En un año electoral, Macri busca apoyos en la Patagonia

Jalenska Zurakoski Luparelli.

El jueves pasado se lanzó el Proyecto Patagonia. Desde Viedma, el presidente de la Nación y sus ministros, junto a los gobernadores de la región más austral y extensa del país se manifestaron esperanzados al confirmar la puesta en marcha de un acuerdo para potenciar el desarrollo de la región. 

Se trata de un plan a primera vista loable, pero que aún carece de toda consistencia. Por lo pronto el esbozo se presenta como un proyecto similar al Plan Belgrano pero con una mirada a futuro, sin referir a próceres u otros elementos del pasado.

Según trascendió del encuentro, durante este 2017 se reunirán cada 2 ó 3 meses los gobernadores de las seis provincias involucradas con ministros de la Nación a los fines de darle forma al proyecto. Los gobernadores protagonistas son Carlos Verna (La Pampa), Alberto Weretilneck (Río Negro), Omar Gutiérrez (Neuquén), Mario Das Neves (Chubut), Alicia Kirchner (Santa Cruz) y Rosana Bertone (Tierra del Fuego), ninguno pertenece a CAMBIEMOS y su tendencia es mayormente opositora.

Los más cercanos a Macri son el gobernador neuquino, dilecto en la Rosada y el rionegrino Weretilneck, quien ha conformado la miniliga de mandatarios provinciales que ha acompañado a la presidencia en el tratamiento de algunas cuestiones, tales como el debate ríspido de fin de año sobre la reforma del impuesto a las ganancias en el Congreso. Bertone y Das Neves han sido ambivalentes con un sesgo marcadamente crítico. En varias ocasiones los planteos de Das Neves resonaron fuerte en medios nacionales incomodando las gestiones nacionales en el sur. Mientras que Verna se ha expresado con contundencia en contra del gobierno nacional a lo largo de 2016. El manejo de los incendios que dejaron casi un millón de hectáreas quemadas en La Pampa tensó aún más la relación entre la Nación y el gobernador norpatagónico, cuyo diálogo a mediados de enero estaba virtualmente cortado. Sobra mencionar la oposición militante de la hermana del fallecido ex presidente Néstor Kirchner.

Con las elecciones de medio término en puerta y pensando en que CAMBIEMOS aspira a permanecer 8 años en el poder a los fines de superar una etapa de obligada transición camino a la consolidación de su proyecto de poder, sería necio no interpretar a corto y mediano plazo en clave electoral el lanzamiento del Plan Patagónico.

En las elecciones de 2015, la coalición liderada por Macri no ganó ninguna de las seis gobernaciones en juego. CAMBIEMOS no se impuso en ninguno de esos distritos y tanto en Tierra del Fuego como en Chubut y Río Negro quedó detrás de Daniel Scioli y Sergio Massa, ocupando un incómodo tercer puesto. En La Pampa, Santa Cruz y Neuquén, quedó segundo después de Scioli. En la segunda vuelta perdió en todas las provincias, a excepción de La Pampa.

Actualmente la relación con los gobernadores patagónicos es buena, exceptuando a Alicia Kirchner. No obstante el apoyo ha estado sujeto a distintas tensiones que han puesto en duda el acompañamiento de una región que significa un caudal de más de un millón y medio de votos, con presencia en el Congreso.

Claramente la iniciativa presidencial augura la llegada de fondos para la obra pública que beneficiarían a los oficialismos provinciales, puesto que hoy el grueso de sus ingresos se destina a cubrir gastos corrientes, con escaso margen para anuncios grandilocuentes. Así, el gobierno nacional logra mesura en el disenso y acompañamiento por parte de sus opositores seduciéndolos con la expectativa de fondos y provee a ambas partes de una carta fuerte de negociación en el Congreso.

Si bien CAMBIEMOS puede mejorar su posición tras las legislativas, los pronósticos indican que seguirá siendo una fuerza minoritaria obligada a dialogar permanentemente para avanzar con su programa de gobierno. Mientras, un plan a largo plazo alimenta la posibilidad de estabilidad -siempre precaria- en la alianza con las provincias, entreteje intereses y genera compromisos.

De tal forma, pareciera que el gobierno nacional ha encontrado que avanzar en la construcción de consensos alrededor de temáticas particulares en mesas de negociación acotadas, es un camino viable para lograr avances medidos en pos de la gobernabilidad: esa combinación de legitimidad y eficacia fundamental para la sobrevivir en el poder y preservar las instituciones.

Sin ir más lejos, al momento la referencia obligada para el Proyecto Patagónico es el plan anunciado en la campaña presidencial de Macri de 2015 para el desarrollo del norte argentino. Durante este 2017, las 10 provincias que integran el Plan Belgrano esperan verse beneficiadas con un presupuesto de $94.825,2 millones para las acciones de desarrollo, según ha informado la Jefatura de Gabinete de Ministros en la Cámara de Diputados. Dichos fondos se repartirán por área y en cada una de las provincias parte: Salta, Jujuy, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Misiones, Corrientes, Chaco, Formosa y Santiago del Estero. Las tres áreas que prevé el plan son Infraestructura, Social y Productiva. 

El plan que se está desarrollando en el Norte, tiene dos ejes fundamentales para el crecimiento económico: uno es el componente de infraestructura (rutas, caminos, trenes y aeropuertos) y otro es el de exenciones impositivas y promociones, lo cual nos lleva a poner en consideración otros aspectos. Más allá de la obligada mirada electoralista, cabe valorar estos planes en vistas al crecimiento económico.

Partiendo de la base de que las recetas con las que ha experimentado el populismo argentino por largos años solo han incurrido en consumir el capital existente destruyendo las estructuras productivas y desalentando la inversión, todo plan tendiente a colocar incentivos para impulsar la iniciativa privada, que reduzca costos en pos de una mayor productividad, es auspicioso.

Una parte sustantiva de la herencia recibida por CAMBIEMOS es una población culturalmente afín al populismo, habituada a vivir directa o indirectamente de la política, cuyas posibilidades de ascenso están vinculadas al sector público. La responsabilidad de este “sesgo cultural” tiene profundo arraigo en nuestra historia desde tiempos coloniales. En las provincias argentinas alrededor de un 60% de las poblaciones vive del Estado. De tal forma, el populismo tiene una elevada legitimidad y ello condiciona enormemente las posibilidades de cambios estructurales, positivamente republicanos en Argentina. 

El desafío de retomar la senda del crecimiento económico que el país dejó atrás a comienzos del siglo pasado debe enfrentar tales trabas culturales, en lo que ha de constituir un verdadero cambio de paradigma que solo puede ser posible en el largo plazo, con una mirada puesta en políticas de estado que trasciendan la coyuntura de tal o cual gobierno. Un desafío que interpela a toda la dirigencia política argentina, que lamentablemente hoy carece de estadistas.

 

 

Comentarios

comentarios

Sé el primero en comentar

Deja un comentario