Los insultos de Lanata

Aleardo Laría.

El periodista Jorge Lanata ha aprovechado el espacio televisivo con el que cuenta para lanzar una serie de groseros insultos a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. No es posible aceptar estos  comportamientos que llevan a la brutalización de la política. Se pueden tener fuertes discrepancias políticas y éticas con el kirchnerismo, pero nunca se debe atravesar la línea que separa la polémica de la inaceptable agresión verbal.

El populismo ha estimulado el uso del lenguaje bajo como una suerte de señal de identidad. El deseo de representar al pueblo ha ido de la mano con la falsa idea de que había que imitar los comportamientos más primitivos y vulgares de los sectores populares. Una kirchnerista que ha hecho de esta práctica una señal de identidad es la señora Hebe de Bonafini.

La estrategia dialéctica de deshumanizar al adversario político utilizando lenguajes maniqueos o estereotipos degradantes forma parte de esa cultura política del siglo XX, donde se imaginaba al mundo escindido en amigos y enemigos. Si la política se convierte en una batalla que sólo debe cesar con la derrota militar del que piensa distinto, esa visión extrema va siempre acompañada de las retóricas que propician el enfrentamiento bélico. Las palabras utilizadas como puños son la primera instancia que abre las puertas a la violencia abierta y desembozada.

Cuando es un periodista de gran influencia el que acude a utilizar estos recursos, el peligro es mayor. Los periodistas, en su condición de pedagogos de ciudadanía, tienen la obligación ética y deontológica de utilizar un lenguaje respetuoso de la dignidad de todas las personas, cualquiera sea su ideología política. Existe una enorme distancia entre criticar las actuaciones políticas o éticas de las personas que en atacar a la persona en su dignidad más fundamental. La consideración del contrincante político como un enemigo –en vez como adversarios- es uno de los legados políticos que dejó el populismo en Argentina. No será posible erradicar esa concepción si se imitan sus comportamientos más aberrantes.    

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