Esmeralda Mitre y la acusación de antisemitismo

Aleardo Laría.

El episodio que involucra al renunciante presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) Ariel Cohen Sabban con la actriz Esmeralda Mitre, además de constituir un episodio de acoso sexual, ofrece varios flancos para el análisis político. Tal vez el tema más desgarrador para muchos judíos sea el uso instrumental de la memoria de las víctimas del Holocausto. Pero visto el hecho desde otro ángulo, el episodio también permite develar una estrategia política de desprestigio que utiliza la acusación de “antisemitismo” para intentar neutralizar cualquier crítica que se formula a las políticas del gobierno de la derecha israelí encabezado por Benjamin Netanyahu.

Los rabinos no ortodoxos, nucleados en el Movimiento Masorti, han expresado “su profundo dolor por todo el daño causado a la memoria de los 6 millones de víctimas del Holocausto. La banalización de este infame genocidio no solo afecta al pueblo judío sino que daña la condición humana”. Esta preocupación por evitar que la memoria de las víctimas sea utilizada con otros fines ha sido también una inquietud de judíos laicos. Una crítica a estos usos la formuló hace algunos años Norman G. Finkelstein en un ensayo titulado “La industria del Holocausto” (Ed. Akal) que lleva como subtítulo “reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío”.

El episodio en el que se ha visto envuelta Esmeralda Mitre se inició a partir de unas declaraciones que formuló la actriz en defensa de su ex esposo Darío Lopérfido que había cuestionado hace algún tiempo el número de 30.000 desaparecidos en Argentina, un número icónico para las organizaciones de defensa de los derechos humanos. Esmeralda relacionó la polémica por el número de desaparecidos en la Argentina con el número de víctimas del Holocausto.: “Dijeron que eran 6 millones, pero quizás no eran tantos”. La comparación era pertinente, puesto que en ambos casos se discute el número exacto de víctimas –un dato histórico- y no se pone en cuestión la magnitud moral de ambas tragedias. Sin embargo, para el ex presidente de la DAIA “no puede ni debe existir duda alguna sobre el número de judíos asesinados durante el nazismo. La Shoá, su magnitud y el plan de exterminio del nazismo, es incomparable”.

Jonathan Karszenbaum, director ejecutivo del Museo del Holocausto de Buenos Aires, criticó también las declaraciones de Esmeralda Mitre afirmando que “son repudiables, ella ya pidió disculpas, fue una rápida reacción. Sin embargo, hay temas que no se pueden tomar a la ligera”. En diálogo con Radio Jai, Karszenbaum expresó que “no se pueden soltar frases que son ofensivas para la construcción de la memoria colectiva, especialmente para los sobrevivientes del Holocausto”. Esta sobrerreacción de algunas entidades judías guarda, en nuestra opinión, un evidente paralelismo con la sobrerreacción de las asociaciones de derechos humanas argentinas cuando se argumentó que el número real de desaparecidos podía ser inferior al que hasta entonces se venía aceptando.

Todos los hechos históricos están sometidos a la labor de investigación de los historiadores. Como señala Enzo Traverso en “La historia como campo de batalla” (FCE) el historiador “no debe formular sentencias de culpa o inocencia, sino tratar de interpretar una época y unos acontecimientos, problematizándolos, reconstruyendo su perfil, captando sus causas y su dinámica, penetrando en el universo mental de sus autores”. Esto ha llevado a algunos historiadores a discutir el número de víctimas o el carácter singular que se ha pretendió otorgar al Holocausto. El historiador Raul Hilberg, por ejemplo, sitúa la cifra de judíos asesinados en 5,1 millones. Otro historiador, Aimé Césaire, cuestiona la idea de singularidad al señalar que el nazismo no fue más que la reproducción, en pequeña escala, de la violencia colonial. “La Alemania nazi no hizo más que aplicar en pequeño a Europa lo que Europa occidental aplicó durante siglos a las razas que habían tenido la audacia o la torpeza de cruzarse en su camino”.

La “sacralización” de los hechos históricos se presta también a la manipulación ideológica. Según el historiador Peter Baldwin “la singularidad del sufrimiento judío refuerza las exigencias morales y emocionales que Israel puede hacer (…) a otras naciones”. Esto le ha otorgado una especia de derecho a considerarse especialmente amenazada y, por ejemplo, a que la Comunidad Internacional tolerara la decisión de crear armas nucleares invocando el derecho a evitar un nuevo Holocausto.

Otro tanto sucede con la acusación de “antisemitismo” que es profusamente utilizada por los partidarios del gobierno de la derecha israelí, para acallar cualquier crítica a las políticas bélicas de Israel. Como señala Jorge Elbaum, “es muy difícil para alguien que no sea judío deslizar una crítica al gobierno israelí, porque inmediatamente es tildado de antisemita”. Como añaden los profesores John Mearsheimer y Stephen Walt autores del ensayo “El lobby israelí” (Editorial Taurus) –estableciendo un símil con la acusación de homosexualidad- “la táctica funciona porque es difícil que nadie demuestre más allá de toda duda que no es antisemita, especialmente cuando manifiesta una actitud crítica frente a Israel”.

Las excusas que Esmeralda Mitre se vio obligada a formular luego de una visita a la DAIA –reunión que caracterizó como “muy dura”- su pedido de perdón y retractación “por haber ofendido a la más grande tragedia de la humanidad”, el compromiso de visitar el Museo del Holocausto “para aprender lo que pasó” y, finalmente, la visita impuesta a su domicilio del ex presidente de la DAIA son pruebas del impacto emocional sufrido por haber recibido una acusación velada de antisemitismo. Es comprensible que una actriz no esté preparada para hacer frente a este tipo de chantaje moral. Pero instalados en el espacio de la política, la mejor metodología para enfrentar las estrategias extorsivas de desprestigio es seguir la huella de los historiadores: describir con honestidad la realidad tal como se percibe aunque ello perturbe.

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