Lo que viene a continuación, si a Nisman lo asesinaron

Fiscal Nisman

Aleardo Laría.

El lobby que ha venido impulsando la tesis del magnicidio de Nisman ha conseguido un dictamen pericial de Gendarmería favorable a su hipótesis. A partir de esa novedad, los aficionados a las novelas policiales tendrán ahora que develar algunos misterios. Si la muerte de Nisman fue un asesinato, el primer enigma que se presenta parte del hecho llamativo de que la escena que dejaron los asesinos ha sido la propia de un suicidio, aunque no es este el único misterio.
Convengamos que no es habitual que luego de cometido un asesinato los autores dediquen denodados esfuerzos para simular un suicidio, de modo que habría que encontrar una explicación razonable de los móviles que llevaron a realizar una arriesgada tarea que habría insumido varias horas de minuciosa y artesanal labor. Además, esa construcción teatral fue tan bien hecha, tan perfecta, que consiguió engañar a una junta de 15 de los máximos expertos en criminalística de la Policía Federal que llegaron a la conclusión de que no había ninguna representación y Nisman realmente se había suicidado.

Aparentemente,  los autores, acompañados de una brigada de limpieza, entraron misteriosamente en el departamento sin ser advertidos por los diversos grupos policiales que custodiaban al fiscal. Según Clarín (16.8.17), además de los 10 custodios de la Policía Federal, a Nisman lo protegía también un equipo de Prefectura y otro de la SIDE. No es de descartar que el fiscal contara también con la protección del Mossad, dado el extraño comportamiento adoptado por el periodista Damián Pachter que merodeaba en los alrededores del departamento de Nisman y luego de dar la noticia de su muerte corrió a refugiarse en Israel. Pese a estas extraordinarias medidas de seguridad,  el equipo de asesinos logró colarse en el interior de un departamento cerrado con modernos sistemas de seguridad, sin fracturarlo y sin dejar rastros del ingreso ni del egreso en los circuitos internos de TV del edificio.

Ahora, imaginemos que a las 2 de la madrugada del domingo, sin ejercer violencia física sobre el cuerpo, sin que se oiga ningún grito, después de conseguir que el fiscal se tome una dosis de ketamina, los autores, trasladan al fiscal al baño  y logran que se dispare, con tanta pulcritud, que no quedan rastros de ADN de ninguno de los  asesinos en el baño. Tienen tanta fortuna los criminales que  consiguen, además, que el cuerpo caiga de tal modo que la cabeza del fiscal cierre la puerta del baño. Para obtener el mayor realismo no utilizan sus armas sino que emplean la pistola que le fue facilitada al fiscal el día anterior, es decir que debían conocer previamente este dato que, aparentemente, solo estaba en conocimiento de Nisman y Lagomarsino.

 Luego de cumplir con su macabra tarea, abren la computadora del fiscal y se dedican, a las 7 de la mañana, a recorrer las páginas de las ediciones de La Nación, de Clarín y de Página 12. Una relación íntima y reciente del fiscal con una modelo, aunque sorprenda,  también era de conocimiento de los asesinos, de modo que visitan la página de Facebook de la agraciada modelo. Finalmente, dado el interés por el esoterismo de los asesinos, visitan otra página que habla del regreso desde la muerte. Recién entonces deciden abandonar la escena del crimen, luego de limpiar con tanto cuidado sus huellas que no dejan rastros de ningún tipo en el resto del departamento. (Sabemos, por tantos investigadores diletantes que han aparecido en estos días, que cuando se trata de un camión de Gendarmería, los restos de ADN duran mucho tiempo y no pueden ser borrados fácilmente sin contar con productos especiales).

