La batalla cultural que debe ganar el capitalismo

Julio Rajneri

Julio Rajneri

Ilustración La Nación nota RajneriEn noviembre del año pasado se produjo una elección con un resultado inesperado. Por primera vez en la historia del país, desde que se estableció el voto secreto, universal y obligatorio, un candidato que se manifestaba partidario de la economía de libre mercado, claramente proveniente del sector empresario y al que sus contrincantes acusaban, con muy buenas razones, de ser un exponente de la economía liberal y de tener planeado -en caso de resultar ganador- un ajuste antiinflacionario, el arreglo con los fondos holdouts y con el FMI, ganó ajustadamente la elección presidencial.

Es necesario dimensionar en toda su magnitud aquel resultado y las condiciones en que se desarrolla la actual situación. No se trata simplemente de la pugna de dos partidos, uno oficialista y otro opositor, que discuten, dentro del sistema, acotados por límites más o menos convencionales para resolver los problemas. Esta es una batalla cultural en donde por primera vez las ideas de la democracia capitalista han alcanzado un volumen electoral levemente superior a la de los representantes de las ideas anticapitalistas que han sido dominantes desde la década del 40 del siglo pasado.

Como una paradoja de la historia, Perón, que emergió como un anticomunista ferviente, terminó instaurando un régimen que -en cuanto a su avance sobre la propiedad privada- sólo ha sido superadopor Castro en Cuba. Ni siquiera Salvador Allende, que no controlaba el Congreso en Chile, llegó a los extremos de la experiencia argentina.

Cuando Perón fue derrocado en 1955, el Estado controlaba el 65% de los bancos, el 80% de la producción de electricidad, el 65% del trasporte aéreo y marítimo, el 80% de la industria siderúrgica y tenía el monopolio en gas, petróleo, carbón, ferrocarriles y teléfonos. La propiedad urbana estaba limitada por la ley de alquileres y la rural, por la de arrendamientos y aparcerías rurales. El comercio exterior estaba monopolizado por el IAPI, que llegó a pagar a los agricultores entre el 33 y el 36% del valor del lino, el trigo y el maíz. Las importaciones se adjudicaban selectivamente. El comercio minorista estaba sujeto al control policial con la ley contra el agio y la especulación. En reemplazo del derecho de propiedad se sancionó el artículo 40 de la nueva Constitución que establecía la función social de la propiedad.

No es que Perón se hubiese convertido en un discípulo de Marx y Engels. Tenía un solo norte, el poder, y el avance del estatismo le era útil para dominar a una sociedad donde él podía distribuir premios y castigos para montar una máquina electoral invencible.

La influencia del populismo peronista habría de perdurar hasta nuestros días. Con Kirchner regresó el de ropaje marxista. El nuevo lenguaje críptico que se utilizó para designar al capitalismo -corporaciones, medios hegemónicos, grupos concentrados- volvió a demostrar su eficacia para captar voluntades.

En 2014, un estudio de la Pew Research Center, una entidad privada de investigaciones con sede en Washington, dio a conocer el resultado de una encuesta realizada en medio centenar de países. Los entrevistados debían contestar a la siguiente afirmación: «La mayoría de las personas están mejor en una economía de mercado, aunque algunas personas sean ricas y otras pobres». El país más anticapitalista, donde las respuestas afirmativas, 35%, fueron muy inferiores a las negativas, 48%, fue la Argentina.

Con la misma matriz ideológica del primer peronismo y la misma coyuntura internacional favorable por la suba de los precios de la producción agrícola, los Kirchner se atribuyeron el mérito de la expansión económica de la década. El declive de los precios internacionales melló su popularidad cuando resultó evidente que la prosperidad del país no se produjo por las medidas adoptadas por el gobierno, sino a pesar de ellas.

