Al borde del abismo

Julio Rajneri

El reciente episodio que puso la atención del país sobre la crisis de la fruticultura, que mostró a los chacareros repartiendo fruta gratis en la plaza de Mayo, ha puesto en el escenario nacional una situación que, lejos de las esperanzas despertadas en otros sectores de la economía agrícola, amenaza con desencadenar la mayor catástrofe de la historia de la región.

El cierre de los galpones de empaque, el abandono de las chacras por propietarios depauperados y la evidente insuficiencia de la liberalización del tipo de cambio, suman ahora un ingrediente potencialmente explosivo. La mayor empresa frutícola de la región y del país, Expofrut, liquida sus negocios en la Argentina y está tratando de desprenderse de su patrimonio en condiciones tan extremas que pueden calificarse de insólitas. No es necesario exagerar las consecuencias para advertir que empresas ligadas al gigante regional quedarán seriamente amenazadas y una considerable cantidad de productores quedarán a la intemperie.

Es necesario comprender en toda su dimensión la constelación de factores negativos que se han acumulado en el orden nacional e internacional para advertir lo inevitable del colapso y la insuficiencia de las medidas adoptadas por el actual gobierno.

Pero, antes, es necesario aclarar que la fruticultura no es una actividad agrícola común, sino una actividad industrial. La pera o la manzana representan solamente una proporción cercana al 10% de su precio de mercado. El resto está compuesto por diversos items, envases, frío, trasporte, etc. Y el principal de ellos, el salario.

Mientras que en la pampa húmeda el salario no alcanza al 2 % del costo de producción de la soja, el trigo o el maíz, y el 3 % del valor de los automóviles en la principal industria exportadora del país, en la fruta el 50 por ciento del costo de producción en la chacra y el 60 por ciento en los galpones de empaque lo requiere el salario.

Ante la magnitud del impacto del salario en el costo final del producto no es difícil comprender la política de virtual exterminio de la fruticultura que se siguió en la etapa kichnerista. Por un lado, el control de cambios y el subsiguiente atraso cambiario y, por otro, las retenciones privaron a las exportaciones de una parte sustancial de sus ingresos. Al mismo tiempo, la política expansiva en los salarios duplicó en pocos años el costo medio (salarios y cargas sociales), desde unos 600 dólares mensuales a casi 1200 dólares en la actualidad.

No es que los salarios de los peones o empacadores sean comparativamente elevados. Están en la franja media de la retribuciones nacionales pero, medidos en dólares, no son competitivos y dejan a la producción fuera de sus mercados tradicionales.

El empobrecimiento de los chacareros -los granjeros del alto Valle- se extendió también a los galpones de empaque y fue seguido también por la desaparición o por la reabsorción de una cantidad de firmas tradicionales que fueron durante muchos años los puntales en los que se asentó la prosperidad de la región. Las empresas más afectadas resultaron aquellas integradas, o sea las que, además de empacar y comercializar frutas de terceros, tenían como propietarios o locatarios superficies considerables de plantaciones propias. En épocas de viento a favor, la fruticultura -por políticas antiexportadoras- perdió el flujo de caja que debía usar para modernizarse. Basta ver lo que pasó los últimos años en todos los países productores: Polonia, como ejemplo, antes de entrar a la Unión Europea producía algo más de 2 millones de toneladas y ahora produce 4 millones de toneladas. O Moldavia, que está plantando nuevas variedades con un nivel tecnológico sobresaliente.

A las penurias de las letales políticas implementadas por la década kirchnerista, hoy al escenario hay que sumarle la constelación de factores negativos que se han producido en el ámbito internacional para colocar a la actividad al borde del abismo.

Europa -y en especial Alemania- ha sido, desde los inicios de la actividad, el principal destino de las manzanas y peras del Alto Valle. Durante los últimos diez años, el euro, que llegó a cotizarse a un dólar con cuarenta centavos, perdió un 25 % de su valor frente a la moneda norteamericana, que es el valor de referencia inevitable en nuestro país. Blanco sobre negro las exportaciones a la zona del euro perdieron el 25 % de su valor. Para el productor una caída de 0,25 cts de dólar por kilo, sólo por diferencia de cambio.

Frente a esa dificultad, las exportaciones trataron de orientarse fuera del área del euro y volcaron crecientes volúmenes a países considerados secundarios, como Brasil y Rusia y en menor medida Argelia y otros países árabes.

Al cabo de un tiempo esos mercados se desmoronaron. Brasil enfrenta una de las peores crisis de su historia y Rusia, como se sabe, está en serias dificultades económicas desde la anexión de Crimea y el subsiguiente boicot de los países occidentales. Argelia y los países árabes, a su vez, enfrentan la baja del precio del petróleo y en la temporada última redujeron a cero los permisos de importación de fruta argentina. Y por encima de todo el fantasma de China.

China produce actualmente unas veinte millones de toneladas de manzana y pera. Compárese con los dos millones de Argentina. Su influencia es ya considerable en el mercado de jugos donde nuestro país ha sido parcialmente desplazado. Pero nuevas plantaciones elevan la estimación en el futuro inmediato a duplicar esa cifra y llegar a los cuarenta millones de toneladas. Y si bien gran parte será consumida por su creciente clase media, la exportación de los excedentes producirá un impacto difícil de asimilar para todos los productores del resto del mundo.

La solución de estos problemas no parece para nada sencilla. En primer lugar, debe partirse de la base de que la actividad es incompatible con el nivel de salarios existentes, que no ha sido compensada por la devaluación y que requeriría un valor del dólar diferente para poder absorber los costos de las subas salariales. Es probable que el fantasma de la desocupación y el cierre de fuentes de trabajo torne más moderadas las demandas de los gremios. Pero aún así es difícil que alcance a restablecer un mínimo de equilibrio. La única forma es invertir en nuevas plantaciones con 60/70 tonelas por hectárea con toda la tecnología en poda y cosecha, para reducir drásticamente el costo relativo de la mano de obra en chacras y empaque

La actividad necesita ser subsidiada para poder evitar lo peor. El peso se ha mantenido estable y la afluencia de dólares que se está incrementando en las últimas semanas, no permite pronosticar que la tendencia sea más favorable en el futuro y hasta es posible que empeore. El gobierno está haciendo un esfuerzo por controlar el gasto público, pero parece inevitable que auxilie mediante devaluaciones encubiertas, como sería el incremento del reintegro por utilización de puertos patagónicos.

No hay duda de que la fruta requiere de medidas extraordinarias. Porque las condiciones internacionales son también extraordinarias y porque el daño producido durante el decenio kirchnerista fue de tal magnitud que ha empobrecido a extremos inconcebibles a una región que tradicionalmente fue de las más prósperas de la Argentina.

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