Santiago Maldonado y el pueblo mapuche

Aleardo Laría.

Si se confirma la hipótesis que aparece más plausible, la desaparición del artesano Santiago Maldonado constituye un hecho gravísimo, que coloca al gobierno nacional ante una delicada situación política.

Si se descarta la hipótesis de una auto fuga, -bastante improbable, salvo ataque de locura-, la alternativa que resta es la de que las fuerzas de seguridad, ante los resultados imprevistos de un exceso represivo, han tratado de borrar las huellas de su accionar. No es el primer caso ni será el último que en Argentina la propia policía actúa en forma corporativa para ocultar los rastros de uno de los excesos que salpican un accionar poco profesional.

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, responsable del envío de la Gendarmería a aquella zona, ha declarado que “no vamos a permitir una república autónoma y mapuche en el medio de la Argentina; esa es la lógica que están planteando, el desconocimiento del Estado argentino, la lógica anarquista. Nuestra decisión es total y absoluta de no permitir que en la Argentina se asiente un grupo que utilice la violencia como forma de acción”.

Por su parte, el responsable directo del operativo y jefe de gabinete del Ministerio, Pablo Noceti, anunció que están preparando denuncias contra la organización Resistencia Ancestral Mapuche, informó que una organización con sede en Inglaterra financia a la comunidad y negó que los mapuches constituyeran uno de los pueblos indígenas argentinos cuya preexistencia étnica y cultural reconoce la Constitución.

Como es evidente, se están mezclando temas de un modo injustificado y peligroso, puesto que se quiere, consciente o inconscientemente, establecer una relación entre circunstancias que no la tienen. La existencia de una organización radical de izquierda, que reivindica una suerte de derecho a la autodeterminación de los pueblos mapuches, no puede invocarse, ni siquiera por vía subliminal, como atenuante de la desaparición de un joven simpatizante de esa causa. Si ha habido algún exceso en la represión, aunque se trate de un peligroso terrorista, que no es el caso, en un Estado de derecho los hechos tienen que ser reconocidos y aclarados.

Es cierto que en Chile, en la región de Araucanía, existen organizaciones que enarbolan reivindicaciones étnicas y territoriales que han mantenido enfrentamientos violentos con las fuerzas de seguridad. El Movimiento Autónomo Mapuche ha alcanzado gran virulencia, propiciando la toma violenta de tierras y la destrucción de camiones e instalaciones forestales. Durante la presidencia de Sebastián Piñera se produjo un violento atentado cuando 20 encapuchados asaltaron e incendiaron la finca de unos colonos suizos, acabando con la vida de su propietario, Werner Luchsinger y su esposa.

En Argentina, la agrupación Resistencia Ancestral Mapuche se atribuyó el incendio del refugio Neumeyer y un ataque anterior contra la Iglesia Catedral producido en 2013. En el comunicado dado a conocer mencionaban un “conflicto” cuya solución debía ser política, no judicial ni represiva, basado en “la devolución del territorio usurpado”. Anunciaban su disposición a “resistir a sangre y fuego a las petroleras y mineras en el Sur” y “echar las ya instaladas validando todas las formas de lucha y el derecho a rebelarnos como pueblo oprimido”.

La formación de un movimiento nacionalista mapuche, que aspira al reconocimiento de una “nación mapuche”, diferenciada de los dos países que actualmente la albergan (Chile y Argentina), es bastante reciente. Los primeros planteamientos tuvieron lugar en el año 1990, a partir de un documento titulado “Pueblo Mapuche, descentralización del Estado y autonomía regional” publicado por el centro de estudios mapuches Liwen de Chile. En el 2006 se formó en el vecino país el Partido Nacionalista Mapuche (o Wallmapuhen) que aspira al reconocimiento como nación y propugna la adopción del mapuzungun como idioma oficial del nuevo país.

El reconocimiento político como “nación” lleva implícito varios reclamos: la restitución de los territorios históricamente usurpados y el derecho al autogobierno fundado en el principio de autodeterminación de los pueblos incorporado en algunas de las convenciones internacionales de las Naciones Unidas (ONU). El “país mapuche” (Wallmapu) estaría compuesto por regiones que se extienden a uno y otro lado de la cordillera de los Andes: el Puelmapu (en las provincias argentinas de Neuquén, Río Negro y Chubut) y el Gulumapu (en las regiones chilenas de los Lagos, Araucanía y parte de la del Bío-Bío), en donde vivirían alrededor de un millón de pobladores indígenas.

Como suele acontecer con los nuevos nacionalismos surgidos como consecuencia de la globalización, aparecen nuevos movimientos políticos inspirados en imaginarios colectivos y recreando ficciones históricas, que reivindican el ejercicio del derecho a la autodeterminación. Al calor de estas elucubraciones, algunos grupos juveniles más radicalizados toman esas consignas al pie de la letra. De este modo se caracteriza como “genocidas” a los dirigentes políticos que “ocuparon” tierras que ancestralmente pertenecieron a determinada etnia. Luego nadie debería sorprenderse que a continuación –en nombre de esa comunidad imaginaria- se demande la restitución de esos territorios históricos. Tampoco que, siguiendo esa estela, se termine reivindicando la legitimidad de la “lucha armada” para alcanzar la “liberación nacional”.

Como fácilmente se percibe, no estamos ante una mera reivindicación cultural que defiende la conservación de una determinada especificidad étnica y lingüística, sino ante un discurso que denuncia el despojo territorial y la asimilación forzosa provocados por las élites criollas en los procesos de formación de la nacionalidad chilena y argentina. Si bien este conflicto no ha alcanzado en Argentina la virulencia que tiene en Chile, deben evitarse todas las situaciones que contribuyan a exacerbar el conflicto. Las autoridades políticas deben actuar con la máxima cautela para evitar el fenómeno de la victimización, tantas veces utilizado por el nacionalismo emergente para ganar adeptos. Sería un terrible precedente que la desaparición de Santiago Maldonado se convirtiera en un misterio sin resolver o que en el futuro lo recordemos como la chispa que encendió la pradera.

 

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