Las polémicas declaraciones del senador Pichetto

Aleardo Laría.

Las polémicas declaraciones del senador Miguel Pichetto en un canal de TV han dado lugar a la indignación de personas sensibles a la política de derechos humanos que protegen a los inmigrantes. Pero también se han sumado a la crítica los sectores kirchneristas que consideran al senador un “traidor”, representante de la “derecha” peronista. Habría que prestar más atención al problema real de la inmigración que detenerse en el uso más o menos afortunado de las palabras que se improvisan en una simple conversación televisiva.

La inmigración irregular, en el marco actual de la globalización, es un problema que no  se puede ignorar.  En la Unión Europea se ha convertido en una cuestión que da lugar a encendidos debates sin que exista una política común totalmente compartida por todos los Estados. Se atribuye al fenómeno de la inmigración una incidencia fundamental en el crecimiento de los partidos populistas xenófobos de derecha que explotan el temor a la pérdida de empleos por los trabajadores nacionales.  Por lo tanto, nadie debe sentirse incómodo por abordar esta compleja temática con rigor y sin eufemismos.

En general, en los países más desarrollados, que resultan polos de atracción para la inmigración proveniente de países más pobres, se establecen cupos que permiten el ingreso de aquellos trabajadores que vienen al país de forma legal  a ocupar puestos de trabajo previamente determinados. Ningún país está preparado para recibir una inmigración masiva que provocaría un desajuste enorme en el mercado de trabajo y colapsaría las políticas sociales de los países más avanzados.

Generalmente, quienes reaccionan con mayor virulencia a la presencia de trabajadores extranjeros son los sectores más humildes de la sociedad, que se ven obligados a compartir barrios, hospitales y escuelas con los recién llegados. Si las tasas de desempleo son elevadas, aumenta la creencia de que es consecuencia de una mano de obra más dispuesta a aceptar condiciones de trabajo inferiores al estándar local. Como señala Loris Zanatta,  “esto debería hacer entender por qué una política de apertura indiscriminada a los inmigrados, ética y políticamente correcta, no resulta viable. Además de ser insostenible en términos económicos, produciría tensiones sociales tan extendidas y radicales que terminaría por impedir una política más gradual y eficaz”.

Algunos economistas progresistas, -como es el caso de Dani Rodrik- conscientes de la magnitud del problema, han propuesto programas a pequeña escala que permitan una movilidad laboral manejable. Sugieren, por ejemplo, que los países ricos se comprometan con un plan que ofrezca visados de trabajo temporal para ampliar su fuerza de trabajo en no más del 3 %, mediante contratos de hasta cinco años de duración. Considera que el retorno de esos trabajadores, que han acumulado conocimientos y ahorros, a sus países de origen, los podría convertir en verdaderos agentes de cambio para sus sociedades más atrasadas.

Con independencia del mayor o menor acierto de estas iniciativas, lo cierto es que nadie defiende seriamente una política de apertura irrestricta de los flujos migratorios. Se pueden hacer, por parte de políticos demagogos, bellos discursos sobre la hermandad entre los pueblos del mundo. Pero lo cierto es que, como señala Frans de Waal, los seres humanos estamos atados a una estructura psicológica  conformada por millones de años de vida en comunidades pequeñas que lleva a dificultar la identificación con los foráneos. Como añade de Waal, “hemos sido diseñados para aborrecer a nuestros enemigos, ignorar las necesidades de la gente que apenas conocemos y desconfiar de cualquiera que tenga un aspecto distinto al nuestro”. 

Lejos de todo determinismo biológico, simplemente hay que recordar que las políticas tendrán éxito en la medida que tengan en cuenta las predisposiciones humanas. Recordemos que el comunismo fracasó porque la estructura de incentivos económicos que había diseñado no respondía a la naturaleza humana. No estamos conformados por una predisposición flexible que se adapta a todas las circunstancias. La ampliación del círculo moral entre naciones se consigue cuando se alcanza un equilibrio entre competencia y cooperación. Las culturas humanas exhiben grandes contrastes en esta materia que no deben ser ignorados.

               

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