Humor y política: Apología de un genio

Alejandro Rojo Vivot

“Por medio de la reducción hemos hecho desaparecer del chiste toda simpleza, y con ella el chiste mismo”. [1]

Sigmund Freud (1856-1939)

 

Cada tanto, la humanidad genera genios, con talentos, ideas y formas de expresión muy disímiles; algunos son galardonados y, en su mayoría, son notados por los individuos de varias generaciones posteriores que los reconocen casi como contemporáneos o anticipados a su tiempo.

Con frecuencia son multifacéticos y casi siempre el humor está muy presente en ellos.

El victoriano Charles John Huffam Dickens (1812-1870) focalizó sus críticas en las políticas referidas a muchas cuestiones muy diversas: pobreza, infancia desvalida, falta de infraestructura básica, hacinamiento habitacional, corrupción, absolutismo, etcétera, mediante ironías y un sentido del humor llano, buscando siempre llegar, particularmente, a la población de menores recursos económicos, con poca o nula educación. También fue cronista parlamentario y autor de expresiones como: “No existe nada en el mundo tan irresistiblemente contagioso como la risa y el buen humor”.

Su obra “Tiempos difíciles” (Hard Times for This Times) (1854) es de imprescindible lectura para los interesados en los asuntos políticos y sociales como para los amantes de la literatura en general, incluyendo a los que disfrutan con la constante ironía sumamente inteligente.

En la misma, el siglo XIX muchas veces sigue vigente en el siglo XXI, como las relaciones de poder asimétricas, la corrupción, la ausencia o inoperancia de los poderes públicos que acarrean muchas muertes de los más débiles, derechos humanos vulnerados, etcétera.

“Las mil maneras que he tenido de aburrirme en este mundo han dado el resultado de convencerme de que una serie determinada de ideas puede hacer tanto bien o tanto mal como cualquier otra. Conozco una amable familia, la de lord Russel, que tiene esta divisa italiana: Lo que será será. Y esta es la única verdad que admito en estos tiempos. (…)

-Es usted un estadista singular –repuso Luisa.

-Dispense usted, pero ni siquiera tengo ese mérito insignificante. Las personas de mi opinión, esto es, las que no tienen ninguna, constituyen, no lo dude usted, la mayoría de nuestros estadistas. (…)

La expedición electoral se realizó, y míster Jaime Harthons, gracias a las vulgaridades financieras que había aprendido en los libros más vulgares todavía, salió airoso de aquella prueba, pero más aburrido que nunca. (…)

Hace también profesión de moralidad; pero todos los charlatanes hacen lo mismo. Desde el Parlamento al presidio, todo es una profesión de moralidad, excepción hecha de nuestro partido, y hay que confesar que esta excepción nos hace menos soporíficos que los otros”. [2]

La extensa novela concluye en un circo con personajes que cuentan monedas falsas, personas disfrazadas de otros: “el emperador de Japón montado en un caballo muy viejo y muy pacífico”, el sultán de la India sobre un elefante, payasos repitiendo hasta el cansancio sus acertijos humorísticos, representaciones de pantomimas cómicas infantiles, etcétera: otro mundo, otra sociedad o la misma vista de otra manera, con un público que ríe sin querer percatarse de la realidad artificial pues sería incomprensible o demasiada violenta; y se vislumbra una nueva vida que podría comenzar en América del Sur que recibía ya a todos los inmigrantes de buena voluntad.

[1] Freud, Sigmund. El chiste y su relación con lo inconsciente. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Página 1059. Madrid, España. 1973.

[2] Dickens, Charles. Días penosos. Biblioteca del Apostolado de la Prensa. Páginas 191, 192, 193, 307 y 308. Madrid, España. 1910.

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