EEUU, Rusia, China y el mundo porvenir

Jalenska Zurakoski Luparelli.

Este viernes 20 de enero, Donald Trump asumirá la presidencia de los EEUU.

Trump representa toda una novedad en la política estadounidense. Es un líder controvertido que, sin haber asumido su mandato, ya está generando hechos políticos de trascendencia global. La clave es la la incertidumbre puesto que nadie sabe a ciencia cierta cuál será su programa de gobierno. El magnate se presenta ante todo como un líder disruptivo, cuyas consignas tienden a ser tan apasionadas como contradictorias. Su llegada al poder está estrechamente vinculada con fenómenos locales y con procesos globales que hoy están poniendo a prueba al régimen internacional vigente.

En la actualidad, el mundo está atravesando cambios en el balance de poder que son consecuencia de una pluralidad de procesos. Primeramente podemos mencionar el declive de Europa, que va de la mano de una posible desintegración de los acuerdos multilaterales en base a los cuales se ha auto-regulado el mundo interdependiente desde el fin de la Guerra Fría. Aquí tiene un rol central la llegada masiva de inmigrantes al viejo continente, que aumenta los problemas derivados de las desigualdades que minan la cohesión social y desafían al Estado de Bienestar, desbordado por sus crecientes responsabilidades, teniendo como contrapartida la intolerancia.

Se agrega la amenaza del terrorismo de matriz islámica vinculado a conflictos étnico-religiosos y geopolíticos, que en reiteradas ocasiones se ha manifestado capaz de atacar con armas no convencionales sitios sensibles, sembrando el temor en las poblaciones. A la vez, y estrechamente vinculado a este fenómeno, perdura el conflicto en medio oriente que desafía los intereses geopolíticos de las principales potencias, que desde el estallido de la guerra en Siria ha dado mayor protagonismo a países no occidentales.

Tales procesos han incidido en la emergencia de líderes autocráticos y nacionalistas con una retórica altamente conflictiva, aparentemente decididos a romper con los lazos de interdependencia fundados en la paz y en la cooperación que desde los inicios de la globalización caracterizaron al régimen internacional que hoy está siendo cuestionado. Entre los cuales, Donald Trump es un vivo ejemplo.

Estas circunstancias se reflejan en cambios políticos, en los que se fusionan hechos de carácter doméstico con otros de trascendencia internacional, en los países los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, que dan cuenta de la reconfiguración del sistema internacional.

Allí nos encontramos con dos actores europeos. Por un lado, Gran Bretaña, donde el aislacionismo se impuso con la decisión de su población de escindirse de la Unión Europea a través del “Brexit”, en desmedro de la integración y a favor de mayores restricciones a la inmigración. Por el otro, se encuentra Francia, donde la líder populista-nacionalista Marine Le Pen aspira a la primera magistratura, ella es heredera del Frente Nacional que fundó su padre y fue una de las primeras dirigentes en aplaudir la victoria de Donald Trump. Su rival es el conservador François Fillon, quien también puja por reducir la inmigración e invertir fuerte en seguridad y defensa.

En lo que respecta a los desafíos que entrelazan a los otros tres países extraeuropeos, miembros del Consejo, en estos días previos a la asunción del nuevo presidente de los EEUU han tenido lugar hechos muy significativos que ofrecen información sobre el mundo que se viene, en los cuales, tanto el presidente saliente de los EEUU, Obama, como en entrante, Trump, tuvieron un rol central en la escalada de las tensiones.

La relación entre Rusia y EEUU ha sido tensa durante el 2016. Vladimir Putin procura mantener una agenda internacional activa, tratando de mantener el prestigio ruso entre las naciones, demostrando fortaleza y capacidad para influir en los asuntos globales, mientras puertas adentro su país atraviesa una crisis económica. Rechaza a la Unión Europea y a la OTAN, con cuyos intereses geopolíticos ha confrontado en Siria. Putin ha brindado su apoyo a las fuerzas del gobierno de Bashar el Assad, líder del único país con costa en el Mediterráneo aliado a Rusia, confrontando directamente contra EEUU y sus aliados. En este escenario, China no ha sido un actor menor, aunque se ha esforzado en mantener un perfil bajo al hacer causa común con Rusia. Ambas potencias procuran tener acceso a casi todo el continente euroasiático, sus economías, recursos y puertos; regulando las relaciones con prescindencia de la UE y de la OTAN.

