El populismo estadounidense del siglo XIX

Aleardo Laría.

            El discurso de investidura de Donald Trump puede encuadrarse dentro de la clásica retórica populista, de modo que no parece muy desatinada la afirmación del ex secretario de Comercio, Guillermo Moreno, de atribuirle al nuevo presidente la condición de “peronista”. “Vamos a quitarle el poder a Washington y devolvéroslo a vosotros, el pueblo americano”, dijo Trump. “El 20 de enero de 2017 será recordado como el día en que el pueblo se convirtió de nuevo en el gobernante de la nación”, agregó. Solo resta añadir que, como veremos a continuación, el uso de esta retórica populista no es una novedad en Estados Unidos.

            El primer presidente  populista de Estados Unidos fue Andrew Jackson, quien sirvió como séptimo presidente durante dos mandatos, entre los años 1829 y 1837.  Es considerado uno de los fundadores de lo que luego llegó a ser el Partido Demócrata. Se hizo acreedor al título de King Mob (“Rey chusma”) cuando invitó al público en general a asistir al baile de inauguración de su presidencia. Fueron tanto los “descamisados” que acudieron que aquello terminó fuera de control, y los organizadores tuvieron que colocar tinajas con ponche en los jardines para conseguir que abandonaran la Casa Blanca.

            Jackson impidió, durante su presidencia, la renovación de la licencia del Banco de  Estados Unidos y explicó que su decisión obedecía al propósito de defender los intereses del pueblo frente a los banqueros ricos. Por otra parte, implantó el spoil system (sistema de botín), es decir el derecho del presidente a quitar de sus puestos a los empleados públicos y poner en su lugar a los partidarios del gobierno con el argumento de que esto suponía una extensión de la democracia. Cabe añadir, por su actualidad, que Jackson  propuso también, ya en aquellos años, una enmienda a la Constitución para abolir el sistema de colegio electoral previsto para elegir al presidente.

            El populismo de Jackson resurgió con fuerza debido a la crisis que afectó a la agricultura norteamericana en las décadas posteriores a la Guerra de Secesión (1861-1865). La mayor velocidad de los barcos de vapor, la apertura del Canal de Suez y la expansión de  las vías ferroviarias, permitió a los granjeros del Medio Oeste acceder a un competitivo mercado internacional donde debieron verse con nuevos proveedores de alimentos como Argentina, Canadá y Australia. Los precios del maíz, el trigo y el algodón experimentaron una drástica caída durante la depresión internacional que tuvo lugar en el último tercio del siglo XIX.

            La situación internacional se vio agravada por una crisis financiera interior derivada de la desmonetización de la plata en 1873 (“el crimen de 1873”), lo que produjo una drástica caída en su precio. Esto dio lugar a un discurso populista que atribuía los males sociales a una conspiración de los grandes banqueros que, se aseguraba, podían deflacionar la moneda a  voluntad e incrementar así el valor de las deudas bancarias. Los perjudicados eran los granjeros que solicitaban créditos para sostener una agricultura capital-intensiva  debido al uso de maquinarias necesarias para compensar la escasez de mano de obra.

            Asumiendo la defensa de estos granjeros, se conformó en 1892, el Partido del Pueblo, cuya plataforma incluía un amplio programa relativo al circulante y al crédito, con una particular demanda de “plata libre”, es decir de demanda de libre acuñación de la plata. En la plataforma se aseguraba que “una vasta conspiración contra la humanidad se ha venido organizando en dos continentes y se está apoderando rápidamente del mundo. Si no se la enfrenta y se la quita de en medio al instante, presagiará terribles convulsiones sociales, la destrucción de la civilización o el establecimiento de un despotismo absoluto”.

            En la literatura populista de la época estos temas se repiten sin cesar, estableciendo una división de la sociedad en dos partes: por un lado “el pueblo”, que trabajaba para vivir, y por el otro los intereses que explotaban al pueblo, una pequeña minoría integrada por banqueros, dueños de los ferrocarriles y la industria. “Se trata de una lucha entre los que roban y los que son robados”, afirmaba Jerry Simpson. “Una lucha entre el capital y el trabajo”, aseguraba el general James Weaver. A lo que B. S. Heath añadía una frase de claras resonancias peronistas: “En el mundo ha habido siempre dos clases de personas: las que viven de su trabajo honesto y las que viven del trabajo honesto de los demás”.

            En la primera elección en la que participó, el candidato del Partido del Pueblo, el general Weaver, obtuvo el 8,5 % de los votos. Solo en nueve estados de la franja triguera consiguió más de un tercio de los votos. El sistema de colegio electoral afectaba en forma negativa la posibilidad de un tercer partido en EEUU. Por ese motivo, en la siguiente elección, cuando el candidato del Partido Demócrata, William Bryan, prometió que iba a autorizar la libre acuñación de la plata, la mayoría del partido populista prefirió brindarle su apoyo. Bryan perdió las elecciones frente al candidato republicano McKinley y el Partido del Pueblo, dividido, se diluyó rápidamente con el retorno de la prosperidad y los precios altos de los granos a partir del año 1897.   

            Como se percibe, uno de los rasgos constantes del populismo es esta tendencia a construir un discurso simplificador, maniqueo, donde se resalta un enfrentamiento  ético y moral entre el pueblo y sus “enemigos”, una etiqueta amplia donde puede entrar la “oligarquía vacuna”, la “casta” o “Washington”. Al adoptar un estilo discursivo moral, propio de las guerras de religión, en donde el otro es visto como alguien malvado y amoral, se produce una deslegitimación del adversario político, que puede llevar hasta el intento de reducirlo a silencio. El discurso moral-populista, en una sociedad laica que admite como algo natural la pluralidad de discursos, constituye un claro anacronismo. Sin embargo, tampoco debiéramos negar que en nuestras modernas democracias no existe intervención política que no esté condimentada con algunos gramos de populismo.   

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