La engañosa pericia de Gendarmería

Aleardo Laría.

En el llamado “caso Nisman”, los peritos de la Gendarmería Nacional han presentado al juez federal una pericia en la que establecen que la muerte del fiscal Alberto Nisman no obedeció a un daño autoinfligido, sino que fue consecuencia de un asesinato. Esta es la tercera pericia oficial del caso –sin contar las presentadas por las partes-  e intenta rebatir una primera junta criminalística de la Policía Federal que estableció que estábamos ante un suicidio y un segundo dictamen que reunió en otra junta a trece expertos del Cuerpo Médico Forense que depende de Corte Suprema, que llegó a la misma conclusión. En nuestra opinión la pericia de la Gendarmería presenta algunas conclusiones poco fundadas e incoherentes con el resto de las evidencias, lo que la convierte en una pericia sesgada, engañosa, destinada a satisfacer una demanda política más que jurídica.

 

Los resultados de las primeras pericias

 

            Durante el período en que la causa estuvo en el juzgado de la jueza Fabiana Palmaghini se realizaron dos pericias por separado. En una pericia médica se analizó la autopsia y determinó el rango horario  y fecha de la muerte, y en la otra, criminalística, se estudió la mecánica del hecho. La Junta Médica, que se hizo en 2015, reunió a 16 profesionales de los que una amplia mayoría (13) pertenecían al Cuerpo Médico Forense, que depende de la Corte Suprema de Justicia. Hubo dos médicos –Osvaldo Raffo y Julio Ravioli– designados por Sandra Arroyo Salgado y uno, Mariano Castex, que representó a Maximiliano Rusconi, abogado del informático Diego Lagomarsino. Salvo la opinión de los dos peritos de Arroyo Salgado, los otros 14 peritos dictaminaron que no hubo accionar homicida en la muerte de Nisman. Por su parte, la Junta Criminalística reunió a seis profesionales, cuatro de la Policía Federal, y a Daniel Salcedo en representación de Arroyo Salgado y Luis Olavarría por la defensa. Esta junta fue aún más categórica. Con la disidencia de Salcedo, los demás señalaron que en el momento del disparo no había ninguna otra persona en el baño lo que avalaba la hipótesis de que Nisman se había suicidado.

 

            A pedido de la querella de la ex esposa del fiscal, Sandra Arroyo Salgado, la jueza Palmaghini aceptó que se realizara una nueva “junta interdisciplinaria médico-criminalística” y amplió la convocatoria a nuevos peritos criminalísticos que pudieran ofrecer las Fuerzas Armadas o de seguridad. Pero cuando la causa pasó a la jurisdicción federal, de modo extraño, el fiscal, en vez de convocar a esa junta, decidió efectuar un pedido a la Gendarmería. De modo que la nueva pericia se hizo sin contar con el concurso de los autores de las primeras pericias pero trabajando sobre sus materiales, dado que la Gendarmería no realizó una nueva autopsia y se limitó a utilizar las evidencias recogidas en las anteriores pericias. Por ejemplo, cuando la Gendarmería sostiene que el fiscal tenía una fractura en la nariz, lo afirma a partir del estudio de una radiografía, no porque haya examinado el cuerpo del fiscal.

 

            A modo de síntesis de los resultados de las primeras pericias, digamos que mientras que los peritos de Arroyo Salgado sostuvieron la hipótesis de que un único asesino consiguió que Nisman se disparara arrodillado en el baño el sábado al anochecer –lo que apuntaba a comprometer al informático Diego Lagomarsino-, los médicos fueron unánimes en señalar que la muerte se produjo el domingo 18, posiblemente antes de las 10 de la mañana y que Nisman se disparó de pié, frente al espejo del baño. Existían una serie de evidencias, coherentes y firmes, que hacían que la hipótesis del suicidio se percibiera como la más verosímil. Para no hacer este informe demasiado extenso, a modo de síntesis que resume los datos aportados por las primeras pericias, tomaremos la opinión de un experto internacional en criminalística, el profesor Justino Montiel y Sosa, autor de los tratados que en América Latina se utilizan en el estudio de esta ciencia, que fue consultado por el diario Perfil en su edición del 6/11/15.

