Rosas y Urquiza: todo el poder a los CEOs

Héctor Landolfi

La llegada de Mauricio Macri a la presidencia de la Nación disparó el debate, y no pocas críticas, sobre la conveniencia o desventaja de ver a exitosos empresarios privados en puestos públicos.

Pocos han reparado que el acceso al poder político de poderosos emprendedores no es un fenómeno exclusivo del Siglo XXI.

Juan Manuel de Rosas (1793-1877) exitoso empresario pecuario bonaerense y Justo José de Urquiza (1801-70), rico productor ganadero y comerciante entrerriano, son ejemplos demostrativos de que el éxito económico es compatible con el político. Y si hoy la historia argentina recuerda a ambos dirigentes por su protagonismo -más allá de sus capacidades personales- ello pudo darse gracias al poder económico que detentaban.

Rosas y Urquiza tuvieron una larga historia de encuentros, enfrentamientos, alianzas y una brutal confrontación final. Hasta en los vericuetos de esta zaga hay semejanzas con la actividad empresaria.

La competencia, las alianzas circunstanciales y hasta las zancadillas para destruir al competidor forman parte del pragmatismo economista como del realismo político.

La crueldad construyó un tenebroso túnel que unió a ambos dirigentes. Con La Mazorca, Rosas perpetró no pocos crímenes contra sus opositores políticos; y Urquiza ejerció la despiadada costumbre de decapitar a sus prisioneros. 

Existe una coincidencia “competitiva” entre El Restaurador de las Leyes y El Supremo Entrerriano, es la producida al proyectar –y sobre todo ejercer- el erotismo criollo.

Una amplia lista constituida por hijos legítimos, ilegítimos reconocidos,  no recocidos y –según las malas leguas que suelen alimentar la historia- habría otra, aún mayor: la de hijos desconocidos o no registrados.

En este punto, parece que también el desenlace -y sobre todo el conteo filial-, favoreció al vencedor de Caseros.    

A los seguidores de Juan Manuel de Rosas, adalid del tradicional nacionalismo católico argentino, se los ubicaba más próximos a Franco y Mussolini que a Carlos Marx.

No obstante la clara posición ideológico-religiosa del rosismo, recientes manejos efectuados desde un sesgado historicismo de izquierda, convierten al Restaurador de la Leyes en una suerte de líder del progresismo. El kirchnerismo tuvo mucho que ver en este entresijo.

Y Justo José de Urquiza, que históricamente fue visto como el que liberó al país de la tiranía rosista, pasó a ser un traidor y –no obstante sus fuertes vínculos con el Vaticano-, es señalado como agente de la masonería. Y la misma visión oblicua le otorgó el papel de malo de la película.

En la actualidad, poderosos CEOs han llegando a la cúspide del poder político, tanto en potencias como en países de menor poder. Es el caso de Trump, en Estados Unidos; Kuczynski en Perú; Cartes, en Paraguay; Piñera, que puede volver a la presidencia en Chile y el ya citado caso de Macri, entre nosotros.

¿Es esto bueno? Creo que la respuesta a esta pregunta está en la observación de cada caso en particular, analizándolo sin prejuicios y con el menor apasionamiento posible.

No obstante los fuertes antecedentes históricos, hay diferencias importantes en la evaluación que hace la sociedad en relación a los CEOs de hoy con los de antes.

A los históricos, el poder económico les daba prestigio social y seguro pasaporte al poder político. Y nadie los criticaba por esa accesibilidad, ni eran cuestionados por realizar “negociaciones incompatibles con la función pública”. A los de hoy se los critica, precisamente,  por esas mismas realidades.

La lectura del testamento de Juan Manuel de Rosas, firmado y fechado en Southampton (Inglaterra) el 20 de agosto de 1862, revela la pormenorizada adjudicación hereditaria de su vasta fortuna.

