¿Qué entendemos por populismo?

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El adjetivo “populista” se ha generalizado tanto que resulta difícil conocer cuál es exactamente su significado. Se tilda de populista al nuevo presidente conservador de los Estados Unidos, Donald Trump, pero el mismo calificativo sirve para caracterizar a Pablo Iglesias, el joven e irreverente líder de Podemos, el nuevo partido político español situado claramente a la izquierda.  

Para el profesor de Ciencias Políticas Manuel Arias Maldonado, se debe empezar por aclarar que el populismo no equivale exactamente a “demagogia”,  que sería la palabra adecuada para designar   la oferta de soluciones sencillas para problemas complejos. Añade que “si así fuera, no hay partido político que pudiera sustraerse a semejante acusación”. Todos los partidos políticos necesitan traducir a un lenguaje sencillo los problemas que encierra la complejidad de la gestión económica en las sociedades modernas.

Siguiendo la propuesta del profesor Arias Maldonado, se puede considerar que en el populismo aparecen dos ingredientes inconfundibles: Uno es la utilización de una visión dicotómica del espacio político, donde el “pueblo” humilde y llano enfrenta a las enriquecidas y codiciosas élites o castas que no reparan en medios para aumentar su poder y riqueza. Se trata de una visión maniquea, de connotaciones religiosas, donde el Bien enfrenta al Mal.

El segundo ingrediente que aparece en toda propuesta populista es la presencia de un líder mesiánico que anuncia la llegada de un nuevo tiempo de buenaventura. La imagen de un rebelde –outsider- enfrentado a los malvados es una imagen que recrea las fantasías de los filmes que vimos en nuestra niñez. Mientras que el perfil del político reformista es poco atractiva,  la imagen de un líder rebelde es sexy. Detrás se encaminan las masas, llevadas por el sonido sensual y envolvente de un nuevo flautista de Hamelín.

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