 

            En opinión de este experto, los datos que avalaban la hipótesis del suicidio eran numerosos y consistentes: ”la existencia de orden en el lugar de los hechos, sin presencia material de indicios o evidencias físicas de sospechosos; la presencia material del arma de fuego, próxima al cuerpo de la víctima, así como la presencia en el lugar de la vaina respectiva, calibre 22, expulsada por el uso de una pistola Bersa 62, calibre 22; el orden de los vestidos o prendas de la víctima y el orden de los muebles, objetos y cosas del lugar; la presencia de una única herida, localizada en la zona frecuentemente elegida para un suicidio, sobre la región tempoparietal derecha; la ausencia de signos de forcejeo, lucha y/o defensa en la superficie corporal y prendas; la dirección del disparo, de derecha a izquierda, de abajo hacia arriba y de atrás hacia adelante y la posición que adoptó el occiso que fue de erguido o parado en su plano de sustentación; el disparo que fue de contacto o a muy corta distancia, a no más de un centímetro entre la boca de fuego y la región lesionada, y el arma de fuego que estuvo al alcance de las manos del sujeto pasivo; la presencia de salpicaduras de sangre, típicas hacia atrás sobre los dorsos de los dedos y/o manos del pasivo que sujetó el arma, así como también la propia arma utilizada”. Considera además que “el cuerpo no fue movido ya que mover es hacer que deje el lugar o espacio que ocupaba y pase a otro y en virtud de que en el lugar del hecho no hay otros patrones de sangre o indicios o evidencia físicas que indiquen una manipulación intencionada”. Por otra parte, “la existencia de residuos de pólvora es evidencia de que el cañón de la pistola estaba contra la piel en el momento del disparo, lo que es típico de una descarga auto infligida”. La ausencia de una nota de suicidio no es una regla estricta y por diversas razones puede faltar, añadía,  y sobre la pregunta de que si se puede hacer pasar un asesinato como un suicidio, el experto señalaba que “es posible que un sicario profesional pueda hacer que una escena de homicidio parezca una escena de suicidio, pero el análisis forense adecuado, por lo general, hace descubrir el engaño”.

 

            Para completar esta parte del informe, habría que hacer breve referencia a algunas de las informaciones que se hicieron circular en los primeros momentos por quienes sostenían la hipótesis del crimen. Se afirmó en su momento que no se registraban rastros de pólvora en la mano del fiscal, pero el laboratorio de Salta dictaminó que en las manos de Nisman hubo rastros “consistentes con residuos de disparo”. Los peritos de Arroyo Salgado consideraron que el lugar donde se apoyó el cañón del arma no era habitual en los suicidios, pero luego se pudieron observar fotos que demostraban que la bala ingresó por encima de la oreja y no por detrás como afirmaban esos peritos. Finalmente, otro de los argumentos se basaba en la cantidad de gente que se reunió en el departamento del fiscal y cierta incompetencia en la recogida de evidencias, atribuyendo todo esto a una maniobra intencional de alteración de la prueba. Ahora bien, la circunstancia de que la “escena del crimen” no haya sido resguardada debidamente podrá dar lugar a una responsabilidad por negligencia –que en este caso es objeto de otra investigación penal- pero no es prueba directa de que haya tenido lugar un homicidio.

