Ha muerto Fidel Castro

Aleardo Laría.

Ha muerto el hombre que con su trayectoria confirmó la clarividente frase de Karl Popper: “Advierto ahora, con mayor claridad que nunca, que aún los errores más graves provienen de algo no menos admirable y firme que peligroso, a saber, nuestra impaciencia por mejorar la suerte de nuestro prójimo”. Revolucionario impenitente, luchó contra un dictador en Cuba para instaurar una dictadura más feroz y sangrienta. El extremo voluntarismo y las visiones ideológicas equivocadas dejan como saldo un país atrasado y empobrecido.

Los liderazgos carismáticos caen inevitablemente en el mesianismo y son incapaces de procesar sus propios errores. Las dictaduras personalistas terminan en un autoritarismo improductivo y estéril. La indiferencia por los derechos humanos de los que son considerados meros “gusanos”, convierte a la política en una suerte de enfrentamiento bélico permanente. En ese clima de intolerancia cuasi religiosa es  imposible someter a la crítica constructiva a las propias ideas y los errores se suceden vertiginosamente.

 Con la muerte de Fidel Castro desaparece también el responsable moral de la muerte de miles de jóvenes latinoamericanos que se entregaron a la “lucha armada”. Es posible desentrañar ahora las razones ideológicas y emocionales que llevaron a gran parte de una generación juvenil a depositar tantas esperanzas en el ejercicio de la violencia guerrillera. Una metodología que suponía poner en riesgo la propia vida, pero al mismo tiempo disponer de la vida de los demás. Esto solo era posible si se disponía de una elaborada construcción ideológica y moral que permitiera soportar el peso de tamaño  desafío.

En esa visión ideológica estaban presentes ingredientes conocidos: el marxismo, con su visión de que la lucha de clases llevaba de modo ineluctable a la derrota del capitalismo y al surgimiento de una sociedad nueva;  el viejo culto al mito revolucionario que arrancaba con la Revolución Francesa y  luego fuera retomado por Lenin tras su éxito al liderar la inimaginable Revolución Rusa; y  también ciertas ideas del maniqueísmo cristiano que se colaron gracias a la Teología de la Liberación.

Contribuyó a forjar  esa cadena de errores el contexto internacional, con la presencia ominosa de la guerra fría, pero la responsabilidad principal le cabe a  Fidel Castro en su afán de trasladar a otros territorios la idea romántica de la lucha librada en la Sierra Maestra. Miles de jóvenes latinoamericanos fueron seducidos por la idea de que era posible reproducir esa lucha en sus respectivos países. Como bien señala Daniel Muchnik (“Furia ideológica y violencia de los 70″), “la lucha armada fue una iluminación que enceguecía y taponaba la racionalidad. Una religión con fieles convencidísimos”. Centenares de jóvenes fueron entrenados en los campamentos militares de los alrededores de La Habana para emprender “salvajes y suicidas aventuras guerrilleras que ensangrentaron el continente y promovieron la llegada al poder de feroces dictaduras militares”.

 

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