Los 10 puntos de Macri

Aleardo Laría.

La actividad política es, casi por definición, el espacio del desacuerdo. La mera presencia de “partidos” (políticos) en una democracia, indica que existen perspectivas y propuestas diferentes que están en permanente conflicto y compiten por ganar el favor del electorado. Sin embargo, también es cierto que en muchos países, sobre todo en períodos de crisis políticas o económicas, han surgido propuestas para alcanzar algunos acuerdos puntuales sobre ciertas políticas de Estado que demandan estabilidad y tiempo para dar resultados. La posibilidad de alcanzar acuerdos depende de que la convocatoria se haga de buena fe y que se respeten ciertos procedimientos formales que ofrezcan garantías a los interlocutores de que no se quieren obtener ventajas electorales. Dos condiciones que brillan por su ausencia en la convocatoria que acaba de formular el presidente Mauricio Macri.

Es cierto que Argentina necesita definir un modelo de inserción internacional que establezca el modo de relacionarnos con el mundo; pactar un modelo de Estado profesional y eficiente que lo blinde frente al sistema de expolio al que lo someten los partidos políticos; definir el rol del Estado en la economía; el modelo de relación entre las provincia y el Estado central; garantizar la independencia del Poder Judicial que en la actualidad aparece sometido y penetrado por los aparatos de inteligencia del Estado. Abordar estas tareas no es labor de un solo partido político y demandaría acuerdos honestos basados en el respeto más absoluto a las reglas de la imparcialidad para que nadie obtenga ventajas de ningún tipo. Una tarea para la que no parecen psicológicamente muy preparados los expertos cavadores de grieta que hasta hace poco predicaban la necesidad de no alcanzar ningún acuerdo porque eso iba en contra de preservar su identidad.

Si repasamos algunas experiencias históricas en la búsqueda de consensos podemos detenernos brevemente en uno de los más famosos pero menos conocidos: los Pactos de la Moncloa de 1977. En realidad fueron solo dos. El más importante, un acuerdo sobre reforma y saneamiento de la economía que fue un programa entre el Gobierno, las centrales empresariales y los sindicatos para salir gradualmente de una inflación de casi el 27 %. El otro fue un breve acuerdo sobre un programa de actuación jurídica y política suscripto con todos los partidos políticos, más bien de carácter simbólico. En cualquier caso, los acuerdos se suscribieron una vez que el presidente Adolfo Suarez hubiera convocado a los líderes de los partidos políticos y demás interlocutores para hacerles conocer su intención, y recabar su apoyo. Recién cuando contó con esa aprobación se pusieron en marcha las negociaciones para darle letra y contenido a lo acordado previamente. De modo que Adolfo Suárez hizo dos cosas contrarias a las que acaba de hacer Macri: 1) La propuesta la formuló al comienzo de su mandato, no 45 días antes de iniciarse un período electoral. 2) No presentó ningún texto previo con 10 puntos “pro mercado”, a modo de contrato de adhesión, como acaba de hacer Macri.

Otro ejemplo históricamente más cercano lo ofrece la famosa Mesa del Diálogo Argentino que motorizó Eduardo Duhalde, con la colaboración de la Iglesia argentina y el concurso del delegado de Naciones Unidas, Carmelo Angulo, luego de la devastadora crisis del 2001. En este caso el diálogo se inició en un lugar imparcial, la sede la Organización de las Naciones Unidas en Buenos Aires, contando con la participación del Gobierno, la Iglesia, Naciones Unidas, el Banco Interamericano de Desarrollo y diversos sectores políticos y sociales, incluyendo partidos, sindicatos y organizaciones de la sociedad civil. En la primera etapa tuvieron lugar diálogos bilaterales y se suscribió un documento fijando las bases del diálogo. Luego se convocaron diversas mesas que abordaron distintas temáticas y fueron elaborando diferentes documentos que sintetizaban algunos acuerdos. Las mesas sectoriales se constituyeron en varias áreas: laboral-productiva, salud, educación, reforma judicial y reforma política. Digamos a modo de resumen que si bien el trabajo fue intenso y se alcanzaron algunos resultados, todo ese esfuerzo terminó diluyéndose y fue engullido por el sistema presidencialista. Está visto y probado que ningún presidente acepta despojarse de sus facultades, salvo cuando el agua alcanza la altura del cuello.

El actual acuerdo que propone Macri tampoco es el primero. Luego de haber ganado las elecciones de medio término en 2017, hizo una propuesta similar lanzando la habitual proclama optimista con la que se presentan estas iniciativas. «Entramos en una etapa de reformismo permanente. La Argentina no tiene que parar, no tiene que tener miedo a las reformas. Nos va a ayudar a vivir mejor. Éste es un camino largo, nadie nos va a regalar nada. Éste es el camino que nos lleva a una sociedad más justa, a un país que se basa en la cultura del trabajo», dijo Macri en aquella ocasión. Como ya no había urgencias electorales, voceros oficiosos proclamaron que la intención del presidente era “escuchar a todos”. Según el cronista de La Nación “después de la fotografía grande, llegará el momento de negociar sector por sector. «No se puede avanzar con todos al mismo tiempo», se atajó un hombre con acceso diario al despacho presidencial. La negociación principal será con los gobernadores, anticiparon en la Casa de Gobierno”. ¿Qué quedó de aquella propuesta? Nada. Luego, como acontece con estas cosas, apagadas las luces del escenario, las brillantes iniciativas quedan en la penumbra de las hemerotecas, para solaz y diversión de los historiadores.

De modo que la nueva iniciativa de diez puntos de Macri no parece que vaya a tener mejor suerte. Por su frío contenido economicista, fue acertadamente definida por Carlos Pagni como una suerte de nuevo “consenso de Washington”. En todo caso sorprende que habiendo sido “la pobreza cero” una de las principales consignas electorales del programa de Cambiemos, el tema brille por su ausencia. Tal vez por aquello que dijera La Rochefaucault, de que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Eduardo Fidanza, que ha abordado este tema de los consensos con mayor seriedad, se ha encargado de advertir que “más allá de la grieta, la construcción de consenso es una tarea extraordinariamente difícil. No se alcanzará invocando un clisé de la comunicación política como los pactos de la Moncloa. Dependerá, en cambio, de cómo se generen los incentivos para acordar, y de un liderazgo capaz de conciliar los innumerables intereses dispersos y contradictorios de un país invertebrado”.

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