China o el poder de las dimensiones

Héctor Landolfi

Es bien conocido el concepto que Napoleón tenía de China: “China es un gigante dormido. Deja que duerma, porque cuando despierte moverá el mundo”.

Pues bien, el coloso oriental ha despertado y su desvelo comenzó a mover –e inquietar- el mundo.

La superficie del titán chino es algo mayor a la de Norteamérica y es dos veces y media la de Argentina. Sus 1.400 millones de habitantes lo hacen el país más poblado del globo y con un crecimiento de 17 millones de personas al año (2016).

Este gigantesco conglomerado humano consume 77 millones de toneladas de carnes y 595 millones de toneladas de granos en un solo año.

Todo lo que China compra o vende –o deja de hacerlo- incide directamente en la economía global.

La Fuerzas Armadas chinas son una de las más numerosas, cuentan con un poderoso arsenal nuclear y su sistema de armas está en constante modernización y evolución tecnológica.

El famoso dicho “crecer a tasas chinas” ha quedado atrás y los porcentajes y expectativas de crecimiento del PBI se han reducido. Lo que no se redujo es el crecimiento del gasto militar cuyo porcentaje supera al del crecimiento general. China tiene el segundo presupuesto militar, debajo del de Estados Unidos y por encima del ruso. Es el tercer exportador de armas, detrás de Estados Unidos y Rusia.

La relación entre China y Estados Unidos es de importancia, dimensión y complejidad no vista desde el colapso de la Unión Soviética. La presencia de multinacionales norteamericanas produciendo en el país asiático; la vasta  tenencia china de Bonos del Tesoro norteamericano –reducida en los últimos años, pero igualmente importante-; la política fiscal y monetaria norteamericana impactando en el flujo o reflujo de la inmensa masa de dólares de las reservas chinas, hablan a las claras de las significativas características que tiene la relación entre estas dos superpotencias.

La ciudad de Shanghái, con sus 25 millones de habitantes, es el puerto más importante del mundo por movimiento y volumen de mercancías. Su vasto patrimonio edilicio contiene templos erigidos en honor de Tao (“camino de la naturaleza”  o el “gran camino”), Confusio y Buda, este último el más antiguo de China. En estos templos hasta se habla en términos similares, prueba semántica del sincretismo religioso chino.

Shanghái es el gran centro financiero del gigante oriental y en competencia para serlo en el mundo global.

China proyecta invertir este año más de 10.000 millones de dólares en tecnología financiera (Fintech). Cada vez más las transacciones de  negocios internacionales se hacen a través de los canales en línea de los grandes bancos chinos.

Este colosal manejo de las finanzas mundiales tiene dos objetivos  estratégicos fundamentales: atraer a territorio chino la mayor cantidad de inversiones extranjeras y transformar a China en el principal prestamista global.     

China proyecta la mayor máquina de la historia para entender el universo. Jie Gao, del Instituto de Física de Altas Energías, explica que su país planea construir un acelerador de partículas de 100 kilómetros de circunferencia, cuatro veces mayor que el LHC, el acelerador de partículas ubicado por la Organización Europea para la Investigación Nuclear en la frontera franco-suiza.

China se muestra como protagonista en la carrera espacial con su proyectado viaje a Marte y pretende serlo también en las profundidades oceánicas cuando su nuevo submarino tripulado inicie las inmersiones.

La cultura china con sus cinco mil años de historia, la más antigua luego de la hebraica, tiene un distingo que la hace única: en su larga vida no generó ideas dogmáticas.

Los dogmas están más relacionados con el monoteísmo (judaico, cristiano e islámico), milenario corpus religioso occidental nacido en Medio Oriente, como señala Borges con cierta ironía.

La espiritualidad –lo sagrado- en los chinos, se expresa en el confusionismo, el budismo y el taoísmo. Estas construcciones religiosas son filosofías de vida y normativas éticas de relación trascendente con la naturaleza. Y distantes de las pautas dogmáticas del monoteísmo.

Las distintas dinastías (monarquías hereditarias) que se sucedieron en el poder, o pelearon entre si, se identificaron con estas tres formas religiosas.

Mientras el cristianismo tiene una parte (católica) que pondera la pobreza, la otra (protestante) valora el éxito económico como uno de los caminos para llegar a Dios. Este tipo de conflictos o divergencias no se dan en las creencias chinas.

La ausencia de dogmas en esta antigua cultura no solo facilitó el sincretismo religioso, logró también la simbiosis en la política y la economía. El gigante asiático fue el primer país comunista que estableció la propiedad privada en el campo y las ciudades, y fomentó la inversión de compañías multinacionales capitalistas. Proceso que culminó en lo interno, abriendo las empresas públicas al capital privado. Y en lo externo, pudo verse a Xi Jinping, secretario del Partido Comunista Chino y presidente de la República, lucirse en el Foro Económico de Davos (2017), epicentro del capitalismo financiero mundial, defendiendo el libre mercado y la globalización.

Este sincretismo no pudo realizarse entre dos dogmas: el ideológico de la marxista Unión Soviética y el religioso de la “Santa Madre Rusia”, y fue una de las causas que produjo el colapso soviético.

Los músicos chinos demuestran especiales cualidades interpretativas de tres emblemáticos instrumentos occidentales: violín, violoncello y piano. Esta sensibilidad y eficacia estética para con una música que no es la propia obedecería, también, a su capacidad  simbiótica.

China abandonó su ensimismada tradición milenaria y se proyecta con creciente protagonismo en el mundo global. Sus acciones, impulsos y  la dimensión de su poder permiten al país asiático esgrimir un prolongado y vasto liderazgo en la Tierra  y en el espacio exterior.

Queda por verse qué hará realmente China con el enorme poder que acumula.

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