 

La pericia de Gendarmería

 

            No hemos tenido acceso a la pericia de Gendarmería, de modo que solo contamos con la versión periodística, pero es suficiente para obtener algunas conclusiones provisionales. Según el relato de los gendarmes, se supone que al menos dos personas entraron al departamento del fiscal, supuestamente porque éste les abrió la puerta en plena madrugada, dato que ya resulta sumamente extraño. Los visitantes llevaron a cabo dos acciones para alcanzar el mismo objetivo de reducir las defensas del fiscal. Primero le propinaron una brutal paliza: con un golpe le habrían fracturado la nariz y a continuación le pegaron en la zona de los riñones y en las piernas sin que nadie oyera en la noche ningún grito ni exclamación. Luego le habrían suministrado ketamina, sin que se sepa el modo que utilizaron para introducir la sustancia ni el motivo para hacerlo ya que se supone que  el fiscal había quedado grogui con la primera acción. Luego habrían trasladado el cuerpo inerte al baño y consiguieron que el fiscal se dispare con sus propias manos. A pesar del inmenso charco de sangre que se formó, acomodaron el cuerpo del fiscal y consiguieron salir sin dejar rastros.

 

            Este relato rocambolesco carece de toda verosimilitud. En cuanto a la fractura de la nariz, es un dato obtenido a través de la observación de una radiografía, de modo que es posible pensar que podría haber una fractura de larga data o que simplemente esa fractura no es real. Lo que es absurdo es suponer que la nariz del fiscal pudiese haber sido fracturada con un fuerte golpe y no dejara una mínima huella, una hematoma que hubiera sido registrada por los dos forenses que hicieron la autopsia a las 8 de la mañana del día 19, los doctores Héctor Di Salvo y Fernando Trezza del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema.

            El dato de la presencia de ketamina ha sido muy explotado periodísticamente, pero carece de la relevancia que se la ha querido dar. Según lo informado por los diarios La Nación y Clarín, en el cuerpo de Nisman se habría hallado ketamina «en estado puro y no metabolizada», por lo que «la habría ingerido o se la habrían aplicado momentos antes de la muerte». En realidad la pericia no aclara las cantidades ni la forma en que fue suministrada, con lo cual no se puede descartar que estuviera en poder del fiscal -para uso recreativo o como antidepresivo- y la hubiese consumido momentos antes de disparar el arma para darse ánimo. La ketamina, cuando se usa como anestésico, para dormir animales, requiere una dosis enorme suministrada por vía intravenosa. Según Wikipedia “la ketamina se vende en forma de polvo o líquido. En su forma en polvo puede ser inhalado por la nariz, inyectado o consumido por vía oral. La ketamina normalmente se inyecta en la pierna. La aparición de los efectos al administrarlo mediante inyección intramuscular es de aproximadamente un minuto. Los usuarios más avezados usan la vía intramuscular como método primario de consumo debido a que de esta forma, se salta el paso hepático, incrementando la eficacia de la dosis. Por vía oral se requieren dosis mucho más altas, a pesar de que el efecto dura más. Sin embargo, cuando la ketamina es administrada de esta forma, el organismo rápidamente la metaboliza a norketamina, la cual posee efectos sedantes. Esta vía de administración no suele provocar el mismo estado disociativo que se produce en las otras vías de administración, a menos que se usen grandes dosis (>500 mg)”. ​En definitiva, resulta poco creíble que alguien que hubiera planificado un crimen con tanto esmero hubiera elegido una droga de uso veterinario, tan errática y de efectos imponderables en un ser humano.

            A partir de estos dos datos novedosos –la fractura en la nariz y la presencia de ketamina- la Gendarmería construye un relato novelesco. Todo lo que añade a continuación sobre la presencia de dos sicarios y la forma en que actuaron en el baño es fruto de la imaginación y carece del menor respaldo probatorio. Del mismo modo que los peritos de Arroyo Salgado introdujeron la figura de un asesino, aquí se incorporan dos sicarios y cualquiera podría seguir sumando nuevos autores al relato dado que la imaginación no tiene límites.

