El drama del cura Juan Viroche

Aleardo Laría.

El suicido del cura Juan Viroche deja al desnudo el drama que afrontan miles de sacerdotes católicos condenados al celibato por unas directivas eclesiásticas anacrónicas y contrarias al respeto de los derechos humanos. La Iglesia Católica, de un modo extraoficial, ha enviado sus emisarios a Tucumán para fortalecer la hipótesis de un “suicidio inducido” por las amenazas del narcotráfico. Sin embargo, las evidencias reunidas, prueban que ese relato carece de verosimilitud.

La criminalística niega la posibilidad de “suicidios inducidos”. El instinto de supervivencia del ser humano es biológicamente tan fuerte que, aunque esté mediado por otras instancias psíquicas, tiende a imponerse. No puede ser vencido por la acción sugestiva de terceros y, en todo caso solo cede frente al dolor físico o psíquico interior muy grave, para evitar el sufrimiento. Por lo tanto en el suicidio estamos siempre ante una decisión personal e intransferible.

El legislador porteño Gustavo Vera, que viene actuando como vocero oficioso del Papa Francisco, mantuvo una entrevista en Tucumán con el fiscal del caso, argumentando que había recibido instrucciones del Papa para “colaborar con la investigación”. Desde luego resulta  llamativo el supuesto interés del Sumo Pontífice en develar las causas de la muerte de un ignoto cura en Tucumán. Por las dudas, el Arzobispado de Tucumán y la Nunciatura Argentina se apuraron en desautorizar al singular visitante.  

El fiscal del caso, que no se ha dejado seducir por la tesis de Vera, de la familia y de los feligreses de la parroquia de La Florida -que atribuía la muerte al accionar de bandas narcos- ha ido trabajando sobre otras hipótesis. De acuerdo con algunos testimonios recabados, estaríamos ante un drama pasional, gestado por la doble o triple vida amorosa del cura muerto, que, según los indicios reunidos hasta el momento, tenía relaciones con al menos dos mujeres, una de las cuales podría haber quedado embarazada.

El desvelamiento de la vida amorosa del sacerdote muerto nos coloca nuevamente frente al drama que viven miles de curas obligados a cumplir con el compromiso del celibato que forma parte de las condiciones de ingreso al clero católico. Se trata de una disposición eclesiástica que no forma parte del dogma, y como tal podría ser revisada y anulada. Fue impuesta por primera vez, con algunas excepciones, en el Concilio de Elvira (siglo VI) y reafirmada posteriormente en los concilios de Letrán (siglo XII). Solo afecta a los sacerdotes católicos del rito romano, mientras que los sacerdotes católicos del rito bizantino o de otros ritos cristianos, como los protestantes, pueden contraer matrimonio.

La represión del instinto sexual no es tarea fácil y coloca a los sacerdotes católicos en una situación de enorme estrés. La Iglesia Católica sostiene que la castidad es una forma de dominio de la sexualidad y permite orientar la sexualidad hacia objetivos morales, como el de la procreación. Condena la fornicación, que serían las relaciones sexuales fuera del matrimonio, y se opone al uso de métodos anticonceptivos porque entiende que las relaciones sexuales son un acto de unión de los cónyuges que no debe ser abstraído de la finalidad reproductiva. Estas exigencias colocan a los sacerdotes célibes ante un tremendo dilema moral, puesto que si la integridad moral de un católico supone que no debe prestarse a la doble vida ni al doble lenguaje, les estaría vedado cualquier forma de encuentro sexual.

El Vaticano no se ha atrevido todavía a abordar abiertamente el debate sobre el celibato de los sacerdotes.  Sin embargo, hay algunas voces en la Iglesia Católico, como la del  ex cardenal de Milán, Carlo María Martini, que han reclamado una reconsideración de la cuestión. Martini, en una nota periodística, ha señalado que “las cuestiones de fondo de la sexualidad deben repensarse a partir del diálogo con las nuevas generaciones (…) porque debemos plantearnos los problemas de base para reconquistar la confianza perdida”.

En la época actual, donde prima el uso comercial del erotismo,  se hace cada vez más difícil colocarle rejas a la naturaleza humana. Los estudios científicos revelan que el comportamiento humano está condicionado por las mismas fuerzas que determinan el comportamiento de los chimpancés u otros primates. Sin caer en ningún determinismo biológico, la comprensión de ese fenómeno debería hacer retroceder las ideologías políticas y religiosas basadas en la omnipotencia del libre albedrío.

En tanto, los familiares de Viroche y grupos de feligreses, ajenos a este debate, convocaron a una nueva marcha de silencio con el fin de reclamar el esclarecimiento de la muerte del sacerdote. La frase con la que se realizó la convocatoria a través de las redes sociales afirma que “los mafiosos pudieron más y el rebaño perdió el pastor; pero nunca imaginaron que su accionar multiplicaría las ovejas que ahora unidas por el amor y no por el espanto caminan para terminar con la mentira”. Los caminos que utiliza el Señor para confundir a los seres humanos, son a veces inescrutables.

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