Hasta ahora, el kirchnerismo ha sido la columna vertebral de la oposición. Su núcleo duro está representado por los desplazados integrantes del FPV, grupos trotskistas y reciclados ex integrantes del Partido Comunista y por ciudadanos sensibles a esa retórica en favor de los pobres que denuncia un supuesto carácter despiadado de quienes pretenden imponer racionalidad en el manejo de la administración pública. Estos núcleos de oposición están en un momento históricamente novedoso para ellos porque han sido desplazados del poder, pero hasta cierto punto favorable porque las medidas adoptadas conducen inevitablemente a un agravamiento de las condiciones económicas de los asalariados, de la clase media y de los empresarios. Luchar contra la inflación requiere medidas impopulares: disminución del gasto público, aumento de las tasas de interés, reducción del salario real y del crédito, disminución del consumo. No es que los gobernantes que la aplican sean crueles o increíblemente estúpidos. Es que no hay alternativa que no sea recesiva.

Las medidas adoptadas por el Gobierno de Macri, hasta ahora, no han hundido al Presidente en la impopularidad. Es posible que el problema de las tarifas tenga un efecto negativo considerable, pero es dudoso que un manejo más prolijo hubiese mitigado un costo inevitable: no hay forma imaginable que torne atractiva una medida que implique elevar la tarifa de los servicios para compensar siquiera una parte de su costo real.

La actual oposición es un movimiento que, como el dios Jano, tiene dos caras y se reinventa para sobrevivir a sus evidentes fracasos. La argumentación con que el FpV ataca al Gobierno demuestra la matriz ideológica con que se nutre su pensamiento. Sus voceros aseguran que las medidas adoptadas favorecen solamente a los empresarios y a los ricos, y que los asalariados deben ser recompensados por esta supuesta política antipopular. Este argumento es central en la batalla cultural. Según su interpretación de la economía, toda medida que tienda a beneficiar a los grandes o pequeños empresarios, a los productores agrarios o a los exportadores es contraria al interés de los obreros. Cualquier análisis de un mínimo de lógica llegaría a la conclusión inversa. Si no hay empresas exitosas, si no hay estímulos para exportar y crecer, si la economía no funciona adecuadamente, si destruye y no crea empleos, los primeros perjudicados son los asalariados, los que tienen empleo, y en especial, los que están desocupados. Suponer lo contrario es creer que cuando peor les vaya a los empleadores mejor les va a ir a los empleados.

Según la versión del campo popular y nacional, allí se nuclean las almas caritativas y sensibles que luchan contra el demonio capitalista indiferente al sufrimiento de los desposeídos. Es posible que entre quienes defienden la economía libre de mercado haya quienes no les importe la pobreza. Es posible que en la vereda de enfrente haya quienes ven a los pobres sólo como una oportunidad para el clientelismo. Admitamos que la mayoría en ambas casos está compuesta por personas sinceramente preocupadas por terminar con la pobreza y que el dilema se limite a analizar cuál de los dos sistemas ha contribuido a que haya menos pobres.

La historia parecía y debería estar terminada con la implosión de la Unión Soviética y la conversión de China a la economía libre de mercado. Está claro que el Muro de Berlín no fue levantado por los alemanes capitalistas para evitar que sus «pobres» huyeran hacia el paraíso comunista. El paralelo 38 cumple el mismo rol y dividió a un país en dos: uno, capitalista, integra el selecto grupo de los mas ricos del mundo, Corea del sur; el otro, comunista, Corea del Norte es miserablemente pobre. Y los dos países que más han contribuido a la expansión de la pobreza en América latina, Cuba y Venezuela, asisten posiblemente al ocaso definitivo de su penosa experiencia.

Los últimos acontecimientos de corrupción parecen definitivos. Para estos abanderados de los pobres, estos cruzados predicadores contra los poderosos y las corporaciones, estos inflamados luchadores contra los fondos buitres, llevar consigo esta imagen imborrable que asociará al populismo como el último refugio de los ladrones, va a ser imposible de superar. Pero no es la batalla definitiva. Con el tiempo y con otros nombres surgirán de sus propias cenizas para expresar un pensamiento que sólo será superado cuando la democracia capitalista pueda demostrar también en la Argentina, que en ella reside la mejor forma de combatir la pobreza.

Publicado en La Nación el 19 de julio de 2016

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