 

Las circunstancias contextuales

 

            Las evidencias que recoge una pericia técnica no abordan una serie de circunstancias contextuales que deben ser evaluados luego por un juez. En el caso Nisman existen una serie de circunstancias o datos contextuales que deshabilitan la hipótesis del crimen y confirman la hipótesis del suicidio, de modo coherente con las conclusiones de la Junta Médica del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema. Los datos que entran en conflicto con la hipótesis del asesinato son los siguientes:

 

1) El departamento del fiscal no presentaba ningún signo de fractura. La puerta principal estaba cerrada con un sistema que requería el conocimiento de la clave para su apertura y la puerta de servicio tenía una doble llave, una de las cuales estaba colocada en el interior, lo que obligó a la madre del fiscal –que tenía un juego de llaves- a requerir la asistencia de un cerrajero. La casa estaba en orden y no había ninguna señal de lucha o pelea. El fiscal vestía un pijama de verano y su cama había sido usada pero no desordenada, lo que demostraba que había pasado la noche allí.

2) Es difícil pensar que el fiscal hubiera abierto a unos visitantes inesperados que le tocaron timbre a altas horas de la madrugada, como sugiere el informe de Gendarmería. Por otra parte hubiera sido muy difícil entrar a esas horas de la noche en el departamento del fiscal sin ser advertidos por la seguridad del edificio y/o  los diversos grupos policiales que lo custodiaban, dado que además de los 10 custodios de la Policía Federal, a Nisman lo protegía también un equipo de Prefectura y otro de la SIDE. Por otra parte las cámaras de TV del edificio no registraron nada extraño y  si bien algunas cámaras no estaban operativas, la situada frente a la puerta de servicio del departamento de Nisman funcionaba correctamente.

3) Nisman no solo le pidió un arma a Lagomarsino sino que también hizo un pedido similar a uno de sus custodios, Ruben Benítez y llamó, aparentemente con igual propósito  a un ex comisario de su confianza, de apellido Bogoliuk. Estos datos, sumados a los dos viajes que realizó Lagomarsino a su domicilio, otorgan veracidad al relato del informático. Muestran claramente que había una intención, por parte del fiscal de hacerse urgentemente con un arma. Por otra parte ridiculiza la hipótesis de los sicarios, puesto que resulta impensable que semejantes profesionales entren a cumplir su deletérea labor sin armas o que estuvieran en conocimiento de que apenas unas horas antes Nisman hubiera recibido un arma de Lagomarsino para emplearla luego en la escenificación de un suicidio. Salvo, pensarán algunos, que Lagomarsino formara parte de la trama criminal. Pero en este caso habría que asumir que el informático era un incauto de mucho cuidado, puesto que para colaborar en el montaje de una rocambolesca escena de suicidio, entregaba un arma de su propiedad que lo dejaba inevitablemente pegado a la causa.

4) El baño del departamento era de un tamaño muy reducido, es decir el lugar más incómodo para escenificar un suicidio, si pensamos que la misma escena hubiera sido más fácil fraguarla en el dormitorio o frente al escritorio del living. La estrechez del baño confirma lo sostenido por los peritos del CMF de la Corte Suprema. Era materialmente imposible que terceros hubieran podido manipular un cuerpo sin dejar el mínimo rastro de su accionar. La dispersión en todas las direcciones de las salpicaduras de sangre –con la puerta cerrada- es una prueba incuestionable de que ninguna persona se interpuso en esa trayectoria. Tampoco hay una explicación que permita entender cómo hicieron los autores  para salir del baño, dado que la cabeza del fiscal quedó apoyada sobre la puerta y no se registran rastros de sangre arrastrada por el movimiento que podría haber hecho la cabeza si la puerta era forzada para su apertura. La sangre desprendida por la comisura de la boca, que había dejando un hilo descendente intacto, indicaba claramente que el cuerpo no había sido movido.

5) Otro dato relevante es la ausencia de muestras de huellas digitales o rastros de ADN de otras personas en el baño o en el resto del departamento. Solo se encontraron huellas de Lagomarsino en la tasa de café que le ofreció Nisman –lo que es coherente con su relato- y huellas digitales de Nisman. La empleada doméstica había limpiado la casa el día anterior –como lo releva la nota que dejó en la cocina- lo que también explica por qué no hubiera demasiadas huellas. La hipótesis de que los asesinos limpiaron sus propias huellas es absurda, puesto que no tenían posibilidad técnica alguna de distinguir sus huellas de las de Nisman y por consiguiente no podían borrar unas huellas  y dejar otras.