Sólo citaremos tres de las acreencias que El Restaurador denuncia en su legado, sin referirnos a su vasta tenencia de tierras. En la primera declara ser “acreedor al Estado de Buenos Aires de un importe de (116$000) ciento diez y seis mil reces, novillos y vacas gordos, cuarenta mil seiscientas ovejas, todo de mi propiedad, consumidos los unos y empleados los otros en los ejércitos de Buenos Aires”. Se trata del aporte efectuado por Rosas a su “Campaña a los Desiertos del Sud” (1833-34), de la que fue el principal financista.

El segundo crédito reclamado por Rosas al Estado argentino es la ganadería que el Gobierno de Buenos Aires le confiscara luego de su derrocamiento en la Batalla de Caseros (1852).

Se trata, según reza su testamento, de “sesenta mil cabezas de ganado, entre vacas, novillos y terneros, mil bueyes gordos de lo mejor, tres mil caballos buenos y sanos, cien mil ovejas, mil Anim. Yeguarizos”.

Rosas fue un eficaz y prolijo administrador de estancias propias y ajenas. Su riqueza personal y el trabajo realizado en las propiedades de sus primos Nicolás y Tomás Manuel de Anchorena, los mayores terratenientes de la época, lo demuestran.

Tomás Manuel de Anchorena fue primo y ministro de Relaciones Exteriores de Rosas. ¿Se puede establecer una relación entre Máximo Terrero y Jared Kushner? Ambos son yernos, el primero de Rosas y el segundo de Trump. El primero fue secretario privado del Restaurador y el segundo es asesor del nuevo presidente norteamericano; el nepotismo, también tiene profundas raíces en la historia.

La tercera acreencia que citaremos son los honorarios, más los gastos e  intereses, que los Anchorena deben a Rosas por la administración de sus estancias. Dice el testamento referido: “Considero justo se me abone por los herederos de mis primos, los S.S. Juan José y Dn. Nicolás Anchorena y sus Viudas” la suma de “setenta y ocho mil quinientos cuarenta y cuatro pesos fuertes metálicos…78.544$”.

Rosas nombra en Londres a “Lord Vizconde Palmerston”, como su albacea, y dice que en caso “de su muerte, nombro (¡nada menos!) a la persona que desempeñe el Ministerio de Relaciones Exteriores de su Majestad Británica”. Y pide a su representante que gestione la cobranza de sus honorarios como administrador ante la familia Anchorena.

Urquiza, al igual que Rosas, demostró gran capacidad para los negocios rurales. Y, como lo hiciera el Restaurador, conjugó con éxito la actividad económica con la militar y política.

Pero a diferencia de su par bonaerense, el entrerriano diversificó sus inversiones. Al tradicional negocio de las tierras, el ganado y los saladeros, Urquiza le agregó los textiles, la posesión de la Aduana y la cobranza de  aranceles. Y una fuerte vinculación con la banca europea y hasta fue propietario de un ingenio azucarero en Tucumán. Fue uno de los hombres más ricos del país.

Las estancias (su presencia edilicia) en un país sin monarquías, son nuestros palacios; concentraban el poder económico de la explotación pecuaria y los resortes del dominio político.

“San Benito de Palermo” (lamentablemente demolida), de Rosas y el “Palacio San José”, de Urquiza fueron las verdaderas “Casas Rosadas” de la época. En ellas, sus dueños expresaron arquitectónicamente las vastas fortunas que poseían y, como los reyes, ejercieron el poder político con omnipotencia.  

Muere Rosas exiliado en Gran Bretaña, domicilio de su fugaz enemiga, la “Pérfida Rubia Albión” a la que combatió en la Batalla de la Vuelta de Obligado (1845).

Urquiza, gobernó Entre Ríos con mano casi tan dura como la de Juan Manuel. Y murió en su Palacio San José, víctima de un ramalazo de la guerra civil que lo tuvo como uno de sus principales protagonistas.

Nota del autor: el testamento de Justo José de Urquiza se encuentra en el Archivo General de Entre Ríos; solicité una copia de dicho documento pero fue imposible obtenerla.

 

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