El error de Evo

Aleardo Laría.

El ex presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva aseguró que Evo Morales «cometió un error» al buscar un cuarto mandato, aunque calificó de «crimen» y «golpe de Estado» al proceso que derivó en su alejamiento del poder en Bolivia. «Mi amigo Evo cometió un error cuando buscó un cuarto mandato como presidente», declaró Lula al diario británico The Guardian. La cuestión vinculada a reelección presidencial indefinida está muy presente en América Latina y merece una reflexión profunda en el seno de los populismos de izquierda.

El defensor de las reelecciones indefinidas de los presidentes latinoamericanos fue Ernesto Laclau, el autor de “La razón populista”. Identificado con la corriente “posmarxista”, Laclau tenía hacia las instituciones liberales los mismos reparos que tuvo tradicionalmente el marxismo: las consideraba instrumentos de la clase dominante para conservar el poder. En su opinión el límite constitucional a la reelección indefinida operaría como una suerte de bloqueo al cambio social: “Cuando la voluntad popular ha cuajado en torno a un cierto nombre…impedir la reelección a lo que lleva es a la reconstitución de las fuerzas conservadoras antagónicas contrarias al poder popular”. En una nota publicada en La Nación del 27.09.10 afirmaba que “sin Chávez el proceso de reforma en Venezuela sería impensable; si hoy se va, empezaría un período de restauración del viejo sistema a través del Parlamento y otras instituciones. Sin Evo Morales el cambio en Bolivia es también impensable”.

Como es sabido, Chávez modificó la Constitución para garantizar su reelección indefinida, pero no pudo establecer una cláusula constitucional que le garantizara la vida indefinida. Si atendemos a la opinión de Lula, es evidente que los intentos de Evo Morales de obtener su cuarto mandato -a pesar de la prohibición constitucional y desconociendo los resultados de un referéndum popular- generaron un efecto contrario al deseado por Laclau: la constitución de un bloque opositor integrado no solo por conservadores sino también por ciudadanos que simplemente consideraban que nadie tiene el derecho a perpetuarse indefinidamente en el poder. En Argentina, en 1955, se pudo comprobar tempranamente como los intentos reeleccionistas generan una masa crítica opositora que termina por arrasar con cualquier pretensión continuista.

Por consiguiente podemos comprobar que la pretensión continuista, si bien es una tentación permanente de los gobiernos populares, termina siendo contraproducente y favorece los intentos de restauración conservadora. Se trata de un craso error que viene anudado a un relato ficticio: la auto-atribución de una ímproba tarea histórica destinada a terminar con las injusticias de este mundo, misión de carácter numinoso que requiere décadas de ingentes y denodados esfuerzos. Como es obvio, el modo más ingenioso de legitimar un mandato indefinido consiste en atribuirse una misión tan elevada y evanescente que nadie acierte a adivinar cuál puede ser el perfil final de la propuesta. Como ejemplo elocuente de este desvarío tenemos el caso de la Revolución Cubana, que no ha conseguido en más de 60 años construir el deseado “hombre nuevo” y que no ha aclarado cuánto tiempo todavía necesita para cumplir con el legado revolucionario.

La izquierda latinoamericana debiera abandonar definitivamente la concepción sustentada por Laclau y basada en la defensa a ultranza de los liderazgos providencias y carismáticos. En la propia tradición marxista puede encontrar propuestas más sugestivas. Fue el filósofo italiano Antonio Gramsci quien defendió la idea de un partido político consistente que sustituyera cualquier veleidad personalista. Para Gramsci “el cesarismo del “hombre providencial” debiera ser reemplazado por el “cesarismo sin César”, es decir la creación de una fuerza homogénea, compacta y consciente de sí misma que pueda librar la lucha por la hegemonía en todos los terrenos.

Gramsci reivindicaba la primacía de la lucha ideológica, y afirmaba que “un grupo social puede y hasta tiene que ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernativo”. Si descartamos por ilusoria la idea de una alternativa revolucionaria, solo queda el camino del reformismo, lo que equivale a una cierta moderación inteligente, sin que la expresión pueda servir de pretexto para amparar políticas débiles de encubrimiento de las contradicciones o de defensa del status quo. En las modernas sociedades complejas la lucha política se da por asignar nuevos contenidos al “sentido común”, una tarea que por su dimensión escapa a las facultades de cualquier hombre providencial.

En Europa, la caída del Muro de Berlín marcó el fin de la ilusión revolucionaria. Al aceptar las restricciones propias del juego democrático, la izquierda en su conjunto se hizo moderada, es decir “socialdemócrata”. Este reposicionamiento no ha sido –como algunos todavía se empeñan en caracterizar- fruto de una rendición incondicional, sino de una evaluación realista de la dificultad que entraña la remodelación de la sociedad capitalista. En Brasil, en Chile y en Uruguay la izquierda tomó consciencia de las dificultades y aceptó que cuando se cometían errores, el juego democrático podía devolver el poder a los partidos conservadores. De modo que la alternancia tiene que servir para aprovechar el tiempo que se está en el llano para reflexionar, corregir los programas y rearmar las coaliciones progresistas. En Argentina, se tiene la impresión de que Alberto Fernández ha tomado debida nota del desafío.

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