Sistemas electorales

Felix Sosa

En orden a analizar cuáles son las opciones para el perfeccionamiento de las instituciones republicanas que nos rigen, no podemos omitir la cuestión del sistema electoral.

tmb1_17390_20150409102626Comencemos con el estudio del funcionamiento del Parlamento, que en la mayoría de las naciones líderes del mundo es no menos que el centro del sistema, como no debería ser de otra manera cuando se proclama diariamente y a grandes voces el desiderátum de la “democracia” y la importancia de la participación popular.

Pues bien: en nuestro país el Poder Legislativo tiende a ser un mero apéndice del Ejecutivo, que años ha se volvió la piedra de toque y el centro de la vida política, siendo en épocas de gobiernos fuertes el Congreso una mera “escribanía” destinada a registrar y convalidar las decisiones del “mandamás”, y disciplinados sus integrantes en rígidos conjuntos partidarios, a cuyos comandos se subordinan, salvo honrosas excepciones, mansamente. El extinto presidente Kirchner llegó a afirmar, en el transcurso de una campaña electoral para elegir representantes, que quería se enviaran al Parlamento “levanta-manos”, o sea personas incondicionales al caudillo.

Con la asunción de la presidencia por parte de quien no cuenta con mayoría parlamentaria propia, tal cual ocurre en la actualidad, ha cobrado la relevancia olvidada el Poder representativo, en tanto se vé obligado el Administrador a negociar la aprobación de sus proyectos y aún a introducir enmiendas en los mismos, para obtener los resultados esperados, afrontando continuamente el riesgo del rechazo, lo cual no debería alarmar pues no sería otra cosa que el juego institucional normal. De esta manera, la báscula del poder se inclina en parte en favor de la Institución que debería ser el centro de todo el sistema y que hace mucho había abdicado de esa calidad.

imgresVale la referencia a la reciente destitución de Dilma Rousseff por el Parlamento brasileño, que ha escandalizado a muchos de quienes equivocadamente identifican al Ejecutivo con la representatividad republicana y le asignan una centralidad institucional que de ningún modo debería tener, llegando a calificar como “golpe de estado” a lo sucedido.

Contrariamente a esa liviana afirmación, puede observarse que los diputados y senadores actuantes en la ocasión, se ciñeron estrictamente a las formas y a los plazos estipulados en la Constitución brasileña, cumpliendo prolijamente con todas las previsiones constitucionales antes de pronunciar el “impeachment”, que no es precisamente un juicio como algunos equivocadamente identifican, sino un juzgamiento político: se declara que la conducta política de la mandataria no se ha ajustado a lo debido y por tal motivo se la destituye, por motivos puramente políticos; justamente es de apreciar también que no se ha considerado delictual la conducta en cuestión, de allí que no medie inhabilitación como accesoria a la destitución en este caso.

El “impeachment” del sistema del país vecino, es la adaptación al sistema presidencialista que nos rige, de las “mociones de censura”, y “cuestiones de confianza” que rigen en los sistemas parlamentarios; debiera saberse que en esos países el Gabinete Ejecutivo es integrado por miembros electos del Congreso, volviendo a sus bancas al cesar en el cargo ejecutivo; cuando la votación en una cuestión de confianza o moción de censura es desfavorable al Gabinete, automáticamente se considera que tal falta de confianza obliga a sustituirlo, de modo tal que su permanencia en el cargo no está sometida a un plazo fijo, como los mandatos de los congresistas.

La particularidad de la representación en los países anglosajones, es que no está sometida al filtro ni a la disciplina partidarios; contrariamente a las “listas” (total o parcialmente cerradas) que caracterizan a sistemas electorales como el nuestro, cada uno de los diputados debe adjudicarse la banca compitiendo en su distrito electoral, demostrando, antes de asumir mayores responsabilidades, que una cantidad suficiente de electores le brindan directamente su confianza a través del voto.

Por lo contrario, el sistema de “listas” mediatiza el contacto entre el representante y el pueblo, ya que de hecho el ciudadano para ser electo debe contar con el respaldo de un partido y conseguir un lugar medianamente expectante en la lista a formar; así es como la lealtad de los electos, más que al pueblo nominalmente representado, se halla adherida al partido que le facilitó la inclusión; de esta manera, al procurar la renovación de su mandato, no se preocupará primordialmente por la opinión y el apoyo de los electores sino por su relación interna con el partido, y por su posición en el esquema de poder del mismo, para poder obtener un lugar relevante en la lista.

Por parte del elector, los distintos partidos le presentan listas en cuya formación habitualmente se alternan “la biblia con el calefón”, conjuntos heterogéneos en los cuales cada agrupación resalta los méritos de los que encabezan las listas, instando a votar por ellos; no se dice pero va sobreentendido que el votante debe “tragar el sapo” de determinados integrantes de la lista, o brindar su apoyo a quienes en realidad son para él perfectos desconocidos, fenómeno éste que se hace más extendido cuanto mayor es el distrito y/o el número de representantes a elegir.

