La grave crisis que afecta al socialismo español

Aleardo Laría.

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) afronta la crisis más grave de su larga historia. Se ha producido una rebelión  contra la actual conducción oficial del partido cuyo secretario general es Pedro Sánchez. Es pronto para saber el resultado de este enfrentamiento fratricida, pero ya se han reunido evidencias suficientes para deducir cuáles son los motivos que están detrás de esta inusual fractura.

            La actual situación de parálisis institucional de España y el modo de resolverla es la causa principal de esta crisis partidaria.  El diseño constitucional del sistema parlamentario español ha impedido formar Gobierno después de dos elecciones y casi un año de interinidad. Para conseguir ser investido Presidente del Gobierno, el candidato que se presenta al Congreso necesita contar con al menos 176 votos –la mayoría más uno de los diputados- en la primera votación y una simple mayoría de votos afirmativos en la segunda elección. Mariano Rajoy, en la última sesión de investidura fracasada del pasado 2 de septiembre, logró reunir 170 votos afirmativos pero los votos negativos  del PSOE y otros partidos como Podemos sumaron 180. Frente a una sesión de investidura fracasada, si en dos meses no se modifica la situación, según la Constitución, se debe llamar a terceras elecciones.

            El PSOE estaba y está dividido sobre el rumbo a tomar. El sector crítico, cuyo líder más visible es el ex presidente Felipe González, sostiene que por razones institucionales se debe facilitar la formación de un Gobierno encabezado por Rajoy mediante la abstención de algunos diputados del PSOE. Esta es la posición que Sánchez había anunciado a Felipe González que sostendría. Pero era una posición que la mayoría de los militantes del PSOE no compartían y que para Sánchez equivalía a una suerte de suicidio político. Por consiguiente cambió de opinión y se refugió en un no rotundo negándose así a facilitar un nuevo gobierno del Partido Popular.

            El enrocamiento de Sánchez  lleva inevitablemente a unas terceras elecciones que se deberían celebrar a finales de año y donde las encuestas auguran una nueva subida del Partido Popular y un nuevo descenso de los diputados del PSOE. Sánchez ha pretendido justificar su posición reivindicando la posibilidad de formar un “gobierno del cambio” con otros dos partidos de reciente formación: Ciudadanos, liberales de centro y Podemos, la nueva formación de izquierda con un cierto sesgo populista. Pero para la mayoría de los analistas se trata de una fantasía que carece de viabilidad por la manifiesta incompatibilidad de los supuestos consortes.

            El enfrentamiento soterrado se hizo abierto cuando Sánchez convocó a un Comité Confederal que debería aprobar un precipitado calendario: primarias para elegir un nuevo secretario general el próximo día 23 de octubre y un Congreso para elegir una nueva directiva en el mes de diciembre. Se trata de una clara huida hacia adelante, para conseguir la adhesión de los militantes que apoyan el no a Rajoy y consolidar su cuestionado liderazgo.

El sector crítico decidió entonces hacer visible las diferencias con la renuncia colectiva de una mayoría de miembros de la Comisión Ejecutiva, afirmando que esa renuncia provocaba la disolución automática de la dirección y obligaba a poner al frente del partido a una gestora. Una interpretación que no ha sido compartida por el sector de Sánchez que considera que los estatutos señalan que en ese caso se debe convocar a un congreso extraordinario pero manteniéndose la actual ejecutiva en funciones. En esa disputa interpretativa de los reglamentos, sin árbitros, se encuentra actualmente inmerso el partido.

El problema más inmediato, para los críticos, es evitar las terceras elecciones que deberían ser convocadas en diciembre. Es previsible pensar en una ruptura del bloque de diputados socialistas.  Si un número suficiente de diputados socialistas anuncia que por razones de Estado van a abstenerse en una nueva sesión de investidura, esto permitiría a Mariano Rajoy volver a presentar su candidatura a Presidente del Gobierno. Se acabaría así con la actual situación de bloqueo institucional.

Sin embargo, el conflicto interno tiene visos de no resolverse fácilmente y puede acabar en una ruptura partidaria. Deja al descubierto dos complejas problemáticas. En primer lugar, las hipotecas de un sistema de primarias, donde la elección popular de un secretario general por los afiliados puede derivar en un conflicto de legitimidades. El líder, respaldado por la militancia, como sucede actualmente, puede tomar decisiones que van en contra de la conveniencia de la propia formación política.

El otro problema lo genera la aparición de Podemos, una fuerza política joven, de izquierda, más irreverente, teñida de populismo, que viene a disputar el territorio de la vieja socialdemocracia a la que acusa de haberse entregado al neoliberalismo. Ese discurso populista que reivindica los derechos del pueblo frente a la casta gobernante ha contaminado también a los propios socialistas porque es un lenguaje que formaba parte de su acervo histórico.

El discurso de Pedro Sánchez está basado en el mismo esquema de simplificación  maniquea característico del populismo. Niega su apoyo a Mariano Rajoy por ser el representante de la derecha,  con la cual no sería posible ningún tipo de entendimiento. Se trata de una demonización injustificada de los partidos conservadores europeos que son democráticos y representativos de una parte considerable de la sociedad. Los alemanes, mucho más pragmáticos, no han tenido tantos prejuicios en conformar una gran coalición entre partidos socialdemócratas y conservadores para afrontar las secuelas de una grave crisis.

Los residuos de las visiones religiosas, que aún sobrevuelan sobre la política de los partidos de izquierda, deparan consecuencias negativas para la gobernabilidad de las sociedades complejas.   Por supuesto que una democracia exige alternancia para lo cual hacen falta partidos políticos diferenciados. Pero esas diferencias no pueden basarse en ensoñaciones anacrónicas.

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