Un populismo emocional

Aleardo Laría.

En España, con la llegada de Podemos, han proliferado los ensayos sobre el populismo. Uno de ellos (Contra el populismo, Ed. Debate) lleva la firma de José María Lassalle, ex secretario de estado de Cultura del gobierno del Partido Popular; responsable nacional de cultura de ese partido y actual alto cargo en el gobierno de Mariano Rajoy. Es un texto breve pero sorprendente, porque Lassalle, como representante de una clase de intelectual que no abunda, no tiene pelos en la lengua para cargar sobre el ex jefe de su partido, José María Aznar, parte de las responsabilidades por el surgimiento del populismo en España.
En opinión de Lassalle, la experiencia excepcional del 11-S abrió las puertas al decisionismo político y allanó el camino hacia el populismo en el mundo.”El aturdimiento que provocaron los atentados yihadistas se resolvió con una huida hacia delante que eludió cualquier reflexión crítica sobre lo sucedido. Se simplificaron las causas de la agresión, y Estados Unidos lideró una reacción militar que arrastró a todo Occidente. Se respondió desde el orgullo herido de una Modernidad que quiso restablecer la situación previa al 11-S y se plantaron los fundamentos de la agitación populista que nos sacude hoy en día”.
Considera que bajo la presidencia de George W. Bush, la política occidental se «sentimentalizó», es decir que adoptó una visión maniquea, binaria, que dividió el espacio político con un «están con nosotros o con los terroristas». Para Lassalle, “el establecimiento de esa frontera radical tuvo consecuencias insospechadas. Abrió la espita de las emociones como arma política. Radicalizó Occidente y le hizo adoptar un activismo frenético en el que la velocidad de respuesta precipitó los acontecimientos”.
Como se quería librar una batalla contra el islam yihadista, había que dotarse de un relato que explicara y fortaleciera emocionalmente la nueva misión que se asignaba a Occidente. “Los neocons asumieron la respiración asistida de un romanticismo decisionista y agónico que se convirtió en el pulmón de combate contra la barbarie islamista. Como si viviéramos en un western, el país de las barras y las estrellas se enfundó en el papel de sheriff global frente a los enemigos de la libertad. Los Estados Unidos de Bush Jr. se transformaron en la democracia imperial descrita por Raymond Aron”.
Este fenómeno no fue exclusivo de Estados Unidos. Se propagó hacia terminales europeas que replicaron el modelo y sentaron las bases para los conflictos emocionales y los desencuentros que han propiciado la emergencia de los populismos. Las bestias negras de este relato fueron la socialdemocracia y el liberalismo progresista, por considerarlos a ambos defensores de una racionalidad relativista que carecía de principios.
Luego de la invasión de Irak, Occidente “quedó atrapado en un bucle de emocionalidad intensa en el que el miedo que despertaba la amenaza terrorista se vio agudizado por la ansiedad que provocaba un mundo que desmentía los planteamientos hasta entonces incontestados del neoliberalismo. El ideario neocon, además de regurgitar visiones orientalistas sobre el mundo, resucitó, como hemos visto antes, una forma de pensar estratégica que creyó que era posible forzar la conversión laica de los países islámicos con el palo de la fuerza militar y la zanahoria del mercado”.
En opinión de Lassalle, el retorno al mundo de las religiones políticas y de las emociones por parte del neoconservadurismo y la frustración que estimuló la burbuja neoliberal son esenciales para comprender el fenómeno del populismo que barre a los países europeos y a Estados Unidos. Han influido tanto el fracaso de la cruzada neoconservadora para vencer al yihadismo como la constatación, al estallar la crisis financiera de 2008, de que el neoliberalismo era una ficción de prosperidad. No debe extrañar, por lo tanto, que el populismo haya ganado una elección en los Estados Unidos.
Con la crisis económica y financiera, ha surgido en el mundo una especie de proletariado emocional, un fenómeno que replica, de algún modo, lo que sucedió en Europa en el período de entreguerras, cuando el miedo de las clase medias a verse proletarizadas las condujo a respaldar al fascismo o ser tolerante con sus excesos. “Saberse parte de una clase despojada de su derecho a confiar en el futuro, a ser feliz y a disfrutar de mayor prosperidad es lo que ha hecho que sobrevenga un proletariado emocional transversal que ha canalizado su conciencia de clase hacia la condición de actor político. Un actor muy movilizado socialmente, que combate todo aquello a lo que culpa de su malestar”.
Acostumbrados a la incorporación renovada de derechos, que se obtenían gracias a la expansión continua del Estado del bienestar, la crisis ha dejado a muchos ciudadanos instalados en un ánimo de pérdida de expectativas de progreso y prosperidad. Esta sensación de haber quedado fuera del progreso capitalista, ha venido asociada a la presencia de una casta privilegiada de ejecutivos que se han protegido de la crisis mediante blindajes injustificados y obscenos.
Lassalle considera que este proletariado emocional se viene movilizado políticamente en forma de multitud, utilizando el voto como un instrumento de reparación y escarmiento frente a los poderosos e intocables. El voto populista, por tanto, busca que el malestar que expresa se haga general y en ese juego no le preocupa impugnar los principios de la democracia liberal. Se busca constituir una mayoría transversal de perdedores que se congregan alrededor de un líder populista, lo que contribuye, psicológicamente, a mitigar el efecto individual de sentirse perdedor.
En esta dinámica, el populismo cuestiona el pluralismo y la lógica reformista defendida por el liberalismo político que propiciaba Rawls. Siguiendo a Laclau, el populismo trata de azuzar el resentimiento de los que sufren, militarizar el discurso político y alentar un estado de tensión que constituya a la plebe como sujeto de una nueva hegemonía. En opinión de Lassalle es una especie de nacionalismo social que se construye a fuerza de fomentar los desencuentros cuestionando los consensos que suman y moderan a través de la capacidad colectiva de establecer programas propositivos.
Si bien las consideraciones de Lassalle están enfocadas al análisis del populismo en Europa, no puede ignorarse que permiten comprender fenómenos como la persistencia del populismo en Argentina, al que muchos dan apresuradamente por finiquitado. En otro plano, explica también la intensa ola de solidaridad emocional que ha surgido entre los jóvenes frente a la inexplicada desaparición de Santiago Maldonado. Quien sabe cuánto ha impactado en este estallido una imagen icónica que subliminalmente remite a la figura yacente del Che Guevara. Tal vez la comprensión de estos fenómenos y la percepción de su complejidad, ayudarían a hilvanar estrategias políticas más sutiles y afinadas para huir del clima de simplificaciones groseras y burdos revanchismos en el que estamos inmersos.

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