Mensaje navideño para navegantes

Aleardo Laría.

Continuando con una vieja tradición, Felipe VI, el Rey de España, ha dirigido un mensaje navideño a todos los españoles. El rey ha culminado su discurso exhortando a los ciudadanos de su país de ser conscientes de la realidad que impone el siglo XXI y a «ser capaces de alcanzar consensos cívicos y sociales que aseguren el gran proyecto de modernización de España». Sus palabras bien podrían haber sido dirigidas también a los atribulados argentinos que observan con dolor como el país sigue desbarrancándose mientras la clase política, envuelta en la estrategia de polarización, continúa lanzándose improperios en la cubierta del Titanic.
Felipe VI ha subrayado la voluntad que desde el inicio de la transición tuvieron los españoles de «trabajar juntos» y «entenderse», así como la de los líderes políticos, económicos y sociales de «llegar a acuerdos, a pesar de estar muy distanciados por sus ideas y sentimientos». Palabras que elípticamente parecían ir dirigidas a Cataluña, donde el separatismo alienta la fantasía de un exit sin futuro. A todos aquellos españoles, señaló el rey, “les unía un objetivo muy claro: la democracia y la libertad en España; definir unas reglas comunes que garantizaran nuestra convivencia. Y lo lograron. De ese éxito nos hemos beneficiado las siguientes generaciones; y lo que debemos hacer hoy es todo lo que esté en nuestras manos para que esos principios no se pierdan ni se olviden, para que las reglas que son de todos sean respetadas por todos», ha exhortado.
En su reflexión, el rey ha enfatizado que la convivencia «es el mayor patrimonio que tenemos los españoles», aunque ha advertido de «que siempre es frágil, no lo olvidemos». Aunque ha dado por hecho que hoy se disfruta de «una democracia asentada» en la que se comparten «unos mismos valores con otras democracias de nuestro entorno», ha considerado «imprescindible que aseguremos en todo momento nuestra convivencia». Una convivencia, ha incidido, basada en “la consideración y el respeto a las personas, a las ideas y a los derechos de los demás» y que «requiere que cuidemos y reforcemos los profundos vínculos que nos unen y siempre nos deben unir a los españoles». Y que «es incompatible con el rencor y el resentimiento», unas «actitudes que forman parte de nuestra peor historia y no debemos permitir que renazcan», ha prevenido. «Una convivencia», ha subrayado, «en la que la superación de los grandes problemas y de las injusticias nunca puede nacer de la división, ni mucho menos del enfrentamiento, sino del acuerdo y de la unión ante los desafíos y las dificultades».
Un discurso de estas características solo es posible en el marco de un sistema parlamentario donde están perfectamente separadas las funciones del Jefe del Estado de las labores políticas del Gobierno, generalmente a cargo de un “primer ministro” (que en España se denomina “presidente del Gobierno”). Como señala la Constitución Española, “el Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones y asume la más alta representación del Estado Español en las relaciones internacionales”. Este rol aparentemente simbólico, ha demostrado en la práctica ser de enorme trascendencia, dado que la presencia de un poder moderador permite mediar entre las partes y atenuar la virulencia que a veces alcanzan los conflictos políticos. Ese rol que desempeña el rey en las monarquías parlamentarias lo cumple en las repúblicas parlamentarias europeas –como Alemania e Italia- el presidente de la República. El caso de Francia es especial, dado que se trata de un sistema “semi-presidencialista” en el que el presidente tiene mayores poderes que en el resto de repúblicas parlamentarias.
En cambio en los sistemas presidencialistas americanos, el presidente de la República es el Jefe del Estado -“jefe supremo de la Nación” según el texto constitucional argentino- y jefe del Gobierno y responsable de la administración general del país. De modo que aquí tenemos unidos en una única persona física dos responsabilidades que en los sistemas parlamentarios están escindidas. La consecuencia práctica de este diseño institucional es que en los sistemas presidencialistas no existe una figura moderadora capaz de convocar a la unidad política en tiempos de zozobra. Pensemos: ¿Qué valor podría tener un llamado del presidente Macri a la unidad de los argentinos cuando es el responsable de lanzar el Código Penal sobre la cabeza de sus adversarios políticos?
Eduardo Fidanza es uno de los pocos intelectuales argentinos que tiene una mirada abarcadora del largo plazo. En una nota publicada en La Nación bajo el título “falta estrategia para una sociedad a la deriva”, señala que “las capas medias y bajas de la sociedad están experimentando un desengaño y una ausencia de rumbo de consecuencias imprevisibles para la democracia: semejan un enorme fragmento que se siente a la deriva, navegando como un témpano desprendido del continente. Quizás entender este desgarro, sabiendo que a la Argentina le aguardan tiempos de escasez más allá de ocasionales recuperaciones, haga que las elites abandonen el egoísmo, para diseñar estrategias consistentes y duraderas de reconstrucción del país”.
Mientras las estrategias de polarización consuman el interés de la clase política, será imposible acordar un conjunto de políticas de largo plazo que definan un modelo de desarrollo e inserción internacional sustentable en el tiempo. El recurso de atribuir todos los males al populismo de izquierda, mientras en la práctica se ejecuta un populismo de derecha, rancio y conservador, no ha hecho más que agrandar una grieta que con estos procedimientos no tiene visos de cerrarse. Resulta difícil adivinar ahora cómo se podrá superar esta brecha. Lo único que sabemos es que “la estupidez consiste en hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados”.

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