Vade retro, populismo

Aleardo Laría.

Ernesto Laclau publicó La razón populista, su conocido elogio del populismo, en el año 2005.  El ensayo lo escribió en pleno auge del gobierno de Hugo Chávez, que el 15 de agosto de 2004 había obtenido un apoyo del 59 % del electorado venezolano en el referéndum revocatorio presidencial impulsado por la oposición. Laclau, al igual que otros intelectuales posmarxistas europeos, ante la deserción de las clases obreras ganadas por el consumismo, buscaba un nuevo sujeto revolucionario. Algunos intelectuales lo encontraron en los campesinos de la Selva Lacandona; otros en las “multitudes” anónimas de las grandes urbes y Laclau en ese populismo latinoamericano que, como el “socialismo del Siglo XXI” proclamado por Chávez, tenían un claro anclaje en la izquierda.

            Desde entonces se produjeron algunos acontecimientos de singular relevancia que afectaron severamente las tesis optimistas iniciales de Laclau. Por una parte, el fracaso de la “revolución bolivariana” que derivó en un desgastado régimen autoritario, carente de mayores atractivos. Por otra, el surgimiento espectacular en América Latina de un populismo de derechas que en Brasil, con Jair Bolsonaro a la cabeza, logró desplazar del poder a la izquierda socialdemócrata de Lula da Silva. Paradójicamente,  ese neofascismo, utilizaba una estrategia discursiva similar a la predicada por Laclau, trazando una frontera entre un “nosotros” integrado por los  ciudadanos de bien frente a un “ellos” compuesto por los partidos corruptos que premiaban la vagancia. Ese maniqueísmo emocional, que bajo el estímulo de intensas campañas mediáticas demoniza al adversario político, es una de las causas de los “banderazos”  que tan prematuramente se han desatado sobre el gobierno de Alberto Fernández. Todas estas novedades obligaban necesariamente a una revisión de las tesis de Laclau y a un reposicionamiento intelectual frente al populismo. Para sorpresa de todos, ha sido el Papa Jorge Bergoglio quien ha salido a emprender esta tarea, buscando hacer una lectura correcta del fenómeno, tratando de colocar cada pieza en su lugar.

              En los últimos años la palabra populismo había dejado de tener un estatus  académico -como pretendió tempranamente otorgarle Margaret Canovan en su libro Populism (1981)- para convertirse en un adjetivo descalificativo de amplio uso.  En palabras de Silva Herzog pasó a ser “una nube de asociaciones detestables”, consiguiendo convocar  todas las reminiscencias inconscientes y los miedos infantiles que en la religión cristiana giran alrededor de la figura del demonio. Como cada ser humano construye su demonio particular, pasaron a integrar el poblado universo de Satanás personas ideológicamente tan diversas como Nicolás Maduro, Evo Morales, Cristina Fernández de Kirchner, Silvio Berlusconi, Donald Trump y, the last not the least, el propio Papa Bergoglio.

            En el capítulo V de la encíclica Fratelli Tutti el Papa Jorge Bergoglio elabora un texto que lejos de los eufemismos con los que la Iglesia Católica ha tratado tradicionalmente las cuestiones políticas, entra sin complejos a utilizar un lenguaje claro, sin rodeos ni circunloquios.  Considera acertadamente que se ha desvalorizado la expresión populismo por su uso indiscriminado y añade –probablemente pensando en el historiador italiano Loris Zanatta- que ya no es posible que alguien opine sobre cualquier tema para que automáticamente se lo intente encasillar como populista para desacreditarlo injustamente. Opina que la demagogia, como forma de desprecio a la situación de los más débiles, puede afincarse tanto en un discurso populista como en el discurso liberal que está al servicio de los intereses económicos de los poderosos. Y añade que “la pretensión de instalar el populismo como clave de lectura de la realidad social, tiene otra debilidad: que ignora la legitimidad de la noción de pueblo. El intento por hacer desaparecer del lenguaje esta categoría podría llevar a eliminar la misma palabra “democracia”, es decir: el “gobierno del pueblo.” De este modo denuncia a quienes so pretexto de combatir al populismo lo que realmente están haciendo es librar una lucha para conservar sus privilegios.

            El Papa Jorge Bergoglio  formula en su texto una crítica severa a ciertas formas que adquiere el populismo cuando “se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad”. Advierte también que “los grupos populistas cerrados desfiguran la palabra “pueblo”, puesto que en realidad no hablan de un verdadero pueblo. En efecto, la categoría de “pueblo” es abierta. Un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente”.

            Finalmente, en esta parte de la encíclica dedicada al populismo, analiza también el Papa el talón de Aquiles de la globalización neoliberal: la falta de trabajo. Afirma que “la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. Porque no existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo». Y añade, a modo de advertencia, que no se resuelve este problema con meros paliativos, ofreciendo soluciones transitorias, sino que se debe  “avanzar en una tarea ardua y constante que genere a las personas los recursos para su propio desarrollo, para que puedan sostener su vida con su esfuerzo y su creatividad”.

 

            Si tuviéramos que colocar las palabras del Papa en un casillero ideológico, probablemente sería el de la socialdemocracia, si usamos esta expresión en su sentido prístino, es decir la asociación entre la preocupación por la justicia social y el respeto a las formas democráticas. Es el lugar que también deberían ocupar los populismos de izquierda, para no dejar en manos de la derecha conservadora, las banderas de la democracia. No existe democracia sin pueblo, como dice el Papa, pero la palabra democracia viene asociada también al respeto de los derechos humanos y ya sabemos, por dolorosa experiencia, que el sistema que mejor los protege es el que históricamente asociamos con la democracia representativa y las elecciones libres y democráticas que permitan la alternancia pacífica en el poder.

            En las sociedades modernas existe un fenómeno de radicalización juvenil que proviene del hecho de que “algo va mal”, como decía Tony Judt. Las nuevas generaciones experimentan una sensación de frustración porque observan muchas cosas injustas que las rodean  y hay bastantes argumentos para indignarse. Las agrupaciones que reúnen esas fuerzas sociales suelen ser etiquetados por los medios del establishment, como “populistas”, con el ánimo de desprestigiarlas.  Por eso es muy importante no caer en ese juego de provocaciones y asumir sin restricciones la defensa de las instituciones democráticas. Es el ejemplo que actualmente ofrece Podemos en España, que de un populismo retórico ha pasado a formar parte de un gobierno socialdemócrata, para utilizar las instituciones de un modo inteligente, tratando de impulsar reformas progresistas.

            Cuando se entra en el juego institucional, lo más importante es ganar y conservar el poder para no perder las herramientas que permiten la transformación de las sociedades. Esto obliga a tener siempre presente que en un horizonte temporal, no lejano, habrá que afrontar desafíos electorales y que hay que convencer a sectores medios no ideologizados que son decisivos para ganar elecciones. Para ese propósito, las retóricas populistas, al estilo de las promovidas por Laclau, buscando ahondar la contradicción schmittiana “amigo-enemigo”, son contraproducentes. Sería siempre mejor opción elegir un camino de reformas viables, que caer en un voluntarismo inane. Si se leen con cuidado las palabras del Papa Jorge Bergoglio sobre el populismo, parecen ir orientadas en esta dirección.

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