Derrotar al populismo exige una reforma política real

Jalenska Zurakoski Luparelli.

Con el lanzamiento de Cambiemos a nivel provincial, se largó la carrera electoral en Neuquén. En vistas a las elecciones de medio término del año próximo y muy especialmente enfocada en el 2019, la coalición liderada por el intendente Horacio Quiroga apareció en escena con la intención de desafiar la hegemonía del MPN desde una posición más sólida que en anteriores ocasiones, cuando el oficialismo nacional le era adverso.

Es en este contexto que ha de retomarse la discusión por la reforma política en Neuquén, un debate que es mucho más abarcador que el proyecto de ley del mismo nombre elevado por el gobernador Omar Gutiérrez a la Legislatura dos meses atrás, circunscripto esencialmente al plano electoral. Al presentar este proyecto la provincia se sumó a la iniciativa del gobierno nacional para promover reformas electorales en diferentes distritos. En la iniciativa, el oficialismo provincial procuró investir de legitimidad popular a su proyecto generando un espacio de participación virtual, así los datos que manejan cuentan con el aval de la opinión de poco más de 2.000 personas que ingresaron y votaron en la web. Difícilmente esa muestra pueda ser representativa de los más de 600.000 habitantes de la provincia. De esta manera se presentó en la legislatura un proyecto que pretende ser aprobado sin mayores debates cuando en realidad toca una problemática que es mucho más grande en vistas al fortalecimiento institucional de la provincia.

A días de ser presentada la iniciativa legislativa, la izquierda representada por Raúl Godoy en la Legislatura planteó críticas relativas a la intencionalidad de la misma. En el transcurso de esta semana, en el marco del lanzamiento oficial de Cambiemos, el diputado nacional Leandro López en su página de Facebook hizo un reclamo tendiente a reavivar el debate, exigiendo profundidad y transparencia en la reforma.

Sucede que la propuesta del oficialismo, si bien se denomina “reforma política”, no pasa de proponer cambios electorales que recién comenzarían a aplicarse en las elecciones de 2019, que en definitiva no transforman a fondo la estructura política afianzada en base a relaciones clientelares de larga data. La probable eliminación de listas espejo y colectoras, candidaturas testimoniales o simultáneas, junto a la implementación de la boleta única electrónica; de la mano de la despersonalización de la publicidad de los actos de gobierno recientemente promulgada, son pasos positivos tendientes a un cambio en la tradición política. No obstante, transformar y modernizar el sistema electoral debe pasar, fundamentalmente, por generar confianza en la ciudadanía con tal que el sufragio no se encuentre condicionado. Siendo el momento clave la emisión del voto, su legitimidad entra en crisis cuando no hay confianza en el funcionamiento de la totalidad del sistema político.

Los lazos de dependencia del grueso de los neuquinos con la política, donde la posibilidad de ascender socialmente, de lograr estabilidad laboral, mejoras habitacionales, etc.; pasa por integrar listas de “voto seguro” y la sumisión a los punteros en la búsqueda de beneficios directos, lejos de favorecer el fortalecimiento de la ciudadanía, eternizan las mismas estructuras que sostienen la hegemonía del MPN desde hace más de 5 décadas en la provincia. Si no se reduce el tamaño del aparato estatal y su incidencia en la vida de los neuquinos, difícilmente cambien los incentivos para aquellas prácticas clientelares que moldean una ciudadanía de baja intensidad a su medida. La democracia delegativa establece una relación mutua, podríamos llamar “simbiótica”, con el uso discrecional de los recursos públicos y con la apropiación del Estado por el gobierno. Así, los intereses creados obstaculizan el desarrollo, mientras la sociedad aparece resignada a las expansiones y explosiones cíclicas del populismo.

Lamentablemente vivimos en los tiempos de la cultura del espectáculo, como ha descripto Mario Vargas Llosa, por lo cual importan las imágenes y no las ideas, a la vez que las frases de los políticos son cortas y están armadas para un electorado que no tiene mayores exigencias argumentales puesto que no busca sustancia ni vota programas. No obstante, si se considera seriamente la aspiración de desterrar el populismo pronunciada con énfasis por Quiroga en el lanzamiento de Cambiemos, que antes que nada llama la atención al ser exclamada por una persona que ha sabido hacer uso de tales prácticas para sostenerse en el poder, es posible notar que la demanda trasciende una mera reforma electoral y pone en jaque a la totalidad del sistema. A su vez, delata que se va a requerir mucho más que un frente electoral animoso para transformar profundamente los hábitos políticos a los que nos hemos acostumbrado. En nuestro país el populismo es patológico, es un fenómeno social dominante sin importar sus recurrentes fracasos. Siempre se parcha populismo con más populismo, el populismo es camaleónico a la hora de preservarse y se camufla según la crisis.

Más allá de la derrota del kirchnerismo en las urnas en diciembre de 2015, persiste en la sociedad toda y específicamente en las provincias, la búsqueda de caudillos que ordenen la situación ejerciendo un poder concentrado que actúa sin controles, paralizando a los partidos políticos y silenciando a la prensa independiente. Aquello de que solo el peronismo puede gobernar en Argentina, que puede trasladarse sin inconvenientes a la preeminencia del Movimiento Popular Neuquino en la provincia, pone de manifiesto una resignación del inconsciente colectivo a convivir con una democracia plebiscitaria, empática al populismo.

Con la polémica destitución de Gomez Centurión que revivió el debate sobre el rol de los sistemas de inteligencia en el país y con las nuevas sospechas relativas a la parcialidad de miembros del poder judicial, varios analistas políticos han subrayado que el desafío que ha de superar el presidente Macri pasa por cambiar las estructuras sobre las cuales se ha edificado la política argentina. Si bien la recesión económica parecía a ojos vista la mayor dificultad para el gobierno, el trasfondo político institucional delata que el verdadero desafío va más allá de lo evidente. Cuando la economía parece comenzar a encaminarse, asoman en la superficie problemáticas de larga data, vicios de la política, prácticas arraigadas y una corrupción flagrante transversal a todo el sistema político argentino, en el cual  Neuquén no es una excepción.

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