Patrioterismo

Felix Sosa

imagesMe siento profundamente argentino, y orgulloso de serlo. Mi patriotismo está conectado con lo emocional, con mis más caros sentimientos. No concebiría vivir fuera de esta tierra y lejos de su gente, por más que reniegue del carácter y las valoraciones de la mayoría. No  puedo dejar de emocionarme al escuchar las voces de Gardel, Atahualpa, Falú, Nelly Omar y otros, a más de las tonadas de mi provincia de origen. Admiro a Borges, su ingenio y estilo, y lo sigo considerando insuperable. Festejo con entusiasmo cualquier éxito de argentinos en el exterior, ya sea en el orden científico, literario o deportivo, aún se trate de deportes o disciplinas de los que no tenga idea alguna. Seguí con entusiasmo también las trayectorias de Fangio y de Reuteman, de quien rescato no menos que su talento, su espíritu de sacrificio y dedicación.

Soy seguidor consecuente de los partidos de la Selección Argentina de Fútbol, emocionándome cuando ganan y han jugado buen fútbol. Todo esto y muchas pequeñas cosas más constituyen para mí la Patria, y en tal sentido es que me defino como patriota.

Reniego por lo contrario de lo que puedo definir como “patrioterismo”, o exaltación desmedida del sentimiento patriótico, traducida en múltiples exageraciones del sano patriotismo en diversos aspectos; es lo que hace que cualquier cantidad de argentinos desprecien a los extranjerosy tiendan a denigrarlos con desprecio; lo que los hace calificar a los chilenos como “chilotes”, a los bolivianos de “bolitas”, a los paraguayos de “paraguas”, y así, olvidando que somos todos hermanos y constituímos solo una parte de la Patria Grande que imaginaron los fundadores, olvidando también que compartimos raíces y cultura con los latinoamericanos, que nuestra Patria está en su mayor parte despoblada y necesitamos manos para trabajarla, y que nuestra Constitución sabiamente prevé que se sanciona “…..para todos los hombres de buena voluntad del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

Y los que no son nuestros hermanos por el origen, los extranjeros de otros continentes por ejemplo, son también nuestros hermanos como lo son todos los seres humanos, y sólo podemos o debemos exigirles respeto por nuestras instituciones y costumbres, buena voluntad y sana intención en su radicación y trabajo honesto. No olvidemos que a la Nación la hizo grande en algún momento la integración de los inmigrantes, que muchos patrioteros o nacionalistas llegaron a combatir en  su época.

Los himnos nacionales, con raras excepciones, tienden a exagerar desmedidamente lo nuestro y hasta a denigrar a los extraños (“…a sus plantas rendido un león…”, …”el Gran pueblo argentino….”) y contienen en sí el germen de la peor degeneración del patrioterismo, el fascismo. El “DeutschlandÜberAlles” (Alemania sobre todos) que supo ser el estribillo de la canción patria germana prefigura claramente la exaltación del nazismo, así como el fascismo italiano tiende a recalcar la superioridad de Italia hasta su pasado (se readaptó el saludo romano).

Todos o casi todos estos himnos están sembrados de apelaciones a la gloria y grandeza nacionales, generando por contraste o por mera exclusión, la minusvaloración del resto de las nacionalidades. No debiera ser así: habría de exaltarse por el contrario, el sano patriotismo y el amor a lo nuestro, y la necesidad de trabajar  para engrandecer y hacer mejor lo que tenemos.

La insistencia en la grandeza local y en las supuestas o reales glorias que la acompañarían, junto con la celebración de las riquezas naturales que nos han tocado, ha sido fuera de toda duda la  causa de que Argentina,  hasta la primera mitad del Siglo XX la primera potencia de SudAmérica y una de las 15 ó 20 más destacadas del mundo, esté hoy lamentablemente postergada. Es mentira que basta con los dones con los que la naturaleza nos dotó, es falso que seamos naturalmente ricos. Todo se construye por y gracias al trabajo esforzado: es así como nos hallamos hoy superados por pequeñas naciones del Sur de Asia, proletarizadas cuando nosotros nos enorgullecíamos de nuestras riquezas  naturales, y también por muchos de nuestros vecinos, que antes estaban en situación de inferioridad. Todos ellos se elevaron por la vía del trabajo honesto y dedicado, austero y honesto, en lugar de la cornucopia que nos encandiló y en la cual ciframos todas nuestras esperanzas.

Ese presunto “cuerno inagotable de la abundancia que no habría de cesar de volcarse hacia nosotros”, no sólo hizo que dejásemos de valorar el trabajo. También llevó a nuestros funcionarios públicos y  políticos a una política persistente de derroche y mal gasto de los dineros públicos, que nos ha llevado a que nuestro Estado en sus tres niveles (nacional, provincial y municipal) se encuentre endeudado como pocos en el mundo, y que los recursos en esos tres niveles, a pesar de tener una de las presiones tributarias más altas del mundo, nunca alcancen. También es la última raíz de la corrupción endémica que nos aflige (“total, lo que hay sobra…”), y es la fuente principal de la soberbia y arrogancia que en muchas partes se identifica con la palabra “argentino”.

Esa soberbia, de paso, también nos llevó a no reconocer la validez ni conveniencia de ninguno de los sistemas o doctrinas económicas aplicables en el mundo, no obstante su eficiencia probada. No, nosotros quisimos crear un sistema económico propio (“total, tenemos recursos de sobra….”), con inspiración original en algunas instituciones fascistas, pero luego modificado mil veces en base a improvisaciones adoptadas según los problemas de cada momento y cuyos tristes resultados están a la vista.

Capítulo aparte merece la falsificación de nuestra Historia, a través del “procerato”, es decir la veneración sin límites a los consagrados oficialmente como “próceres”, generalmente políticos y/o  militares a quiénes se describe como figuras sin tacha y sin errores, absoluto dechado de virtudes republicanas y morales, virtuales semidioeses que supuestamente sólo deben despertar admiración y emulación, cuando la verdad histórica es muy diferente: todos los “próceres” no fueron sino políticos o militares con actuación pública, seres humanos comunes con sus aciertos y sus errores. Gente de su época, que compartió los defectos y prejuicios de la cultura que los formó. Ninguno de ellos fue intachable como han querido y siguen queriendo hacer creer. Todos, como nosotros, se equivocaron  y merecieron justa crítica en su tiempo, y la verdadera Historia no nos debería mostrar esos personajes acartonados  y supuestamente infalibles, sino a gente que las más de las veces procuró simplemente desempeñar lo mejor posible la función que les tocó, y que a veces, seguramente se equivocó tal como nos ocurre a todos nosotros.

Lo que la Argentina necesita es menos patrioterismo, menos soberbia, más confianza en el trabajo honesto, dedicado y esforzado, olvidar aquello del “destino de grandeza”, procurar realizar lo mejor posible la tarea que nos ha tocado a cada uno, austeridad  y sensatez en el manejo de la cosa pública, en todos los sentidos respetar al prójimo y especialmente en el deporte a los adversarios, que no buscan otra cosa que lo mismo que nosotros. Respetar a todos los pueblos y no pretender una superioridad que está visto que no tenemos. Sólo tratar de engrandecer a la Argentina trabajando. Ese es el verdadero Patriotismo en el que creo.

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El autor es ex juez de Cámara Civil de Río Negro.

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