En la campaña presidencial en los EEUU, cuando Hillary Clinton competía con Donald Trump, Rusia jugó un papel fundamental a favor del histriónico candidato republicano. Hasta el mismo presidente Obama se ha referido a ciberataques por parte del servicio de inteligencia ruso y a la difusión de noticias falsas a través de internet para manipular a la opinión pública estadounidense. El acercamiento ruso al candidato electo, Trump, ha preocupado de sobremanera al líder demócrata, que a escasos días de dejar la presidencia en manos de su sucesor ha decidido tomar medidas claves en materia de política internacional. Sin ir más lejos, el 11 de enero pasado, Obama motivó una escalada en la tensión militar con Rusia al movilizar tropas en Polonia, emplazándolas definitivamente sobre la frontera con el gigante euroasiático para contraponer la relación de Trump con Putin. El Kremlin reaccionó con preocupación entendiendo que este despliegue constituye una «amenaza para los intereses y la seguridad de Rusia».

Mientras sucedían estos hechos, el futuro Secretario de Estado de los EEUU, Rex Tillerson, comparecía ante el Senado, del cual requiere la aprobación para su designación. Según explica el analista Rosendo Fraga en una nota publicada en Clarín, Tillerson en sus declaraciones fue contundente respecto a China. Dijo que su país impedirá el acceso de la potencia asiática a las islas artificiales que ha construido en el Mar del Sur de China,- donde tiene conflictos de soberanía con Taiwán, Filipinas, Vietnam, Indonesia, Malasia y Brunei,- en los que semanas atrás desplegó misiles tierra aire, tras el diálogo telefónico de Donald Trump con la presidenta de Taiwán, trascendiendo que podía abandonar la política de «una sola China».

Tillerson sostuvo que las acciones de China mediante estas islas eran similares a la anexión de Crimea por parte de Rusia; acusó a Beijing de ser un aliado de Norcorea al no presionarla lo suficiente para que abandone sus armas nucleares y que la decisión china de crear una «zona de defensa» en torno a las islas Sensaku en el Mar Oriental de China, donde tiene disputas con Japón y Corea del Sur, es «ilegal». Todas afirmaciones que, siguiendo a Fraga, van mucho más allá del riesgo de una guerra comercial y cambiaria.

China ya expresó públicamente en diversas oportunidades que considera que Trump es una amenaza para la «estabilidad» mundial, recientemente lo calificó de riegoso para la «paz». Luego de la exposición de Tillerson, China ha dicho que si EEUU quiere impedirle el acceso a las islas artificiales en el mar del Sur, sobre las que sostiene que posee derechos soberanos, deberá «librar una guerra a gran escala».

Presidente de China, Xi Jinping

Claramente la China de Xi Jinping es adversa al nuevo presidente de EEUU y anticipa una escalada en las tensiones que, mínimamente, impactará en el comercio internacional. Sin ir más lejos, desde hace meses que China se concentró en la organización del Foro de Davos, liderando el evento y pautando estratégicamente en la misma semana en la que Trump ha de asumir su cargo. Hoy, al inaugurar el foro el presidente chino defendió la globalización ante los hombres de negocios del mundo. «Es verdad que la globalización creó nuevos problemas, pero esta no es la justificación para eliminar la globalización económica completamente. Deberíamos adaptarnos y guiar la globalización económica, amortiguar sus impactos negativos y entregarle sus beneficios a todos los países», afirmó Xi Jinping en Davos.  

China pretende ocupar un rol protagónico en el sistema capitalista global y el probable ensimismamiento de la economía estadounidense en la era Trump le cede espacios que la administración Obama había cuidado de toda injerencia del gigante asiático. De hecho, el futuro presidente estadounidense ha rechazado con vehemencia la posibilidad de continuar forjando el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, concebido como parte de una estrategia de Obama para hacer frente al avance de China en la región. Luego de que Trump declarara que va a abandonar el acuerdo una vez que asuma su mandato, China, ni lenta ni perezosa, ya ha comenzado a proyectarse en el Pacífico para readecuar el acuerdo multilateral regional en sus propios términos. Lo cual inquieta a los aliados de EEUU, Japón y Corea del Sur, países que mantienen conflictos geopolíticos con China de larga data.

Dadas las circunstancias, la cancillería argentina debe replantearse algunos objetivos con los que había comenzado su labor en diciembre de 2015, dado que en el plano regional, el gobierno argentino procuraba tener más poder en la definición de la agenda del MERCOSUR, liderando las negociaciones con la Unión Europea. Tanto la crisis de Brasil como la que atraviesa la UE, sin ahondar en las consecuencias del colapso de la Venezuela chavista, obligan un replanteo. Asimismo, pretendía negociar un mayor acercamiento con la Alianza del acuerdo Transpacífico, que hoy, por voluntad de Trump, se halla en un interregno. 

El mundo que está comenzando a perfilarse exige un perfil pragmático, en el que primen los intereses de las naciones por sobre las ideologías, basado en acuerdos bilaterales antes que en convenios multilaterales. No se trata de alineamientos permanentes, ni de definir amigos o enemigos en materia política, sino de aprovechar las interdependencias a nivel global a los fines de ubicarnos en una posición favorable para crecer, maximizando y diversificando los vínculos comerciales a nivel global.

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