Humor y política: Un ensueño feliz

Alejandro Rojo Vivot

“Una gran cantidad de los chistes lanzados a la circulación recorre de este modo un curso vital en el que a una época de florecimiento sucede otra de decadencia, y luego un total olvido. Mas por cada chiste que de este modo perece, creamos, impulsados por la necesidad de extraer placer de nuestros propios procesos mentales y, apoyándonos en los nuevo intereses de ʻactualidadʼ, otro que lo sustituye. La fuerza vital de este género de chistes no es algo a ellos inherentes, sino tomado, por medio de la alusión, de aquellos otros intereses cuyo curso determina los destinos de los chistes”.

Sigmund Freud (1856-1939) (1)

Cuando empleamos la perspectiva del humor para reflexionar sobre una cuestión determinada nos atenemos a parámetros específicos, enriquecemos y, al mismo tiempo, sesgamos el punto de vista; siempre el resultado es característico de ese proceso como muy lejano, por cierto, de la rigurosidad de un estudio histórico.

De ahí que las endebles inteligencias rígidas, los autoritarios y otros tantos desalientan, desdeñan y, frecuentemente, rechazan al humor.

Los hechos pasados, los presentes y los eventualmente futuros, muchas veces, observados con microscopios o telescopios humorísticos nos permiten apreciar aspectos antes desapercibidos o, al menos, divertirnos un rato.

Las confrontaciones armadas entre naciones son aberrantes caminos que buscan resolver lo que la racionalidad no ha podido o querido. Por caso, según los distintos cálculos, la II Guerra Mundial produjo entre 40 millones y 70 millones de seres humanos muertos (la mayoría civiles que no combatían), masivas violaciones a los derechos fundamentales y millones de heridos, huérfanos, familias destruidas e ingentes pérdidas materiales como ciudades enteras arrasadas, más allá del frecuente ocultamiento de esas cifras como lo hizo, entre otros, el sanguinario dictador Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (José Stalin) (1878-1953).

Del drama inconmensurable también se puede salir de la mano del humor.

Un ejemplo de lo antedicho es la ágil comedia de enredos estadounidense “Despiértame cuando la guerra haya terminado” (Wake me when the war is over), (1969), dirigida por el multipremiado (2) y polifacético (3) Gene Nelson (1920-1996), con las actuaciones de Ken Berry, (1933) Eva Gabor, (1919-1995) Jim Backus (1913-1989) y Warner Klempere (1920-2000).

El argumento es simple, un torpe soldado estadounidense, perdido durante el combate en Alemania, es protegido por una baronesa con doble vida para aparentar su sumisión al nazismo gobernante autoritariamente. Además logra obtener un nuevo amante que no sabe ni una palabra de alemán, por lo que no entiende nada salvo cuando le habla la dueña de casa en inglés.

El libretista intercala numerosas escenas donde los personajes entran y salen de la mansión, se esconden y vuelven a circular, en una larga y risible sucesión de idas y vueltas, aunque nunca se ven entre sí.

Con la derrota, los territorios son ocupados por las fuerzas aliadas, pero la baronesa sigue sin revelarle a su protegido que la guerra finalizó y que es libre para volver a su añorado país.

A partir de 1945, los nazis que no fueron encontrados y apresados por la justicia, cuando son reconocidos en la calle por sus conciudadanos son insultados, a lo que uno de ellos en la ficción que transcurre en 74 minutos, se lamenta con mucho énfasis: “Mejor estaríamos si nos hubiéramos refugiado en Argentina”, en clara alusión a la política predominante en esa época, signada por una dictadura y el “Grupo de Oficiales Unidos” o “Grupo Obra de Unificación” (GOU), que perduró en los hechos más allá de su disolución (4).

El humor aportando su perspectiva a la política.

(1) Freud, Sigmund. El chiste y su relación con el inconsciente. Editorial Nueva. Tercera edición. Tomo I. Página 1098. Madrid, España. 1973.
(2) Globo de Oro, Tony, Premio Mundial de Teatro, etcétera.
(3) Director, guionista, bailarín y actor.
(4) La organización nazi Organisation der ehemaligen SS-Angehörigen (ODESSA) contribuyó en mucho a que prófugos se refugiaran en secreto, siempre con colaboración local de alto poder: André Albert Baert Adolf Eichmann, Erich Priebke, Joseph Schwammberger, Gerardo, Byttebier, Joseph Mengele, Gerard Blaton, etcétera.

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