Había una vez

Humor, política y vecindades

Alejandro Rojo Vivot

“La elaboración del chiste es, desde luego, un excelente medio de extraer placer de los procesos psíquicos; mas no todos los hombres se hallan igualmente capacitados para servirse de él”.

Sigmund Freud (1856-1939) “El chiste y su relación con lo inconsciente”

A los seres humanos la inteligencia desarrollada les permite, a veces, solamente tropezar siete veces con la misma piedra, esquivar ataques y, eventualmente, velar arteramente afirmaciones por casi todos comprendidas aunque ningún autoritario la pueda formalmente calificar de injuria; el humor ejercido como el revés de la trama muestra el bordado, con sus luces y sombras, sin sobresalir lo suficiente como para ser un blanco fácil.
El afamado y prolífero escritor irlandés Jonathan Swift (1667-1745), además de profesar su ministerio católico como deán, trabajó durante una parte de su vida en el mundo de la política. Sus escritos poco entusiasmaron a la realeza, sobre todo a Ana Estuardo (1665-1714). En esa época se acrecienta el sistema de bipartidismo en el Parlamento con su célebre Declaración de Derechos (1689), que significó un gran avance para la incipiente democracia republicana moderna.
En “Viajes de Gulliver” (1726), Swift nos describe cuatro aventuras por países de fantasía que, básicamente, son sus propios connacionales contemporáneos. Con el ropaje de una novela destinada a los adolescentes, les expone a los adultos de su época, con ingenioso humorismo, sus comentarios críticos sobre las políticas públicas, los que ejercen los poderes, el pueblo y sus costumbres, etcétera.
“Lo que más me llamaba la atención y consideraba completamente inexplicable era la fuerte inclinación que observé en ellos hacia las novedades y la política, pues pasaba el tiempo investigando los asuntos públicos, opinando sobre los problemas de Estado y discutiendo con apasionamiento cada frase del programa de un partido político. (…)
Para que los senadores no actuasen contra los intereses de la Corona, se proponía que se rifaran esos empleos, después de jurar y garantizar todos ellos que se votarían en favor de la corte, ganaran o perdieran, después de lo cual los perdedores, a su vez, tendrían derecho a rifar la vacante siguiente. Así se mantendrían la esperanza y la expectación y nadie podría quejarse de que no se le hubieran cumplido las promesas, sino que atribuirían su decepción solamente a la Fortuna, cuyas espadas son más anchas y robustas que las de un ministerio. (…)
Ninguna ley de aquel país puede tener más palabras que el número de letras de su alfabeto, que son sólo veintidós, pero en verdad pocas de ellas alcanzan esa extensión. Están redactadas en los términos más claros y sencillos y la gente no es lo bastante viva para descubrir en ellas más de una interpretación y escribir un comentario sobre una ley es un crimen capital”.
Imaginemos un mundo peregrino en el que exista un tiempo personal y social, muy apreciado por todos, en el que los mayores les leen a los niños, los adolescentes y adultos lo hacen por su cuenta; todos reviviendo las muy actuales aventuras de un joven médico estudioso y empobrecido: “mi negocio comenzó a decaer, pues mi conciencia me impedía imitar las malas prácticas de muchos colegas míos”. Todo concluye en 1715 con un párrafo final abierto, únicamente comprensible si se ha leído toda la novela, que luego de 300 años nos sigue emocionando.

Alejandro Rojo Vivot es autor y coautor de 27 libros publicados.

foto-a-rojo-vivot-tapa-del-libro-gulliver-ediciones-peuser-buenos-aires-1952

Comentarios

comentarios

Sé el primero en comentar

Deja un comentario