«La democracia, entre fuegos cruzados»

Confluencia Digital

El politólogo rosarino Hugo Quiroga publica en Clarín de hoy un artículo con el nombre de «La democracia, entre fuegos cruzados», en el cual analiza la historia argentina de las últimas décadas alertando sobre la falta de vocación democrática existente incluso en la izquierda y en quienes cuestionan a las dictaduras militares del siglo XX.

Esto señala en el artículo el autor de «La democracia que no fue»:

«La breve experiencia de la democracia de 1973-1976 merece una reflexión prolongada entre un pasado y un futuro, que es indisociable de un arco de acontecimientos más amplio, que transcurre entre 1955 y 1983. Sabemos que los hechos son controversiales, y que la relatividad es inherente a la formulación de todo enunciado.

«En 1955 se produce un cambio de régimen político que arrasa con la estructura del Estado de derecho, y condiciona las salidas políticas civiles hasta 1973. Se instituye, pues, un régimen político pretoriano que, con diferentes modalidades, perdura dieciocho años. Es un régimen que alterna dictaduras militares directas (entre 1955 y 1958, 1966 y 1973) con un sistema tutelar (vigilante, con poder de veto), durante los gobiernos civiles de Arturo Frondizi (1958-1962) y Arturo Illia (1963-1966), cuyo objetivo es doble: erradicar al peronismo del sistema político y poner fin a la violencia política de las organizaciones armadas.

El conflicto político que nació en 1955 pareció hallar en 1973 una salida a la desbordante radicalidad de un tiempo desquiciado por la división y la impugnación a un orden democrático. Se abrían las compuertas de un sistema político competitivo, que incorporaba ahora al peronismo, el partido mayoritario de la época. Era la posibilidad de instalar una democracia republicana, una vida común en democracia.

«Todos, en uno u otro momento, nos hallamos confrontados con opciones. En 1973 fui uno de los que contribuyó, entre tantos, al fracaso de la democracia recién inaugurada. En esa contingencia histórica voté por primera vez en mi vida y lo hice en blanco, pues la consigna que compartía por mi pertenencia a la izquierda revolucionaria era “ni golpe, ni elección, revolución”. La democracia representativa no dejaba de ser “burguesa”, “formal”, “liberal”.

«Aunque el clima de época era otro, no éramos jóvenes democráticos, en cuanto el poder de la palabra fue reemplazado por el poder del fusil. El emblema que aglutinaba a la generación de los setenta era la idea de revolución. La impronta del período fue la violencia política expresada en las organizaciones revolucionarias, en el terrorismo de Estado y en los grupos paramilitares. Esa experiencia nos remite al centro de un tema crucial de un orden colectivo: el rol de la violencia extrema en el cambio político.

«El retrato completo de esa breve historia que no pudo alcanzar su meta se resume en una frase tenebrosa y contundente: Disparen a la democracia (título de una obra en preparación). En 1976 se interrumpe el proceso de democratización iniciado tres años antes que, desprovisto de reales escuderos, se vio sorprendido por una andanada de municiones de izquierda y de derecha.

«El gobierno peronista de 1973 fue un intento frustrado de transición democrática. La ruptura del orden constitucional no encontró resistencia, en una sociedad que se manifestó pasiva y silenciosa a pesar del pronunciamiento masivo en un acto electoral en el que se eligió al general Perón con el 62% de los votos en 1973. La victoria electoral se convirtió en tragedia. La tragedia tenía en la antigua Atenas la funciónprincipal de educación democrática. La violencia generalizada le confiere una dimensión trágica a la democracia de 1973. El régimen criminal de 1976 no deja la menor libertad de elección, el mal nada tiene de banal.

«La falta de autoconciencia, y un pensar histórico desdibujado, perforan la referencia vital de que la democracia es una construcción humana que requiere de la autolimitación. La cultura política democrática es una cultura de la autolimitación de la propia fuerza tras el propósito de la coexistencia colectiva. En 1983 encontramos el camino de la superación: la plenitud de los derechos humanos y el juicio a las Juntas Militares, hechos fundacionales de la democracia. No sólo se trataba del fin de un Estado terrorista, sino del fin de los militares como actores políticos.

«La duda es si el aprendizaje democrático de nuestra sociedad ha sido o no lo suficientemente aleccionador como para alumbrar el presente, dado el ambiente cultural de los violentos encarnados en “minorías intensas” con perfiles destituyentes y en discursos virulentos que afirman “que no queremos que le vaya bien al Gobierno. Queremos que le vaya mal….Pero que no se caiga” ¿Cómo se explican, asimismo, las reivindicaciones, en el acto principal del 24 de marzo, a las formas de violencia del ERP y Montoneros ejercidas tanto durante un gobierno constitucional como en la dictadura? La duda se amplía cuando las voces de las oposiciones políticas no condenaron con la firmeza necesaria los símbolos y los discursos de un pasado al que no se quiere regresar.

«En cambio, la marcha del 1° de abril convocada por las redes sociales, aún cuando en parte fue una defensa al gobierno de Cambiemos, busca romper la supuesta actualidad de ese pasado. Las redes se constituyen como formas diferentes de decir la política, con nuevas prácticas y usos de ella, como autorrepresentación ciudadana, que instituye una forma de comunicación horizontal. No obstante, no hay que sacralizarlas, son opiniones heterogéneas, y muchas veces efímeras y cambiantes, que conforman un gran campo de batallas.

«En el presente, la pregunta que me ahoga es cuánto hemos aprendido de la densidad de ese pasado, qué enseñanzas hemos sacado para enfrentar las dificultades actuales y abrazar de manera convencida una democracia republicana, que no está desprovista de obstáculos y de conflictos. Lo peor no es lo inevitable ni lo irreparable, lo peor es no comprender que la democracia se puede destruir a sí misma.

Hugo Quiroga es politólogo (Universidad Nacional de Rosario y Universidad Nacional del Litoral). Autor de «La democracia que no es» (Paidós, 2017)

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