Humor y política: El nombre de la rosa

Alejandro Rojo Vivot

“El contenido de un chiste, por completo independiente del chiste mismo, es el contenido del pensamiento, que en estos casos es expresado, merced a una disposición especial, de una manera chistosa”.  [1] 

Sigmund Freud (1856-1939)

 

El extraordinario semiótico italiano Umberto Eco (1932-2016), que integró el Grupo 63, movimiento de neo vanguardia literaria, se tomó varios recreos a lo largo de su dilatada y enjundiosa labor para escribir extensas e importantes novelas como la popular “El nombre de la rosa”, [2] título que encierra una broma literaria, que ya superó los cincuenta millones de ejemplares vendidos en varios idiomas en 35 países.

La información es poder, qué duda cabe. Los textos impresos, durante siglos, fueron la herramienta principal para difundir ideas e informaciones, aunque al principio era carísimo hacerlo hasta que la humanidad contó con el aporte de la imprenta que contribuyó en mucho a bajar los costos. El otro gran adelanto fue cuando se dejaron de escribir únicamente en latín y se expresaban en los respectivos idiomas que el común de la gente hablaba. El tercer gran salto cuanticualitativo fue el producido por la generalización de la informática que, inclusive, derribó las barreras erigidas por los gobiernos autocráticos. [3]

En esas épocas, cada libro era copiado a mano, durante meses, por lo que, casi únicamente, los monarcas y la Iglesia Católica atesoraban la mayoría, concentrando la facultad autoritaria de divulgarlos o no.

Con nutridos datos históricos la ficción policial del medioevo va desentrañando el misterio de la lucha intestina por el poder con respecto al dominio oficial del conocimiento del pensamiento único, persiguiendo con la tortura, saqueo y la muerte a cualquiera que opinara distinto, ya que se los acusaba de herejes o de subversivos, según fuera el caso.

El personaje central, un franciscano investigador, motivado solamente por hallar la verdad sin censuras autoritarias, busca el posible único ejemplar de la segunda parte del célebre libro “Poética” del filósofo griego Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.), de gran influencia que se mantiene hasta, por lo menos, el presente.

Es un trabajo sobre el humor, la risa y la comedia, que tendría algunas opiniones distintas a las esgrimidas oficialmente por la Iglesia Católica que, eventualmente, podrían hacer disminuir su inmenso poder terrenal; de ahí que supuestamente estaba escondido en la más importante Biblioteca administrada por sacerdotes en una muy “rica abadía”.

“Jorge [4] señaló que no es lícito adornar con imágenes risibles los libros que contienen la verdad. Venancio observó que el propio Aristóteles había hablado de los chistes y de los juegos de palabras como instrumentos para descubrir mejor la verdad, y que, por tanto, la risa no debía ser algo malo si podía convertirse en vehículo de la verdad. Jorge señaló que, por lo que recordaba, Aristóteles había hablado de esas cosas en el libro de la Poética y refiriéndose a las metáforas. Y que ya eran dos circunstancias inquietantes: primero, porque la Poética, durante tanto tiempo ignorada por el mundo cristiano, y quizá por decreto divino, nos ha llegado a través de los moros infieles… (…).

Si un filósofo tan grande había consagrado todo un libro a la risa, la risa debía ser algo muy importante”. [5]

[1] Freud, Sigmund. El chiste y su relación con lo inconsciente. Biblioteca Nueva. Tomo I. Tercera edición. Página 1078. Madrid, España. 1973.

[2] Premio Strega (1981), Premio Médicis (1982), integrando la selecta lista Editors’ Choice del New York Time (1983), definido por Le Monde como uno de “Los 100 libros del siglo”.

[3] Sistemas de gobierno unipersonal que concentra toda la suma del poder, sin ningún tipo de control, que busca perdurarse sin ningún tipo de posibilidades de ser removido o reemplazado electoralmente.

[4] Diálogo entre dos sacerdotes.

[5] Eco, Umberto. El nombre de la rosa. RBA Editores. Páginas 106 y 107. Barcelona, España. Julio de 1993.

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