Humor y política: Mafia y poder

Alejandro Rojo Vivot

“Atendiendo al singular placer que el mismo nos proporciona, hemos de reconocer que los chistes malos no son malos como tales chistes; esto es, no son incapaces de producir placer”. [1]

Sigmund Freud (1856-1939)

 

Con alguna frecuencia, determinadas personas, dedicadas a la política y grupos delictivos encuentran circunstancias favorables para desarrollar alianzas donde cada uno potencializa sus respectivos cometidos.

El humor político, a veces, focaliza su mirada, abierta o veladamente, en esos silencios evidentes.

El destacado estadounidense, escritor y periodista, que también incursionó en la política partidaria, James Earle Breslin (1928-2017), es autor de una divertida novela satírica, de gran éxito que inclusive fue adaptada para el cine alcanzando ampliar su positiva repercusión ampliando notablemente el público que se ríe de las tramoyas de la mafia y de algunos políticos, jueces, periodistas, comerciantes, etcétera. [2]

“En América, hoy día, es una auténtica federación de gangsters. El noventa y siete por ciento de sus miembros son italianos o de origen italiano. El otro tres por ciento está compuesto por irlandeses, que controlan los muelles, judíos que manejan el dinero y los griegos, que son los ladrones más mezquinos del mundo entero. Los miembros de la federación trabajan unidos y tienen confianza unos en otros como si fuesen miembros del Congreso. (…)

Al igual que cualquier otra organización de esta clase, incluida la policía americana, era la responsable de las necesidades de los terratenientes sicilianos. Protegían sobre todo las propiedades de estos últimos. Se robaba a los pobres. Y muy pronto también se robó a los ricos.

La base de la Mafia era la total ignorancia de las leyes locales, ya que eran decretos en su mayor parte promulgados por extranjeros. La Mafia gobernaba siguiendo su propio código. A la Mafia le gustó tanto este género de vida que no lo abandonó durante siglos. (…)

Sin embargo no debemos olvidar que los americanos confían en un solterón empedernido y apasionado defensor de la ley, llamado J. Edgar Hoover, jefe del FBI.

La labor original del FBI consistía en perseguir los delitos federales cuyos ejecutantes eran y son, en su mayoría, miembros de la mafia. Pero en los años de Hoover la Mafia había adquirido una gran solidez, y la detención, por parte del FBI de uno de los mafiosos no solía producirse más que en los programas de radio y más adelante ya sólo en los cortometrajes de la televisión. El propio Hoover declaraba entonces no creer en la existencia de algo como la Mafia. En vista de esta situación sólo se podía llegar a dos conclusiones: O bien Hoover era también miembro de la Mafia o quizá consideraba la literatura de la 14 th Street [3] mucho más peligrosa que los narcóticos de la 108 th Street. [4] (…)

Durante varias décadas Hoover vivió sin establecer ninguna clase de contactos externos o internos con la Mafia, y ésta fue desarrollándose en un sector de la vida americana. Por supuesto que, aun abarcando un amplio campo, los italianos de la Mafia nunca han llegado a superar la magnitud de los delitos cometidos en este país por los protestantes ingleses. Sin embargo sus hazañas han sido formidables si se tiene en cuenta el nivel cultural e inteligencia de los mafiosos”. [5]

[1] Freud, Sigmund. El chiste y su relación con lo inconsciente. Editorial Nueva. Tercera edición. Tomo I. Página 1096. Madrid, España. 1973.

[2] En 1986 obtuvo el Premio Pulitzer, muy particularmente por sus crónicas referidas a los hombres comunes: a raíz del asesinato del presidente Kennedy publicó en su columna habitual la perspectiva de quien preparó la tumba en el cementerio.

[3] Calle neoyokina donde tienen sede algunos de los principales diarios estadounidenses.

[4] Calle del barrio Queens, que en esa época vivían preferentemente migrantes y era considerado una zona peligrosa.

[5] Breslin, Jimmy. La banda que disparaba torcido. Editorial Bruguera. Páginas 14, 15, 18 y 19. Barcelona, España. Diciembre de 1974.

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