Como extranjeros en nuestra patria: estadísticas y percepciones

Confluencia Digital

Por Roberto Kozulj

Comprender una sociedad como la nuestra resultó siempre difícil para los extranjeros. Lo complicado es cuando la propia sociedad no puede comprender lo que le sucede a sí misma. Cuando la posverdad domina al punto de opacar lo que aún resta de verdad objetivable. No se incluye en ella la mutación de discursos, pues estos responden a estrategias electorales y a ideologías. Pero el nivel de mentiras, a veces turba. Así, no deja de asombrar que la grieta impida pensar con claridad a nuestros ciudadanos.

Existe un período ciego en las estadísticas que corresponde a la inflación ocurrida entre diciembre de 2015 y abril de 2016 y también uno que corresponde al valor de la línea de pobreza interrumpido a comienzos de 2014. A pesar de eso es factible reconstruir en parte, algo de lo ocurrido. El valor de la canasta alimenticia era de 577 pesos en diciembre de 2013. Hoy dicho valor es de 6753 pesos. Si en cada caso dividimos estos valores por el tipo de cambio vigente a esas fechas nos da u$s 93 para 2013 y u$s 176 para septiembre de 2018 y ello con un dólar promedio de 38,3 hoy en día. Esto significa que la canasta alimenticia que determina el valor de la línea de pobreza se incrementó en un 1070% (11 veces). En el mismo lapso la inflación empalmando las series corregidas del INDEC arrojan 229% (2,3 veces) y el tipo de cambio 506% (5,1 veces). Frente a estas cifras llama la atención que algunos economistas y algunos empresarios por igual supongan que nuestro problema reside en el excesivo gasto público (para ellos supuestamente improductivo). ¿Se olvidan del precio de los alimentos, su impacto sobre el salario y el papel de las retenciones? ¿Del problema de administrar divisas escasas? Igual, la devaluación licúa el gasto.

Pero esas estadísticas corresponden a un período muy extenso. Vayamos a las del INDEC desde abril de 2016 a la fecha. En este caso tenemos lo siguiente: a) el costo de la canasta alimenticia se incrementó de 3663 pesos a 6753. Un incremento del 84% similar al de la inflación; b) el salario mínimo vital y móvil pasó- en idéntico lapso-, de 6030 a 10000 pesos. Es decir, creció nominalmente en 67,8%. De allí se infiere ya una pérdida de poder adquisitivo en pesos superior al 11%, pero expresado en dólares el salario se deterioró entre abril de 2016 y septiembre de 2018 en un 38%. Así, siguiendo las cifras del INDEC con sus estadísticas revisadas y con las del Banco Central, se infiere que para no ser pobre una familia debe percibir entre 1,7 y 2.2 salarios mínimos. En abril de 2016 debía percibir entre 1.5 y 2 salarios mínimos. ¿Una distorsión estructural?

Pero veamos ahora el lado de algunas de las variables clave que debían ser saneadas. La producción de petróleo crudo ha sido en 2017 14% inferior a la media de 2015 y la de gas natural apenas si se incrementó 4%, mientras que las importaciones de gas, en volumen, permanecen casi fijas desde 2014 a la fecha. Todo ello a pesar de las muy fuertes mejoras en los precios percibidos por los productores y de las mayores tarifas pagadas por los usuarios. Lejos, muy lejos de resolver la crisis que se debía resolver, aún pesan en las cuentas públicas los subsidios energéticos. Originados ahora en precios estímulo contra resultados magros y promesas fantasiosas que solo pueden hacerse frente a mucha ignorancia.
No es necesario mencionar el festival de tasas y endeudamiento que alimentaron la inflación. Esto no es un país normal. Ningún ciudadano/a desconoce esto. Pero nuestra realidad se lee a través de la grieta y sus sesgos. Por eso: se lee pero no se interpreta para generar soluciones como nación. Los fantasmas lo impiden. Si se es disidente: el ostracismo. En él mientras muchos se han hecho ricos-muy o más ricos- sin trabajar. Sin crear riquezas y empleos para la sociedad. Destruyéndolas. Muchos creen que solo ellos trabajan y merecen gozar de la vida.

Mientras esta historia sucede en la Argentina, los países desarrollados han aprendido del círculo virtuoso de sostener un gasto público acorde a las necesidades de crear riqueza, infraestructura, sostener la educación, la innovación, la salud y los sistemas solidarios que crean y sostienen la riqueza creada y repartida con mayor equidad. Por cierto, no son países comunistas, ni se debaten en disputas campo-ciudad propias del siglo XIX. Tampoco se enfrascan en discusiones virulentas sobre cuestiones superadas por la historia. Menos denigran el valor del estudio ni la esperanza de sus jóvenes. Supieron hacer del estudio y del trabajo algo digno y respetable aún para los inmigrantes que a veces los atemorizan. Hicieron algún esfuerzo por comprenderse y no quedar atrapados sin salida en una grieta prefabricada. Tal vez en otras latitudes. Lo paradójico es que soñamos con ser como ellos y pareciera hacemos lo imposible por no serlo. Incomprensible. No es normal.

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