Cómo llegar al 10 de diciembre

Aleardo Laría.

El resultado de las PASO ha dado lugar a una situación inédita en Argentina. Existe un presidente in péctore que es Alberto Fernández, investido por un plebiscito popular, pero que carece de legitimidad institucional. Por otro lado tenemos un presidente que todavía detenta el mando institucional pero que ha perdido la legitimidad de origen. El largo período que media -en términos argentinos- hasta que se produzca la entrega efectiva del mando el 10 de diciembre parece un tiempo demasiado largo. Sin embargo, si todos los actores políticos actúan con inteligencia, es un tiempo que se puede utilizar para preparar una transición ordenada.

La solución a este dilema puede provenir si aplicamos las reglas del sistema parlamentario y nos alejamos de la perversa dinámica del sistema presidencialista. En el sistema parlamentario, el presidente del Gobierno es el Jefe del Estado y ocupa un lugar más bien simbólico. El presidente es el Jefe del Estado y puede estar en manos de un monarca hereditario, como en España, o puede ser un presidente elegido de un modo indirecto –nunca por elecciones populares- como en Alemania o Italia. Pero el poder político reside en el Primer Ministro, elegido por el Parlamento. En nuestro sistema presidencialista ambos roles aparecen confundidos de modo que el presidente de la Nación es el Jefe del Estado y al mismo tiempo es quien ejerce el poder real, designando a los ministros y demás colaboradores.

En Argentina nunca se llegó a establecer un sistema parlamentario porque pese al deseo del jurista Carlos Nino y probablemente de Raúl Alfonsín, se optó por un sistema híbrido, donde el Jefe del Gabinete es elegido y destituido por el presidente, con lo cual pasó a ser un simple ministro sin poder efectivo alguno. Para convertir al sistema presidencialista argentino en un sistema parlamentario bastaría reformar la Constitución y establecer una norma que simplemente dijera: “el Jefe del Gabinete será elegido y destituido por decisión mayoritaria del Congreso de Diputados”. Por el momento, por razones obvias de tiempo, no es posible pensar en reformar la Constitución pero nada impide que el esquema parlamentario se tome como referencia para resolver la actual crisis institucional.

La decisión política que abriría este proceso sería simplemente un comunicado del presidente de la Nación anunciando su compromiso de no participar en la contienda electoral para asumir su rol de Jefe del Estado y pilotear sin ataduras el proceso de transición hasta que se traspase el mando al nuevo presidente. No hace falta que renuncie a su candidatura, sino simplemente que anuncie su decisión de abstenerse de participar en la contienda electoral. Naturalmente, las elecciones se realizarían para designar todos los cargos en juego. Pero para dotar de mayor valor simbólico a su compromiso, el presidente debería designar un nuevo Jefe de Gabinete, eligiendo un dirigente que ofreciera ciertas garantías de imparcialidad a la oposición, una figura de las características, por ejemplo, de Rogelio Frigerio.

A partir de ese momento, el presidente “in péctore” podría ir preparando su gabinete e iniciar las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional de modo que todo el tiempo que falta hasta completar la entrega del bastón presidencial sea aprovechado en beneficio del país. Por su parte, la ventaja que obtendría Mauricio Macri al abrirse a esta solución consistiría en que alcanzaría el ansiado título de primer presidente no peronista que completa su período de mandato.

A partir de esta nueva turbulencia, sería bueno que los analistas dejaran de atribuirle las crisis institucionales al peronismo y comenzaran a pensar si no derivan de la inconsistencia de nuestro sistema presidencialista. Un sistema parlamentario permitiría terminar con la absurda situación de un presidente elegido por un período rígido de mandato. Los empresarios que lean esta nota seguramente estarán de acuerdo que es una verdadera locura designar a un gerente por un período preestablecido de tiempo y que solo los buenos resultados deberían ser el parámetro que fije el período de mandato de cualquier gestor.

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