6) La lectura, a las 7.30 de la mañana, en el ordenador de Nisman,  de las notas publicadas en La Nación y Página 12 referidas a su denuncia; más una visita a las páginas de la modelo de 21 años con la que salía y  la lectura de una sugestiva nota que se titulaba “el regreso desde la muerte” son datos muy elocuentes. Nadie que no hubiera sido el fiscal hubiera visitado esas páginas. ¿Alguien se imagina a unos sicarios que luego de realizar su macabra tarea  en la madrugada del domingo, permanecen en el departamento hasta las 7.30 para ponerse a leer esas notas por Internet? ¿Cómo sabían que Nisman salía con esa modelo y conocían su nombre al punto que podían rastrear sus fotos en Instagram?

7) En la mañana del domingo 18 de enero, al repasar los diarios por Internet, el fiscal se encontró con dos notas periodísticas que tuvieron que afectarle sensiblemente.  Es sabido que los trastornos del estado de ánimo son la patología psiquiátrica que se asocia más frecuentemente al intento de suicidio. Página 12 había publicado una entrevista que el periodista Raúl Kollmann había mantenido a través de Internet con el ex secretario de Interpol, Robert Noble. En esa entrevista el funcionario de origen norteamericano hace afirmaciones del siguiente calibre: “Lo que dice el fiscal Nisman es falso. Ningún integrante del gobierno argentino trató nunca de que bajáramos los alertas rojos contra los funcionarios iraníes.” Y luego añadía, en tono agriamente admonitorio hacia Nisman: “En los últimos dos días  me sorprendió totalmente escuchar semejantes afirmaciones falsas que se atribuyen a la denuncia del señor Nisman, a quien conozco. Al contrario, señor Nisman: el ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Héctor Timerman, y cada uno de los funcionarios del gobierno argentino con los que me encontré y hablé de esta cuestión, tuvieron siempre la misma posición: los alertas rojos de Interpol contra los ciudadanos iraníes debían mantenerse sí o sí.” La otra nota, que corresponde a La Nación de esa mañana, pertenece a la columna de Carlos Pagni y en ella el periodista opina que “es curioso que Nisman no haya consultado a Noble antes de redactar su escrito. Y que tampoco haya coordinado su posición con Canicoba Corral, el juez del caso”. Se pregunta a continuación “Por qué Nisman llega al Congreso en una posición tan vulnerable?”, y agrega que “la respuesta a estas incógnitas es que en los últimos quince años el verdadero administrador de la causa AMIA ha sido Stiusso a quien Cristina Kirchner ha jubilado”.

Un caso que permanecerá abierto eternamente

 

No es difícil conjeturar que al no ser posible encontrar al asesino de un suicida, el caso Nisman quedará abierto indefinidamente. Por otra parte, quienes desde el primer día, sin contar con la mínima información, tenían el íntimo convencimiento de que Nisman había sido asesinado, se mantendrán firmemente aferrados a su convicción. El sesgo de confirmación es un proceso mental que se caracteriza por la tendencia de los seres humanos a filtrar una información que reciben, de manera que, de forma inconsciente, buscan y sobrevaloran las pruebas y argumentos que confirman su propia posición inicial, e ignoran y no valoran las pruebas y argumentos que no la respaldan. Los sesgos pueden ocurrir tanto en la reunión o recuperación de datos, como en la interpretación de la información. Los sesgos aparecen, en especial, en los aspectos que son emocionalmente importantes (por ejemplo los vinculados a reforzar una creencia ideológica o política). Esto permite explicar la perseverancia de creencias que permanecen intactas aun cuando la evidencia demuestra la falsedad de una hipótesis. Estos sesgos cognitivos no son ajenos al mundo del Derecho, de modo que por ese motivo siempre se les exige a los jueces un esfuerzo para alcanzar la mayor imparcialidad objetiva evitando que se prejuzgue la culpabilidad de alguien antes o durante la celebración del juicio. Se considera que la convicción del juez no puede conformarse al margen de las reglas de la experiencia y que siempre es necesaria una explicación razonada para evitar el decisionismo del juzgador que no puede ser producto de meras intuiciones o conjeturas sino que debe obedecer a un razonamiento que sea susceptible de control y crítica en cuanto a su racionalidad y coherencia.

