Una violencia incomprensible

Aleardo Laría.

El atentado terrorista de las Ramblas en Barcelona ha dejado sumido al pueblo español en un inmenso dolor y baja la amarga sensación de lo incomprensible. España es uno de los pocos países europeos donde no han arraigado partidos xenófobos de extrema derecha y los inmigrantes son recibidos en un marco de respeto y dignidad. Por consiguiente, resulta difícil entender como un grupo de adolescentes de origen marroquí, de edades comprendidas entre los 17 y los 22 años, hayan podido ser cooptados por un imán salafista, una de las ramas más violentas del fundamentalismo islámico.

Según María Dolors Vilalta, concejal de Seguridad Ciudadana del Ayuntamiento de Ripoll, la localidad gerundense donde vivían los adolescentes, “eran chicos que hablaban perfectamente el catalán, escolarizados en España, que sacaban buenas notas y que no estaban metidos en ningún tipo de problemas”. Una educadora del mismo municipio, añade que “jamás tuvieron una mala actitud ni eran demasiado religiosos”. Debe recordarse que España, un país tradicionalmente de emigración, recibió sin mayores problemas, en los años de la burbuja inmobiliaria, a más de 4 millones de inmigrantes provenientes de Latinoamérica, los países del Este y del mundo árabe.

La búsqueda de factores que pueden haber influido para la súbita radicalización de estos jóvenes no debe entenderse como fruto de un afán legitimador, sino más bien como la necesidad de entender un fenómeno complejo para evitar que se reproduzca. Explicaciones reduccionistas –“nos han declarado la guerra”- o burdas proclamas bélicas –“hay que aniquilar el enemigo”- no prestan ninguna utilidad y, en todo caso, solo contribuyen a alimentar el espíritu de cruzada que potencia indirectamente el yihadismo. Como señala Philippe Braud, “uno de los factores que agrava los discursos del odio procede del hecho de que se alimentan mutuamente del endurecimiento provocado en el campo adversario”.

Un factor -que en este caso particular salta a la vista- es la juventud de los integrantes de la célula abatida. Las personalidades juveniles son sumamente moldeables y muy propensas a vincularse a causas radicales cuando aparecen mechadas con ideales utópicos. Argentina vivió en los años setenta un fenómeno de radicalización de una parte significativa de una generación emergente, que fue seducida por las ideas del socialismo revolucionario y la lucha armada, de modo que no podemos sorprendernos. Acabado el siglo de las ideologías, que impulsaron tanto un comunismo como un nacionalismo romántico y militarizado en el centro europeo, las religiones políticas rebrotan ahora en las áreas marginadas del mundo y desde allí llegan a los inmigrantes situados en Europa.

Otro de los factores que se hace presente en general en las sociedades europeas, en ocasiones de un modo larvado, es la aparición de un sentimiento de heterofobia, es decir el desprecio al diferente. Se hacen esfuerzos, desde lo políticamente correcto, para neutralizarlo, pero es algo instintivo. Señalábamos que España es un país donde no ha arraigado el populismo xenófobo. Sin embargo, hay exclusiones que no son visibles. Lo exponía Rashid, un vecino de Ripoll: “Sí, nos criamos aquí y no tenemos problemas de convivencia, pero somos y siempre seremos “moros”. En el colegio éramos los moros y las chicas no querían salir con nosotros. Y los mayores cree que vendemos hachís”.

Una hostilidad de este tipo se manifiesta también, en forma extrema, cuando todo un grupo religioso resulta estigmatizado en representaciones peyorativas. La caricaturización de una religión a partir de la búsqueda de versículos en textos de 1.400 años de antigüedad, no facilita las cosas. Se produce así un ataque a la identidad primordial, construida en los primeros años de vida, que se mantiene soterrada en el inconsciente y emerge cuando se vivencia una coacción exterior que pretende imponer una identidad no deseada.

Es cierto también que existe una utilización de las emociones religiosas para alimentar programas político-ideológicos. La utilización de un vector religioso es similar al uso que se ha hecho de los sentimientos nacionalistas para impulsar determinados objetivos políticos. Conseguir que seres humanos, venciendo el instinto de supervivencia, se conviertan en bombas ambulantes, bajo el estímulo de que recibirán en el paraíso un placer sin límites, evidencia una clara labor de manipulación de sentimientos religiosos para alcanzar objetivos políticos. Algo que no debe sorprender si recordamos que a los cruzados se les garantizaba, entre los siglos XI y XIII, la remisión de los pecados junto con la más profana asignación de territorios en Tierra Santa.

No se puede excluir de este breve análisis, el factor exterior, es decir el generalizado sentimiento antioccidental en el mundo árabe, propiciado por las intervenciones militares “humanitarias” y los procesos de colonización y descolonización que han dado lugar a enormes arbitrariedades. En ningún otro lugar del mundo se ha hecho realidad la conocida frase de que para el poseedor de un enorme y poderoso martillo militar todos los problemas adoptan la forma de un clavo. Un rumbo que permanece inalterable, y donde Occidente aprovecha las disputas entre naciones para vender armas, como lo prueba el reciente acuerdo de venta de armamento estadounidense a Arabia Saudí por 110.000 millones de dólares.

El atentado de Barcelona persigue el objetivo que desde siempre caracteriza al terrorismo, es decir aterrorizar a las sociedades para que impere el miedo y se actúe de modo irracional facilitando la polarización de las sociedades. Se confía en que una represión generalizada sobre la población inmigrante adscripta a la religión musulmana, llevará aguas al molino de las filas yihadistas. Se trata de una fantasía ideológica, que no tiene la menor posibilidad de alcanzar sus objetivos, pero la mayor contribución que se puede hacer a ese empeño absurdo es sumarse a la narrativa de que el islam está en guerra con Occidente.

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