La construcción de una nueva oposición

Aleardo Laría.

Desde una perspectiva institucional, no partidista, la consolidación de un moderno partido de centro-derecha, a partir de la coalición Cambiemos, ha sido una buena noticia. Que los sectores sociales más conservadores, partidarios de una economía de mercado sin restricciones, tengan un canal de expresión que sustituya la vieja dependencia por los poderes pretorianos, favorece y consolida a nuestra democracia. Pero el cuadro no quedaría completo si no surgiera, desde el espacio de centro-izquierda, una fuerza política equivalente, que facilitara y permitiera la alternancia.

            Desde el ángulo meramente especulativo y teórico, el perfil que debería tener un partido político que aspirara a reemplazar en el poder a un moderno partido de centro-derecha, debería ser el propio de una moderna fuerza de centro-izquierda. Es decir partidaria de un capitalismo regulado, más igualitario, preocupada por la calidad de los servicios públicos, y respetuosa de las restricciones de la economía moderna y de las reglas de juego del Estado de derecho. En síntesis, lo que en Europa expresan los partidos socialdemócratas.   

            Como en Argentina no existe actualmente ningún espacio político que se inscriba en la socialdemocracia, el planteo puede parecer un tanto abstracto y despegado de la realidad. Sin embargo, a poco que profundicemos en el tema, comprobaremos que la realidad no ofrece demasiadas alternativas. Ni un populismo redivivo, al estilo kirchnerista, ni un peronismo conservador, al estilo Urtubey, tendrían posibilidades de éxito electoral. En el primer caso, porque el populismo, retratado en el caso extremo de Venezuela, tiene un techo electoral infranqueable. Y en el caso de un peronismo conservador, no sería visto más que como un muleto de la coalición Cambiemos.

            Quien propugnó  la creación de un partido socialdemócrata en Argentina hace ya algunos años fue Torcuato S. Di Tella (“Hacia una estrategia de la socialdemocracia en Argentina”, 1989, Ed. Punto Sur).  Sostenía que para conformar una alianza socialdemócrata se precisaban al menos dos elementos coaligados: la clase obrera sindicalmente organizada y un equipo de intelectuales con fuerte componente técnico-fabiano. Si miramos a Europa, la región del mundo que encarna el modelo socialdemócrata, efectivamente comprobaremos que estos partidos se han basado tradicionalmente en una fuerte coalición entre los trabajadores industriales y las clases medias.

            Esa coalición “keynesiana”, que fue muy consistente después de la segunda guerra, se ha ido desdibujando en la actualidad debido a los cambios tecnológicos, culturales y sociales de la globalización que han llevado a la pérdida de peso de la industria en la economía y a que las identidades políticas no tenga ya el mismo peso que en el período de posguerra. Frente a una sociedad más individualizada, formada por ciudadanos con intereses diversos, se hace más difícil amalgamar votantes alrededor de los viejos programas socialdemócratas.

            En Argentina el problema se agrava porque las cartas vienen mal barajadas desde 1945. Las fuerzas sociales que tradicionalmente han confluido en Europa para conformar la socialdemocracia, han sido ganadas aquí por el populismo. Perón representó en su momento el intento de conformar una coalición socialdemócrata, pero a poco andar destruyó al Partido Laborista que había alentado, para dar lugar a una nueva formación populista basada en un liderazgo mesiánico. Por otra parte, se ha producido un fenómeno de burocratización extrema de las organizaciones sindicales que las hacen muy dependientes de los gobiernos de turno y solo preocupadas  por defender sus numerosas  cajas y prebendas.

            Ahora bien, pareciera imposible construir una coalición socialdemócrata en la Argentina sin la presencia de los trabajadores organizados y las clases medias. Es decir sin un cambio en la dirección de los votos que en hasta ahora arrastra el peronismo en sus diversas variantes y presentaciones. Esta ha sido, desde Silvio Frondizi, una vieja aspiración de la izquierda argentina: la fractura de los partidos populistas como el peronismo y el radicalismo para que las alas de izquierda y  de derecha de estos partidos dieran lugar a una reconfiguración alrededor de dos polos que inauguraran una nueva bipolaridad partidaria de izquierda-derecha, a la europea.

            Esta vieja ilusión, que lleva tantos años como el peronismo, paradójicamente, está hoy más cercana de convertirse en una realidad gracias a la presencia de Cambiemos y el resquebrajamiento inocultable del peronismo. La existencia de una coalición de centro-derecha que ha obtenido el premio mayor del Poder Ejecutivo –lo que en un sistema presidencialista le otorga mucho poder- imponen algunas restricciones a la nueva oposición que todavía debe construirse en dique seco antes de echarse a navegar. Es evidente que no se puede armar esa coalición, bajo riesgo cierto de fracaso,  en base a un programa populista o articulada detrás de un liderazgo populista. Si no se construye un partido moderno, respetuoso de la institucionalidad democrática y con un programa económico-social que atienda a las restricciones propias de las economías modernas que se insertan con éxito en la economía mundial, ninguna coalición opositora tendrá posibilidades de tener éxito electoral en Argentina.

            Por otra parte,  el gobierno de Mauricio Macri no ha resuelto los problemas fundamentales que constituyen la clave de bóveda de su programa, lo que habilita mucho terreno para fundar un espacio alternativo. El gobierno de Cambiemos no ha dados pasos firmes para mejorar la calidad institucional ni ha resuelto los graves problemas de la macroeconomía heredados por la pésima gestión del kirchnerismo. Si a eso se suman los errores no forzados, generados por la incompetencia o soberbia de algunos ministros, cualquier alternativa opositora, si se construye con inteligencia, tiene mucho margen y recorrido.    

           Históricamente, en Argentina, hubo dos intentos fracasados de conformar un espacio socialdemócrata. El primero fue el intento de Raúl Alfonsín y el segundo la Alianza de la que formó parte el Frepaso. Ambos intentos fracasaron por razones que serían largo explicar en esta breve nota pero, en cualquier caso, estos intentos frustrados demuestran que se habían dado -y no hay porqué pensar que todavía no están presentes- las condiciones objetivas para que prospere una propuesta de esta naturaleza.  

            En cualquier caso, y con independencia de las dificultades indudables que conlleva siempre la construcción de una nueva fuerza partidaria, si queremos alternancia, Argentina necesita un partido que revalorice el valor de lo público, mejorando  la sanidad y la educación; que resalte el papel del Estado como regulador del mercado y redistribuidor de los excedentes económicos para reducir la desigualdad social; que apueste por la solidaridad y la negociación pacífica para afrontar los conflictos internacionales y que defienda la tradición de tolerancia y el respeto por las libertades individuales que la socialdemocracia heredó del liberalismo. Es un ideal que hoy parece muy lejano, pero solo podrá acercarse en la medida que los grupos políticos ahora dispersos  pongan manos a la obra. Se podrá especular hasta el cansancio sobre si tal emprendimiento es factible, pero cuando en una sociedad dinámica aparece una necesidad insatisfecha, es inevitable que surja una iniciativa para cubrirla.  

 

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