El ejemplo de Mariano Rajoy

Aleardo Laría.

          El ex presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, después de haber sido descabalgado de su puesto por una moción de censura promovida por el socialista Pedro Sánchez, anunció su retiro definitivo de la política, al tiempo que renunciaba a su cargo de presidente del Partido Popular. No es usual que un dirigente político que lidera un partido importante abandone su cargo para regresar a su empleo anterior en la vida civil. La política está plagada de líderes mesiánicos, de singular egocentrismo, que se consideran insustituibles, de modo que la decisión tomada por Rajoy es poco habitual y marca una novedad: la de entender la política como un servicio público temporal.

            Las formas modernas de la política nos han acostumbrado al político profesional, que se incorpora a la vida política en determinadas circunstancias y luego va ascendiendo o rotando en los puestos públicos, de acuerdo a los resultados electorales. Cuando las urnas le obligan a marcharse a la oposición, se mantienen en cargos partidarios, a la espera de una nueva oportunidad. En los casos de primeras figuras, que han alcanzado el liderazgo en partidos políticos que tienen opciones de poder, lo habitual es que permanezcan en su sitio, salvo que una revuelta interna los obligue a un retiro involuntario.

            Es cierto que la democracia moderna necesita de políticos profesionales, que van escalando posiciones en una suerte de cursus honorum  que les permite adquirir un mayor conocimiento y formación en el arte de la política. Se supone que en una democracia los políticos provienen de distintas extracciones sociales, con niveles educativos muy disímiles, que no siempre garantizan una preparación adecuada para la gestión pública. En ocasiones, los partidos políticos suplen estos déficits en sus escuelas de formación, pero no existe mejor forma de incorporar conocimientos que haciendo una práctica progresiva que consolide cualquier formación teórica.

            Ahora bien. El precio que se paga por esta metodología es la permanencia indefinida de los profesionales de la política que buscan sobrevivir a cualquier precio  y evitan a toda costa volver a sus lugares de orígenes. De esta manera se produce una cierta dificultad para la renovación de los partidos políticos y se forman camarillas que se apoltronan en sus puestos adoptando posturas conservadoras y burocráticas. Como acontece con otras organizaciones, se conforman consolidadas oligarquías partidarias.

            Estos fenómenos fueron tempranamente analizados a comienzos del siglo XX por agudos comentaristas como Gaetano Mosca (“La clase política”) y Robert Michels (“Los partidos políticos”) entre otros. Para Michels, “quien ocupó el poder ya no estará dispuesto a regresar a la situación relativamente oscura que ocupó antes…La conciencia de poder produce siempre vanidad: una convicción indebida de grandeza personal”. Añadía que si bien el deseo de dominar, para bien o para mal, es universal en los seres humanos, el despotismo de los líderes  no provenía solamente de una comprensible ansia de poder, sino que era el resultado de la creencia profunda en la propia valía y en el sincero convencimiento de lo elevado que eran los servicios prestados a la comunidad.

            El sistema representativo hace imposible poner fin a la división estructural entre gobernantes y gobernados en una sociedad compleja. Por otra parte, las élites políticas y las organizaciones partidarias tienen intereses corporativos que los enfrentan de algún modo con los intereses de las personas que deben representar. En ese conflicto de intereses, es muy fuerte la tentación para mantener y extender los privilegios que da el poder. En este sentido es muy ilustrativo el ejemplo de la extensión que tuvieron los privilegios acumulados por la “nomenklatura” comunista en la época de la Unión Soviética.

            Frente a estas dificultades y contradicciones los sistemas institucionales intentan establecer mecanismos que impidan o moderen estos comportamientos oligárquicos. Los éxitos que se alcanzan son siempre relativos. Pero donde mayor resultado se puede obtener es a partir del auto reconocimiento por los líderes partidarios de su humana falibilidad. Romper con el auto enaltecimiento al que se refería Michels. En este sentido, la decisión de Mariano Rajoy de regresar a la vida civil, renunciando a influir en la selección de su sucesor, es ejemplar y debe ser reconocida, con independencia de la mayor o menor simpatía que se tenga por la ubicación ideológica del político gallego.    

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