No es posible exigir este grado de objetividad a un cuerpo de seguridad como el de Gendarmería, que depende jerárquicamente del Poder Ejecutivo. Menos en Argentina, donde según acaba de opinar Carlos Pagni en su programa “La Odisea”,  hasta “los jueces federales se consideran como parte del sistema político más que del judicial, (dado que) se amoldan al viento electoral”. El precio que se paga por esta anomalía es el uso subordinado de la justicia para alcanzar objetivos políticos. De este modo el Poder Judicial se desprestigia y no cumple su rol de institución moderadora  de las pasiones políticas. La polarización extrema alimenta la famosa grieta que previsiblemente seguirá siempre abierta en tanto permanezcan abiertos los procesos judiciales que han sido fogoneados desde el poder.

Finalmente, a modo de conclusión,  conviene hacer algunas precisiones jurídicas sobre cuestiones vinculadas al procedimiento penal. Los peritos son colaboradores del juez que aportan información a la causa sobre datos que han sido verificados mediante procedimientos técnicos adecuados. Pero es un juez quien tiene que interpretar y valorar la información del conjunto de las pruebas reunidas y demás circunstancias contextuales para arribar a una conclusión jurídica. De modo que será siempre un juez o un tribunal colegiado quien deba decidir si la muerte de una persona se trata de un caso de suicido o de asesinato. La prueba aportada por los expertos puede sostener, por ejemplo, que de acuerdo a la herida del fallecido, a la trayectoria de la bala y a la distancia que fue disparada, se trata de una herida compatible con un suicidio. A la inversa, siguiendo con el ejemplo, si se ha podido determinar que la bala recorrió una distancia mayor a un metro, ese dato tiene fuerza suficiente para descartar la hipótesis del suicidio. Sin embargo, no siempre en todos los casos se obtiene una evidencia contundente como lo demuestra justamente el caso Nisman, donde ya tenemos media docena de “informes científicos” que respaldan hipótesis absolutamente contradictorias.

            Como los jueces solo hablan a través de sus sentencias, mientras no se detenga y someta a juicio a alguien acusado de haber participado en la acción que terminó con la vida del fiscal  no se podrá saber si un tribunal avala las conclusiones de la pericia de la Gendarmería o considera más adecuadas las conclusiones de los peritos del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema. A lo sumo podrá haber un cambio de carátula, sin que esto tenga mayor entidad. Como por el momento no existe ningún indicio que permita atribuir alguna responsabilidad a alguna persona, lo más probable es que la causa permanezca abierta sin que nunca llegue a celebrarse un juicio. De modo que tanto los partidarios del suicidio como los que abogan por la teoría del magnicidio podrán mantener sus argumentos sin que haya ninguna posibilidad de que un tercero imparcial cierre jurídicamente el debate.  Desde una perspectiva política, sin embargo,  los partidarios del magnicidio han alcanzado con el informe pericial de Gendarmería el objetivo político que perseguían, es decir que la causa no se cerrara como un suicidio. De este modo quedará siempre abierta y suministrará munición suficiente para que la brigada que opera en la primera línea de fuego de la grieta pueda sostener la teoría del “crimen de Estado” (Morales Solá dixit) o la más aventurada de Elisa Carrió de que “fue el gobierno de Cristina Kirchner el que lo mató». –  

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