción de élites insensibles y codiciosas, buscando la polarización del “pueblo” frente a la “casta” y sacando partido de un relato victimista.

Por consiguiente asistimos a un fenómeno similar al que en la década de 1930 produjo el ascenso de los fascismo en Europa, aunque a diferencia de aquella época, hoy la democracia es mucho más fuerte y –salvo excepciones- los partidos o movimientos populistas de derecha (en Francia, Holanda y el Reino Unido) o de izquierda (en Grecia o España) no cuestionan el marco democrático. Sus ataques van dirigidos al euro, a la “burocracia de Bruselas” o las élites gobernantes, y sus propuestas apuntan a un cierre de sus economías, pero no impugnan los fundamentos de la democracia. Al menos por el momento.

Es posible imaginar varios escenarios frente a la irrupción de estas fuerzas que aspiran a terminar con el proyecto de integración europea. Una primera impresión llevaría a contemplar como lejana pero no descartable una hipótesis de fracaso y disolución de la Unión Europea. Sin embargo, también es posible imaginar que frente a los costos económicos de decisiones como la que acaban de refrendar los británicos, se consolide un sentimiento de que abandonar el barco europeo tiene más costos que beneficios. De modo que pueden salir reforzados los sentimientos de pertenencia a la Unión Europea.

Por otro lado, no se debe perder de vista que el Reino Unida fue considerado por muchos europeístas como una suerte de Caballo de Troya en la UE. Los británicos siempre pusieron trabas a los intentos de mayor integración política y aspiraban solo a recibir los beneficios del mercado común. Lo acaba de señalar sin sutilezas el presidente la Eurocámara, el socialdemócrata Martín Schulz, cuando ha recordado que “toda Europa ha sido rehén del Partido Conservador británico”.

En opinión de Schulz, la Unión Europea debe sortear ahora la crisis migratoria, los desequilibrios sociales y la evasión fiscal que han sido los problemas que han permanecido bloqueados por el Reino Unido. Ha brindado además un dato esperanzador: el 75 % de los votantes jóvenes han elegido en el referéndum permanecer en la Unión Europea. Esta diferencia generacional puede trasladarnos en un futuro no lejano a nuevos escenarios más esperanzadores que los que ha dejado el áspero pronunciamiento de esa ajustada e insuficiente mayoría de ciudadanos británicos.

 

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