Otro dato relevante es el espacio reducido que tenía el baño del departamento de Nisman. ¿Tenía sentido que el asesino -o los dos asesinos que señala la pericia de Gendarmería- llevaran a cabo su labor en un lugar tan estrecho donde apenas podías desplazarse? ¿No hubiera resultado más cómodo escenificar el suicidio en el escritorio de Nisman? Este enigma debe contrastarse con el dictamen de la primera Junta Pericial, que señalaba que la proyección de las manchas de sangre sobre la puerta cerrada del baño y esparcida en todas las direcciones posibles, era la evidencia científica de que Nisman estaba solo, y de pie frente al espejo, en el momento que se produjo el disparo.

A continuación, como corresponde a todo buen lector de novelas policiales,  cabe formularse la clásica pregunta de los investigadores: ¿cui bono?, es decir, ¿a quién beneficia el crimen? Es evidente, al menos para el periodista antikirchnerista Luis Majul, que “del mismo modo que no podemos decir que Macri mandó matar a Maldonado, no podemos afirmar que Cristina mandó a matar a Nisman”. El asunto está tan amortizado políticamente, que hasta la propia Cristina, en su entrevista con Novaresio, no ha tenido ningún reparo en adherir a la tesis del crimen.  En ese mismo reportaje la ex presidenta señala que después de lo acontecido con Duhalde, ella y su marido decidieron no reprimir los cortes de ruta para no cargar con un muerto. De modo que parece poco razonable pensar que desde el gobierno de CFK hubiera partido una  orden para incendiar la pradera.  Por otra parte, debe tenerse en cuenta que, jurídicamente, la muerte del fiscal de ningún modo paralizaba una denuncia que podía seguir por sus cauces ordinarios, como de hecho ha acontecido.

 ¿Beneficiaba el crimen a Diego Lagomarsino? El informático venía recibiendo un sueldo importante de la fiscalía especial que dirigía Nisman y,  a pesar que el fiscal se quedaba con el 50 % -según lo declarado por Lagomarsino en el programa de Mirtha Legrand-,  es difícil creer que alguien decida matar a la gallina de los huevos de oro, sin contar con algún otro motivo consistente. Por otra parte, parece obvio que cuando estuvo en la casa de Nisman el día sábado por la tarde no pudo haberlo matado, puesto que el fiscal habló por teléfono con una secretaria luego de la partida del informático. En cualquier caso sería francamente absurdo pensar que Lagomarsino se haya prestado a fraguar una complicada escena de suicidio, ofreciendo para ello la pistola que el día anterior le había prestado al fiscal, para de ese modo quedar eternamente pegado a la causa.

Si los autores fueron los integrantes de una célula terrorista iraní –como sugirió la mente siempre fértil en ideas conspirativas de Elisa Carrió- llama la atención el tiempo y la tranquilidad con que se tomaron la labor estos terroristas extranjeros que se sentían tan seguros en otro país. En vez de utilizar las armas que se supone portaban –es difícil imaginar terroristas desarmados- y concluir rápidamente con su misión, buscan,  encuentran y usan la vieja pistola prestada por Lagomarsino al fiscal y después de concluir su tenebrosa tarea permanecen largo tiempo en el departamento, navegando por la computadora del fiscal, asumiendo un riesgo innecesario, contrario a toda lógica.

En las investigaciones policiales, al primero a quien se cita a declarar es a aquella persona señalada de algún modo por la víctima. Si seguimos esa lógica, aunque suene increíble, debería ser investigado el juez Claudio Bonadío, dado que fue acusado por el propio Nisman de estar planeando su muerte. Con la querella de Nisman se abrió una causa en el Juzgado Federal N° 7 de la CABA (Exp. 8912/2010), iniciativa que también muestra la propensión del fiscal por hacer un uso arriesgado del derecho penal. Ahora bien,  dado los invalorables servicios que el juez Bonadío viene prestando en estos momentos a la causa de la República, sería de una enorme ingratitud molestarlo.

En definitiva, y a modo de conclusión, la tarea de encontrarle un asesino al crimen de Nisman se presenta tan ardua y complicada, que cabe pronosticar que este misterio permanecerá eternamente abierto y sin resolver. Mientras nadie lo aclare, algunos seguirán pensando que nunca será  posible encontrar al asesino de un suicida.  

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