El «renunciamiento» de Cristina

Aleardo Laría.

La decisión de Cristina Fernández de Kirchner de bajar un peldaño en la competencia electoral por la presidencia puede ser analizada desde muchos puntos de vista. En el contexto actual de una “grieta” que no solo es política sino también intelectual y cognitiva, habrá opiniones para todos los gustos y cada participante pondrá el acento en las interpretaciones más favorables para su causa. En este análisis adoptamos un punto de vista en el que pesan más las cuestiones institucionales que las partidarias. Desde esa perspectiva, la decisión de CFK nos parece sensata por los argumentos que desgranaremos a continuación. En nuestra opinión guarda, salvando todas las distancias históricas, un cierto aire de familia con el famoso “renunciamiento” de Eva Perón.

Dado que hemos mencionado el aspecto institucional, debemos decir que la decisión de designar “a dedo” a un candidato presidencial y auto designarse candidata a la vicepresidencia no es una muestra de excesivo celo por las formas institucionales. Debemos recordar que no hace mucho tiempo el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, anunció su retiro de la política y conservó la más escrupulosa neutralidad para que su partido designara al nuevo líder que lo representara. Pero en Argentina los partidos políticos no existen como tales. Son meras estructuras de soporte electoral para los líderes que son seleccionados por los resultados de las encuestas de opinión. El sistema de las PASO ha contribuido también a darle valor esencial a esas encuestas. De modo que en Argentina, por el momento, es impensable imaginar un proceso democrático de selección menos contaminado por lo personal.

La decisión de CFK debe analizarse en primer lugar tomando en cuenta el contexto nacional e internacional y los riesgos que asumía si optaba por presentarse a las PASO encabezando el ticket electoral. La resistencia a su candidatura era tan fuerte en un sector de la sociedad, que corría el riesgo de perder una elección en un eventual ballotage. Una jugada demasiado arriesgada, como tirar una moneda al aire, y si el objetivo político principal era y sigue siendo desalojar del poder al gobierno de Mauricio Macri, se trataba de una apuesta con un elevado margen de incertidumbre. Los antecedentes del gobierno de Macri, fabricando causas judiciales o falsificando pruebas para convertir suicidios en asesinatos, más el apoyo incondicional de unos medios de prensa que han venido jugando muy fuerte para influir en las decisiones de los electores, tampoco permitían presagiar un proceso electoral limpio y transparente.

Por otro lado estaba el problema del día después. Aunque la apuesta electoral resultara favorable, aparecía a continuación el problema de la gobernabilidad en un contexto internacional muy agresivo para los populismos de izquierda desde el momento que Donald Trump convirtiera a Venezuela en su caballito de batalla. La alianza entre los halcones Trump, Netanyahu y Bolsonaro permitía presagiar un clima de hostigamiento internacional permanente, sin margen para conseguir apoyos en el subcontinente sudamericano.

Luego estaba el problema de las enormes dificultades que ofrece la tarea de levantar una economía que ha sido sometida a un régimen de adelgazamiento forzoso por los hechiceros del neoliberalismo. Los márgenes para negociar con los inversores financieros internacional eran sumamente estrechos para alguien que estaba etiquetada como una enemiga declarada de los mercados. No es posible pensar en una salida de la grave situación económica actual sin un gran “acuerdo nacional”, para lo que hace falta interlocutores que no sean impugnados por la otra parte. En este sentido, deben considerarse auténticas las palabras de CFK para justificar su decisión al señalar acertadamente que “la coalición que gobierne deberá ser más amplia que la que haya ganado las elecciones”.

Como es natural, los simpatizantes de la coalición actualmente gobernante, han salido en las redes a descalificar la decisión y tildar a Alberto Fernández de mero “chirolita”, una suerte de Héctor Cámpora redivivo. Es una mirada falsa, porque ignora el enorme poder institucional que tiene el presidente una vez que ha asumido el mando. Justamente, el mayor riesgo que asume CFK es que un nuevo presidente la deje a la intemperie, como ha acontecido recientemente en Ecuador, en la tele novela de amor contrariado vivida entre el ex presidente Rafael Correo y su designado sucesor, Lenin Moreno. De momento, la eventual presidencia del Senado y la presencia de un poderoso bloque de diputados y senadores, alejan en el tiempo esa posibilidad.

Ahora bien. Si consideramos que en términos generales la decisión de Cristina Fernández de correrse de la carrera presidencial ha sido sensata, cabe analizar también, desde la perspectiva de la defensa de los propios intereses partidarios, si la elección de Alberto Fernández ha sido la más correcta o existían otras figuras -como podría ser Felipe Solá- menos resistidas dentro del propio kirchnerismo. De hecho, la designación de Alberto Fernández ha generado enorme malestar en algunos sectores nacionalistas del peronismo, como es el caso del ex secretario de Comercio Guillermo Moreno, quien no ha vacilado en esgrimir como mayor insulto, el de tildar al candidato de “socialdemócrata”. Pero son justamente esos rasgos lo que lo convierten en el operador más indicado para realizar la labor encomendada.

En nuestra opinión en la decisión de CFK han pesado dos características personales de Alberto Fernández que lo convertían en la persona más indicada para cumplir la misión que se le ha asignado. En primer término se trata de un hábil negociador con un pasado político que los muestra como un pragmático dirigente sin demasiadas ataduras ideológicas. El hecho de haber sido un duro crítico de las medidas adoptadas en el segundo gobierno de Cristina, cuando el kirchnerismo había decidido “ir por todo”, lo convierten en un político con la suficiente personalidad para no quedar retratado como mero fideicomisario de CFK. Si el objetivo es conformar una coalición más amplia que la que hubiera ganado las elecciones, Alberto Fernández es sin duda la persona más adecuada. Es algo así como si Macri designara en su lugar a María Eugenia Vidal, a Rogelio Frigerio o a Emilio Monzó, personas que han demostrado tener una flexibilidad política de la que carece el actual presidente.

Por otra parte, la calidad de profesor de Derecho Penal de la Universidad de Buenos Aires y sus excelentes relaciones con algunos miembros de la Corte Suprema, lo convierten a Alberto Fernández en el operador ideal para afrontar las “barrabasadas” (A.F. dixit) jurídicas cometidas por el gobierno de Macri. Tratar de romper la enmarañada red judicial construida por la AFI, con la colaboración de jueces y fiscales federales, para capturar la presa mayor de la oposición, es una labor que demandará una enorme capacidad política y sobre todo jurídica, porque deberá hacerse desde la perspectiva de reconstruir el Estado de Derecho, con un enorme cuidado para evitar caer en errores semejantes a los que se quiere reparar.

Si consideramos que el “renunciamiento” histórico de Evita fue producto del baño de pragmático realismo del general Perón, la decisión de CFK guarda con aquel episodio esa limitada similitud. No estamos ante la bondadosa y humilde decisión de renunciar a los honores, sino ante una calculada y fría jugada política forzada por un contexto muy desfavorable. Como toda jugada de alto riesgo, no tiene garantizado el éxito, pero muestra a Cristina como una mujer dotada de la inteligencia suficiente para tomar decisiones pragmáticas, alejadas de toda ensoñación ideológica. Una imagen muy alejada de la que los grandes medios construyen a diario para confundir a sus infatuados lectores.

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