Tal como puede entonces apreciarse y se deduce de lo dicho, la verdadera libertad de elección del ciudadano “de a pie”, resulta muy limitada, y son muchas las oportunidades en que no sabe por quién está votando. Y parece algo así como una broma que después nos digan que fulano o zutano son nuestros representantes, cuando quizás no los conozcamos o hasta tengamos de ellos el peor concepto, por cuanto el sistema está organizado como una competencia entre distintos emblemas partidarios.

De allí que muchos críticos de este sistema apuntan con sorna que “más que una democracia, ésta es una partidocracia”, porque es justamente ésta su naturaleza y lo que el legislador en realidad ha procurado establecer.

En el sistema que nos rige el pueblo llano es nominalmente el depositario de la soberanía; a su nombre se ejercerá después el Gobierno. Los ciudadanos que integran ese pueblo son consultados sólo en último término, después de una serie de trámites más o menos oscuros en cada uno de los grupos políticos. Llenarse la boca hablando de “democracia” en tales condiciones sonaría a burla o escarnio si no mediara la creencia en muchas personas y aún en algunos políticos, de que en tal cosa consiste el citado sistema y que lo que se está haciendo es la “voluntad popular”, cuando no es más que la voluntad de una “élite” o a lo sumo un resultado de la negociación entre dos o más “élites”.

Colocar a la mediación partidaria como prioritaria al voto ciudadano directo a cada uno de los representantes, es como poner al carro delante de los bueyes: es no otra cosa que decirle al ciudadano: “puedes elegir, pero sólo entre quienes nosotros, los políticos, te decimos que lo hagas”. Eso es lo que hoy tenemos, con el agravante de que a pesar de una organización legal pesada y burocrática (el “Estatuto de los Partidos Políticos”) no hay agrupaciones políticas medianamente estables y con un “mínimum” de organización siquiera. Los partidos, salvo honrosas  excepciones (lo que queda del radicalismo y del socialismo, y algunos provinciales), se arman y desarman como instrumento de una persona o un pequeño grupo de ellas (por ejemplo, el hoy  oficialista “Cambiemos” se armó alrededor del actual Presidente, y de ello hay otros ejemplos…)

Vuelvo al mundo anglosajón. Allí rige el sistema que en nuestra doctrina política es llamado como de “circunscripciones uninominales”, por el cual cada distrito elige uno y sólo un representante (obviamente, a tal fin las divisiones políticas de mayor superficie o población se dividen en cuántos distritos menores fueren necesarios). De tal modo, se crea un vínculo directo entre elector y elegido, sea cuál fuere o pudiera ser la agrupación política que patrocinara a éste. No se vota entonces al partido sino al político local, o al preferido por los electores locales.

Cuando ese vínculo entre el diputado y su distrito es lo suficientemente fuerte (lo que ocurre cuando justamente el representante se preocupa de atender las inquietudes, problemas y quejas de su zona, ya que los electores se dirigen en primer lugar a “su diputado”), conserva incluso su cargo en caso de presentarse como candidato independiente (de los cuales suele haber varios en esos cuerpos representativos) o directamente por otro partido.

Especial mención a este respecto es el caso de nada menos que Winston Churchill, diputado a la Cámara de los Comunes británica durante varios períodos, y conductor de la política inglesa como Primer Ministro durante todo el transcurso de la II Guerra Mundial, la mayor conflagración bélica de la Historia: pues bien, Churchill, originariamente del Partido Conservador o tory fue continuamente un rebelde, un outsider dentro del mismo, y en varias ocasiones se presentó por los liberales o whigs, y también como  independiente, sin que ello hiciese peligrar  su banca; señal de que además de ocuparse de los problemas generales del país y de la situación internacional, mantenía un fluido contacto con sus electores  y trataba de atender sus problemas.

Para terminar con el aspecto anecdótico de este estadista, recordemos que fue el autor de la famosa frase valorando ese sistema como el de la democracia, y sosteniendo que era  muy malo… pero que hasta entonces no se había inventado nada mejor, opinión con la que concuerdo totalmente, incluyendo en la misma la superioridad del sistema parlamentario sobre el presidencial que nos rige. eventosinfotoCreo que esta superioridad se manifiesta especialmente en la flexibilidad referida al Poder Administrador, designado sin plazo fijo y siempre sujeto al Legislativo.

Ha sido el propósito de esta breve nota la intención de comparar lo que tenemos con los sistemas que estimo superiores, para la mejor re-institucionalización del país, tan deteriorado en todos los aspectos.

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