Citarella: «Ya es tiempo de decir la verdad»

Rolando Citarella

El economista Rolando Citarella publica en el diario Río Negro de hoy un artículo sobre la actualidad nacional:

«Unos días antes del ballotage presidencial de 2015, comentaba en una nota sobre la herencia que recibiría el ganador de esa contienda. El título de la misma, que tomé prestado de otra que escribiera el mexicano Iván Martínez en el 2013, era el siguiente: “A veces lo mejor no es ganar, sobre todo cuando rifan un tigre” (1).

Finalmente, Mauricio Macri ganó la rifa y tuvo que cobrar el premio. Seguramente sabía de la bravura del tigre que se estaba llevando a casa, pero a lo mejor la subestimó un poco, tal como lo ha reconocido recientemente.

Pero si ahora se comprende la gravedad de los problemas que enfrentamos, no se entiende que los planes de solución sólo pasen por parar la obra pública, reducir viáticos y horas extras, congelar el ingreso de agentes al Estado, etc., (que además, como ha sido siempre, la burocracia se encargará de eludir con artificios administrativos). Los problemas son muchísimos más graves, y es hora de decírselo al pueblo.

¿Cuánto de graves? Imagínese cuanto será, que en los actuales libros de economistas reconocidos a nivel mundial, y que abordan las razones de por qué algunos países progresan y otros no, invariablemente mencionan a la Argentina como el caso piloto (único) de cómo no se deben hacer las cosas. Todos ellos mencionan el insólito caso de un país que llegó a ser el quinto en el ranking mundial y hoy está por debajo del puesto sesenta, y sin miras de poder parar la caída.

En algún momento, y cuanto antes mejor, habrá que decirle al pueblo argentino, sin rodeos ni medias palabras, que este sistema económico, implantado en el país a partir de la llegada del general Perón al poder, ha sido un fracaso. Un país que desde entonces no ha sido capitalista ni socialista. Un país que, bajo las hermosas palabras “conquistas sociales”, que han adornado la sanción de incontables leyes, lo único que consiguió fue generar privilegios para algunos sectores de la sociedad y, como contrapartida, terminó con cualquier intención seria de invertir y dar trabajo, generando una pobreza alarmante, hoy en el 30%, y con perspectivas de seguir creciendo.

Al cabo de estos setenta años, Argentina dejó de ser un país de trabajo, mayoritariamente privado y realmente productivo, a un país de empleados públicos, de baja o nula productividad. Un país donde el objetivo supremo de sus ciudadanos es alcanzar la planta permanente en el Estado, la estabilidad laboral a perpetuidad y, de la mano de ello, algún otro privilegio (sueldos por encima de las posibilidades de pago, horarios reducidos, largas vacaciones, jubilación con el mejor año de aporte, etc.).

Pero no terminan ahí los problemas. Ya que del otro lado, es decir, del lado del sector privado que aún permanece en pie, y debe enfrentar una carga impositiva enorme para sostener este estado, las cosas también están muy mal. No sólo por esa carga, sino porque debe enfrentar relaciones laborales, que en nada le han servido al país.

Sólo le han servido, transitoriamente , a los trabajadores protegidos por esas leyes, hasta la quiebra inexorable de la empresa, y en forma permanente a los sindicalistas y los abogados de la industria del juicio. Al resto del país mayoritario, nada de nada.

Ya es tiempo de decirle al pueblo argentino que un país en estas condiciones es inviable. No existe ningún caso a nivel mundial que haya progresado en base al empleo público. Ahí tenemos a la mano los ejemplos de Grecia y Venezuela, por no mencionar los casos de todo el este de Europa y China, que, cansados de fracasos estatistas, hace unos 30 años decidieron pegar un viraje de 180°.

El actual gobierno, que claramente no ha sido culpable de este fracaso, se tiró un lance de que los problemas fiscales se cerraran vía aumento de tarifas y crecimiento económico. Ha sido loable lo primero, pero lo segundo, si bien es lo deseable, no es posible. Nadie quiere invertir en un país que más que premiar la inversión la castiga con impuestos y regulaciones laborales, que a la larga terminan con la quiebra de la empresa.

Seguramente con las mejores intenciones, acorde a lo que se vivía en el mundo a mediados del siglo pasado, y en su afán de alcanzar un mayor bienestar rápidamente, el peronismo tomó una vía alternativa, que con el tiempo hemos visto que no lleva a ningún lado. Y la única manera de volver a la vía del desarrollo es desandar el camino. Lo cual significa volver a un Estado que no implique más del 30% del PBI (hoy está en el 45%), y barrer con todos los privilegios laborales, tanto estatales como privados.

Creo que la mayor contribución del actual gobierno, para no pasar sin pena ni gloria como un gobierno más que fracasa, sería decir estas verdades, si es que las comparte. Lógicamente, los beneficiados por este sistema argentino tan particular le van a saltar a la yugular. Empezando con la dirigencia política, mayoritariamente populista, y en gran medida responsable de la situación a la que ha llegado el país, y todos los privilegiados que se llevan al bolsillo la plata que no se corresponde con el producto generado. Pero no hay alternativas: o cambiamos el sistema, como hicieron los países que abandonaron el comunismo, o seguimos cayendo como Venezuela, sin miras de tocar un fondo que signifique el inicio de la recuperación. Recordar que “siempre se puede estar peor”.

 

(Diario “Río Negro” del 20/10/2015)

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