La huelga de AA y el infantilismo de los sindicatos argentinos

Aleardo Laría.

La última huelga salvaje declarada por los gremios de pilotos de Aerolíneas Argentinas (APLA) y de Austral (UALA) generó a la compañía de bandera unos 4,9 millones de dólares de pérdidas. Estas son las pérdidas económicas, pero hay otras pérdidas, intangibles, que tienen que ver con el desprestigio que causa una compañía aérea que deja a sus pasajeros tirados en los aeropuertos.

Parece increíble que los pilotos sean capaces de inferir tanto daño a su propia compañía. En esa empresa desempeñan la mayor parte de su vida activa y sus remuneraciones están relacionadas con la rentabilidad del negocio. A menor rentabilidad, menores posibilidades de mejorar las remuneraciones. De modo que llevar a cabo este tipo de huelgas salvajes, que tanto daño causan a la empresa, equivale a arrojar piedras al tejado de la propia casa.

¿Existe alguna explicación que permita entender –nunca justificar- comportamientos tan irracionales? Seguramente influye una visión cortoplacista, basada en el interés corporativo más  egoísta. Pero es probable que influya también la cultura populista de los sindicatos argentinos, que ven a las empresas como “enemigos” a los que se debe vencer. Se trata de residuos que aún persisten de la época en que los trabajadores confiaban en la posibilidad de echar abajo el sistema capitalista mediante una revolución socialista. En el siglo pasado se fomentaba la “lucha de clases” porque se pensaba que las huelgas debilitaban al sistema y de este modo se estaba más cerca de la ansiada revolución social.

Esas ensoñaciones desaparecieron hundidas por la abrupta caída del Muro de Berlín y el desvelamiento de la execrable dictadura que se ocultaba detrás de esos muros.  Pero hay comportamientos adquiridos que persisten y siguen dando señales como cuando se extirpa un brazo o una pierna. La incapacidad de entender que hoy, en lo sustancial, las empresas pertenecen parcialmente a los accionistas pero también a sus propios trabajadores, a sus clientes y al conjunto de la sociedad, persiste.

Hay una ceguera premeditada –a veces es simple ignorancia- que impide conocer a fondo el funcionamiento de una empresa, que reposa en un delicado equilibrio entre ingresos y egresos. De modo que los salarios no pueden aumentar de modo mágico, como tampoco pueden ser el resultado de un acto de extorsión como es una huelga salvaje. Si los sindicatos tuvieran en sus equipos a economistas profesionales con capacidad para auditar las cuentas de las compañías, y cogestionaran el negocio, podrían conocer cuáles son los márgenes realistas en los que pueden moverse sus reclamos.

Más inteligente que hacer huelgas que generan tanto daño a todas las partes involucradas, sería analizar con realismo las cuentas de las empresas, debatir con los empresarios la forma de ganar en productividad y poner el máximo empeño en engrandecer una empresa de la que forman parte. Reconocer a la empresa como algo propio, trabajar proactivamente por su engrandecimiento, sería un modo de entender que pertenecer a un conjunto prestigioso es el modo inteligente de prestigiarse a sí mismo.  

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