Islamismo y terrorismo

Aleardo Laría.

La reciente declaración del Papa Francisco de que “no existe el terrorismo islámico” ha dado lugar a un debate sobre el verdadero alcance de sus palabras. Lo que textualmente ha dicho el Papa es que “no existe el terrorismo cristiano, no existe el terrorismo judío y no existe el terrorismo islámico” porque, “en esencia, ningún pueblo es criminal y ninguna religión es terrorista”. De este modo Francisco intenta evitar que el terrorismo se adscriba a una religión en especial y condena el uso tan frecuente de estereotipos en los que interesadamente se entrelaza el islamismo con el terrorismo.

            Es habitual encontrar columnas periodísticas donde se hace una amalgama que mezcla terrorismo con islamismo o con el pueblo árabe. Pero se debe distinguir el extremismo radical islámico, que utiliza el terrorismo, del islamismo, que es una visión fundamentalista del islam. Es decir que no todos los islamistas son terroristas, de igual modo que no todos los árabes son musulmanes dado que hay árabes que profesan el cristianismo o el judaísmo.

            La estigmatización del mundo árabe continúa presentando a los árabes como incivilizados, deliberadamente atrasados y faltos de escrúpulos, con el odio propio de los bárbaros hacia la civilización occidental. En algunos escritos se atribuye la hostilidad árabe hacia los países occidentales o hacia Israel -“la única democracia de Oriente Próximo”-, como fruto de un resentimiento nacido de la envidia a los progresos de la civilización y la cultura capitalista. Cuando se hacen caracterizaciones genéricas –“los psicópatas ensabanados de Alá”- se utilizan intencionalmente expresiones englobadoras  donde los seguidores de Alá, es decir el islam, o los portadores de una vestimenta, quedan subliminalmente asimilados al terrorismo.

            Cuando se habla del islam es preciso distinguir dos niveles: el nivel teórico, relacionado estrechamente con los textos sagrados y el nivel práctico, el modo en que se expresan, según las épocas y los contextos, esas ideas religiosas. Esta distinción se puede hacer también en referencia a cualquiera de las religiones y verificar como, históricamente, han variado los comportamientos, mientras los textos sagrados han permanecido inalterables. También es cierto que en todas  las religiones se verifica la presencia de una corriente ortodoxa y dogmática, que pretende aplicar al pie de la letra los textos sagrados. 

            Algunos consideran, como hace Adonis en “Violencia e islam”, (Ed.Ariel),  que “el musulmán ve el mundo a través de la visión islámica, que es antigua y cerrada”. Por otro lado es cierto que la expansión del islam fue fruto de la conquista y los pueblos conquistados debían convertirse o pagar un tributo. Varios versículos en el Corán  alientan esta expansión y llaman a que “no dejes sobre la tierra ni un morador de los infieles”. Las guerras libradas en la época del primer califa Abu Bakr fueron de exterminio y de una crueldad indescriptible. Pero debemos reflexionar si es correcto suponer que estamos ante rasgos indelebles de una cultura y luego analizar si las iniciativas que se adoptan desde occidente son las más adecuadas  para  favorecer la actualización de esas doctrinas.     

            Gilles Deleuze  ha señalado que el Corán, que llegó después del cristianismo, no tomó de este la idea de bondad de Jesús sino el odio del Apocalipsis, el libro del Nuevo Testamento que no acepta la pluralidad  -como todos los monoteísmos- porque considera que hay un único dios inapelable que juzga a todos los demás. Se considera que este texto fue escrito a finales del siglo I o principios del siglo II, cuando los cristianos sufrieron las persecuciones más cruentas de los romanos, en tiempos del emperador Domiciano.  

Los textos bíblicos utilizados por los cristianos, si bien menos agresivos que los textos coránicos, no fueron de utilidad para atenuar el fervor religioso que dio origen a las Cruzadas durante los siglos XII y XIII dirigidas a restablecer el control cristiano sobre Tierra Santa. Es sabido que durante las conquistas militares, los cruzados realizaron terribles  matanzas en las que no respetaron ni a musulmanes ni a judíos, ni a mujeres o niños. No obstante, la utilización por el radicalismo islámico de aquellas tropelías para justificar el uso de la violencia terrorista en la actualidad, carece de toda razonabilidad y ninguna atrocidad del pasado puede legitimar una atrocidad en el presente. 

            Por otra parte, si nos atenemos a los relatos bíblicos que nutren al judaísmo, en el Éxodo, Yahvé le dice a Moisés,  cuando le entrega los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí, que un ángel caminará delante para que lo conduzca al país “de los amoritas, de los hititas  de los perizitas, de los cananeos, de los jivitas y de los jebuseos y yo los  exterminaré”. De modo que el texto bíblico ya plantea que la tierra prometida no estaba vacía y considera como una decisión divina el exterminio de los habitantes autóctonos para hacer lugar a sus elegidos.

            De acuerdo al relato bíblico del libro de Josué, después de que las tribus de Israel cruzaran el río Jordán  para entrar en la Tierra Prometida, tras la conquista de Jericó, “destruyeron por completo, a filo de espada, a todo lo que había en la ciudad: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, bueyes, ovejas y asnos”. Debemos señalar aquí que para algunos historiadores este relato de asesinatos masivos es una pura invención, pero refleja la dificultad de asignar algún valor jurídico actual a los frecuentes cambios territoriales que tenían lugar entre tribus nómades que se hacían la guerra  hace más de 3.000 años. 

            Esta breve incursión por los libros sagrados de las religiones monoteístas, deberían permitirnos tener una mirada cuidadosa antes de acudir a simplificaciones groseras y estereotipos estigmatizantes. Hay que saber distinguir entre los textos y las prácticas que han tenido lugar en contextos muy variados y diversos. Sin que esto suponga adoptar una mirada ingenua y exculpatoria hacia la intolerancia religiosa.      

            Al hacer estas advertencias no se pone en cuestión el derecho de los países occidentales de defenderse de toda agresión y evitar los atentados terroristas. No obstante, se debería evitar el dejarse arrastrar a una respuesta desproporcionada que solo contribuye a obtener resultados opuestos a los esperados. Guerras absurdas, como la de Irak, han dejado un saldo de destrucción y muerte que han hundido a esa región en la extrema pobreza, que es el caldo de cultivo para el surgimiento del extremismo radical.

La existencia de conflictos donde la religión o la cultura están muy entrecruzadas, ofrece una enorme dificultad para abordarlos, pero desde luego, eso no se consigue mediante el uso de estereotipos. Existe ya una densa red de disposiciones que conforman el Derecho Internacional que brindan  herramientas jurídicas que permiten analizar los conflictos desde la perspectiva jurídica, que es siempre una mirada más equilibrada y abarcadora. Finalmente, como reflexión final, cabe añadir que el miedo a los bárbaros no puede justificar la barbarie y el uso de los misiles no parece la herramienta adecuada para abrir las puertas de la democracia en los países que aún no la tienen.

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